Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 15 Un anuncio inesperado

Dormí apenas tres horas.

Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de las manos de Aiden en mi cintura, el calor de su piel bajo mi suéter y el sabor abrasador de su boca acorralándome contra la mesada. A las ocho de la mañana, el cansancio me pesaba en los párpados, pero el pánico de volver a cruzarlo en la penumbra me hizo saltar de la cama.

Me lavé la cara con agua helada, me vestí con unos jeans cómodos y una blusa sencilla, y bajé a la cocina intentando armarme de valor.

Para mi desgracia, Aiden ya estaba allí.

Estaba sentado en uno de los taburetes de la barra, vestido con una camiseta gris que marcaba la amplitud de sus hombros y sosteniendo una taza de café entre las manos. Tenía la mirada perdida en el jardín, pero en cuanto el sonido de mis pasos delató mi presencia, se giró despacio.

Nuestras miradas se cruzaron en un impacto silencioso. En sus ojos oscuros todavía brillaba el eco de la madrugada, la frustración contenida y la marca imborrable del beso que nos habíamos dado a escasas pulgadas de donde él estaba sentado ahora. Sentí que las mejillas me quemaban, pero sostuve la postura.

—Buenos días —murmuró con la voz rasposa por el insomnio.

—Buenos días —respondí con sequedad calculada, caminando directo hacia la cafetera para evitar mirarlo.

—Val, sobre lo de anoche... —empezó a decir en un susurro bajo, inclinándose un poco hacia mí.

—No hay nada de qué hablar, Aiden —lo corté en voz baja, sirviéndome café con la mano ligeramente temblorosa—. Quedó claro que fue un error.

Aiden apretó la mandíbula hasta que los músculos de la cara se le tensaron por completo, pero antes de que pudiera replicar, el sonido de unos pasos alegres en el pasillo nos obligó a separarnos de inmediato.

—¡Buenos días, chicos! —saludó mi madre entrando a la cocina con una sonrisa radiante que iluminó toda la estancia.

Thomas venía justo detrás de ella, luciendo un suéter cómodo y sosteniendo una bandeja con panecillos calientes. El contraste entre la energía luminosa de nuestros padres y la tensión que nos devoraba a Aiden y a mí era casi ridículo.

—Qué madrugadores —comentó Thomas con tono afectuoso, dejando la bandeja en el centro de la mesa del comedor—. Vengan a sentarse, preparamos un desayuno especial antes de empezar con los preparativos del pavo para la tarde.

Aiden y yo nos acomodamos en la mesa, manteniendo una distancia prudente pero quedando inevitablemente frente a frente. El calor de su mirada me quemaba la piel por encima de la mesa de roble. Cada vez que mi madre nos pasaba una jarra de jugo o un plato, disimulábamos con sonrisas ensayadas, actuando con la cordialidad que se suponía que debíamos tener.

—¿Pudieron descansar bien? —preguntó mi madre mientras se servía café—. Escuché ruidos en la cocina de madrugada.

El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Estuve a punto de ahogarme con el primer sorbo de té.

—Fui yo, Elena —intervino Aiden con una soltura envidiable, sin quitarme los ojos de encima—. Bajé por un vaso de agua, me costó un poco adaptarme a la cama.

—Ah, entiendo. La primera noche en casa nueva siempre es rara —sonrió mi madre, acomodándose en su silla y buscando la mano de Thomas por encima de la mantelería.

Thomas le apretó los dedos con una ternura genuina y miró a mi madre con una devoción que no intentaba ocultar. Entre ellos dos no había sombras ni cuentas pendientes; solo había la madurez de un amor tranquilo que habían encontrado tarde en la vida, justamente por el camino que nosotros dos habíamos abierto años atrás.

—Bueno, en realidad... —comenzó Thomas, aclarándose la garganta con cierto nerviosismo infantil—. Los citamos temprano en la mesa porque queríamos aprovechar este feriado de Acción de Gracias para darles una noticia muy importante.

Dejé la taza sobre el plato con cuidado, mirando a mi madre. Tenía las mejillas sonrojadas y una ilusión desbordante en los ojos.

—Saben lo mucho que significa para nosotros haber construido este hogar juntos —dijo mi madre con la voz ligeramente emocionada—. Estos dos años han sido maravillosos, y ver a nuestras familias unidas aquí es el mejor regalo que podíamos pedir. Por eso... decidimos dar el siguiente paso.

Thomas sacó una pequeña caja de terciopelo azul del bolsillo de su cárdigan y la abrió sobre la mesa. Un anillo de compromiso sencillo pero elegante brilló bajo la luz de la mañana.

—Nos vamos a casar —anunció Thomas con una sonrisa orgullosa, mirando primero a Aiden y luego a mí—. Queremos hacer una boda íntima en la primavera, aquí mismo en el jardín.

El silencio cayó sobre la mesa durante un segundo.

Mi madre me miró buscando mi aprobación, con los ojos empañados por la alegría. Por dentro, una ola de afecto sincero por ella me llenó el pecho. Verla tan feliz después de todo lo que había pasado en el pasado era algo que realmente me conmovía.

—¡Mamá! —exclamé, poniéndome de pie para rodear la mesa y darle un abrazo apretado—. ¡Qué hermosa noticia! Felicidades, Thomas.

Thomas sonrió de oreja a oreja y me dio un abrazo afectuoso, mientras Aiden se ponía de pie a su vez para felicitar a su padre con una palmadita en la espalda y un abrazo sincero.




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