Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 13 Fuego en la oscuridad POV AIDEN

La cena había sido una verdadera tortura.

Apenas pude probar la comida mientras sentía la silla vacía a mi lado como una puñalada. Todavía me maldecía internamente por haber contestado esa maldita llamada de Rebeca en el altillo. Había contratos publicitarios exigentes de por medio y cláusulas de imagen que nos obligaban a mantener cierta presencia pública juntos. Si bien lo nuestro había empezado puramente por negocios, con los meses habíamos llegado a una intimidad práctica, sin compromisos ni ataduras. Sin embargo, en las últimas semanas Rebeca había empezado a exigir más tiempo, más presencia... algo que yo sencillamente no podía darle. Y ahora, después de haber vuelto a ver a Valentina, mucho menos.

A las dos de la mañana, la angustia y la ansiedad me tenían dando vueltas en la cama sin poder darme el lujo de dormir. Necesitaba saber que Val había regresado bien, escuchar el motor de su auto en la entrada o el sonido tenue de sus pasos subiendo la escalera.

Incapaz de seguir atrapado entre las sábanas, bajé descalzo a la cocina a oscuras por un vaso de agua.

Apenas serví el agua en el cristal, la cerradura de la puerta trasera de la cocina —la que daba hacia la entrada del garaje— giró suavemente. La puerta se abrió y se cerró con delicadeza para no despertar a la casa. Un segundo después, la figura de Valentina apareció en la penumbra de la estancia, quitándose el abrigo negro con un suspiro de cansancio.

Al verme parado en mitad de la cocina junto a la mesada, se sobresaltó levemente, deteniendo el movimiento de sus manos.

—Aiden... —murmuró en un aliento, parpadeando para acostumbrar los ojos a la baja luz que entraba por el ventanal del jardín.

—No podía dormir —confesé con la voz áspera por el silencio de la noche—. Quería asegurarme de que habías llegado bien.

—Estoy bien —contestó con frialdad calculada, dando un paso hacia un lado para intentar esquivarme e ir hacia las escaleras—. Buenas noches.

No la dejé pasar. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera detenerlo. Avancé dos pasos largos y cerré la distancia entre los dos, acorralándola sutilmente contra el borde de la mesada de mármol.

Valentina se congeló, quedando atrapada entre el mueble y la mole de mi cuerpo. La diferencia de tamaño entre nosotros siempre había sido evidente, pero en medio de la penumbra, envuelto en mi suéter oscuro y a escasos centímetros de su rostro, esa distancia física se volvió abrumadora. Ella respiró hondo, intentando mantener la compostura, pero el subir y bajar acelerado de su pecho la delataba.

—No me alejes así, Val —pedí en un ruego bajo, ronco, estirando la mano para tocar la madera a uno de sus costados, dejándola sin salida—. Por favor. Me estoy volviendo loco desde que llegaste.

—Aiden, déjame pasar —pidió con un hilo de voz que temblaba en los bordes—. No tenemos nada que hablar. Tu teléfono dejó muy claro quién ocupa tu vida ahora.

—Lo de Rebeca no es lo que piensas —solté, acercando mi rostro al suyo hasta sentir el calor de su piel—. Es un acuerdo comercial, contratos que tengo que cerrar con el equipo. Tuvimos algo casual, sí, pero se terminó. No hay nada más. No hay nadie más.

Valentina alzó la mirada, con los ojos brillando en la oscuridad con una mezcla de rabia y deseo contenido.

—No me debes explicaciones —murmuró, intentando apoyarse contra el mármol para ganar distancia—. Haz tu vida.

—No puedo hacer mi vida si estás tú en el mismo techo —provoqué en un susurro, deslizando la yema de mis dedos por la curva suave de su cuello, sintiendo cómo se le erizaba la piel al instante—. No puedo ignorar cómo tiemblas cada vez que te me acerco.

—Aiden... —advirtió, pero el tono de su voz perdió toda la firmeza.

Levanté la mano y acaricié su mejilla con lentitud, bajando el pulgar hasta rozar su labio inferior. La tensión en la cocina subió de temperatura en un segundo, convirtiéndose en un aire espeso, casi irrespirable. Quería que reaccionara, quería empujarla al límite hasta que dejara de esconderse detrás de sus defensas.

—Dime que me odias —murmuré contra su boca, rozando la punta de mi nariz con la suya—. Dime que no quieres que te toque y me me aparto ahora mismo.

Valentina abrió los labios para responder, pero solo dejó escapar un suspiro entrecortado.

No aguanté más. La tomé de la cintura con ambas manos, usando mi fuerza para levantarla del suelo en un movimiento fluido y asentarla sobre el borde de la mesada.

Al quedar sentada sobre el mármol, sus ojos oscuros quedaron a la misma altura que los míos. El contacto visual a esa distancia fue un impacto demoledor. Las piernas de Valentina rodearon por instinto mis caderas, y el calor de su cuerpo pegado al mío terminó por destruir la última pizca de mi autocontrol.

—Eres una pesadilla, Callahan... —susurró ella, rindiéndose mientras sus manos se enredaban con desesperación en la nuca de mi suéter.

—Tu pesadilla, Val —respondí.

Y el beso fue inevitable.

Nuestras bocas chocaron con la fuerza devastadora de cinco años de contención. No fue un beso suave ni prudente; fue una colisión hambrienta, urgente y feroz. Su sabor era exactamente como lo recordaba, una mezcla dulce y cálida que me nubló el juicio por completo. Morder suavemente su labio inferior la hizo soltar un gemido ahogado contra mi boca, apretándome más fuerte contra su cuerpo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.