Estaba besando a Aiden.
Después de cinco años sin tocarlo, sus labios estaban sobre los míos de nuevo. Y lo más aterrador no era la sorpresa de tenerlo tan cerca, sino que la química entre los dos seguía ahí, intacta, salvaje y dispuesta a quemarlo todo a su paso.
Fue un choque urgente, hambriento. Mis dedos se enredaron en su cabello casi por instinto, tirando de él hacia mí mientras sus manos grandes me apretaban las caderas contra el borde de la mesada. Aiden soltó un gruñido bajo, ronco, y profundizó el beso con un dominio que me dejó sin aliento. Su lengua buscó la mía sin pedir permiso, devorándome, probándome como si necesitara recuperar cada día de estos cinco años de ausencia.
El calor se disparó en la cocina a una velocidad peligrosa. Sentir la mole de su cuerpo encajándose entre mis piernas me provocó una corriente eléctrica que me recorrió entera.
Aiden bajó una de sus manos desde mi cintura, deslizándola con lentitud por la tela de mi jean, marcando la curva de mi cadera con una firmeza que me hizo arquear la espalda. La otra se metió directo bajo mi suéter de punto. El contacto de sus dedos ásperos y calientes sobre la piel desnuda de mi abdomen me sacó un jadeo que él se tragó entero, aprisionando mi labio inferior entre sus dientes con un tirón suave que me hizo temblar.
—Maldita sea, Val... —murmuró contra mi boca, sin darme tregua.
Su cabeza bajó a mi cuello. Dejó un rastro de besos húmedos y pesados por la línea de mi mandíbula hasta la garganta, succionando justo en el punto donde el pulso me latía desbocado. Gemí sin poder evitarlo, apretando mis piernas alrededor de su cadera mientras sentía la dureza de su cuerpo pegado al mío.
Sus manos subieron más por debajo del suéter, buscando mi espalda, rozando la piel hasta llegar al borde del encaje. Sus caricias eran provocadoras, osadas, sabiendo exactamente qué botones apretar para volverme loca. El aire en la cocina era espeso, sofocante, cargado de una electricidad pura que nos estaba arruinando el juicio.
Y ahí, justo cuando su mano comenzó a presionar la parte baja de mi espalda para pegarme aún más a él, un destello brusco de cordura me atravesó.
Se nos estaba yendo de las manos. Completamente.
Un segundo más y no habría retorno posible. Estábamos en la cocina de nuestros padres, a las dos de la mañana, a pocos metros de sus habitaciones, envueltos en un incendio que iba a destruirlo todo cuando saliera el sol.
—Aiden... —alcancé a articular entre respiraciones agitadas, tratando de recuperar el oxígeno que él me arrebataba.
Él no se detuvo, volviendo a capturar mis labios con una desesperación feroz, bajando las manos hasta mis muslos para apretarme contra su torso.
—Aiden, para —pedí con más firmeza, apoyando las palmas de mis manos en su pecho y empujándolo hacia atrás con la poca voluntad que me quedaba.
Se congeló.
Aiden se separó apenas unos centímetros, manteniendo los brazos alrededor de mí pero dejando espacio entre nuestros rostros. Su respiración golpeaba contra la mía en ráfagas ardientes. En la penumbra, sus ojos oscuros brillaban dilatados por la pasión, desencajados por el esfuerzo de frenar.
—Valentina... —susurró, con el pecho subiendo y bajando a mil por hora.
—No —dije, negando con la cabeza mientras intentaba controlar el temblor de mis labios—. No podemos. Esto es una locura.
—No es una locura, Val —protestó en un ruego bajo, intentando volver a unir nuestras frentes—. Sabes perfectamente que nos moríamos por esto.
—¡Nos estamos equivocando! —corregí en un murmullo urgente, sintiendo que la voz se me quebraba—. Mira dónde estamos, Aiden... después de cinco años, con una modelo llamándote al teléfono y mil cosas sin resolver. Esto es solo deseo acumulado, es la nostalgia jugando con los dos.
—¿Deseo acumulado? —soltó él, apretándome la cintura con un matiz de desesperación—. No me hables de nostalgia, Valentina. Sabes que esto no cambió un carajo.
—Aunque no haya cambiado, no está bien —respondí, usando hasta la última gota de mi autocontrol para zafarme de su agarre, deslizar las piernas y bajar al suelo.
Al poner los pies en el piso, el frío de la noche me cayó encima como un balde de agua helada. Me acomodé el suéter con manos temblorosas y di un paso atrás. Me temblaban las piernas con tanta fuerza que tuve que apoyarme levemente en el mueble para sostener el equilibrio.
Aiden hizo el ademán de avanzar hacia mí, pero levanté una mano para frenarlo.
—No te acerques —pedí, mirándolo fijo a los ojos.
Él apretó los puños a los costados del cuerpo, librando una batalla interna feroz para no volver a arrastrarme hacia él. Dejó escapar un suspiro pesado, lleno de frustración, y se pasó la mano por el cuello.
—Mañana es Acción de Gracias —agregué en voz baja, recogiendo mi abrigo del suelo donde había caído durante nuestro encuentro—. Necesitamos actuar como adultos.
—No sé cómo actuar como un adulto maduro cuando todavía siento el sabor de tu boca, Val —confesó él en un murmullo roto.
Tragué el nudo que me cerraba la garganta y me di la vuelta antes de perder del todo la compostura.
#137 en Novela contemporánea
segundas oportunidades romance y amistad, forced proximity, se aman en silencio
Editado: 27.08.2026