Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 16 Ecos de la última discusión

Necesitaba salir de esa casa antes de que el aire de la cocina me terminara de sofocar.

Apenas terminó el desayuno de celebración y los abrazos con nuestros padres, me puse el abrigo negro y salí a caminar sin un destino fijo. El viento helado de la mañana me golpeó la cara, trayendo consigo el olor a pino húmedo y tierra mojada. Acomodé el ritmo de mis pasos sobre el camino de hojas secas del vecindario, respirando hondo para intentar calmar la marea de emociones que llevaba atascada en el pecho.

La noticia del compromiso de mi madre y Thomas debería haberme llenado de una alegría limpia y sin sombras. Se lo merecían. Sin embargo, tener a Aiden enfrente mientras hablaban de la boda, sabiendo exactamente cómo se sentían sus manos en mi piel pocas horas antes, convertía todo en un terreno minado.

Caminé hacia el pequeño muelle de madera frente al lago, donde el agua tranquila reflejaba el cielo gris. Me apoyé contra la barandilla de madera fría, hundiéndome las manos en los bolsillos del abrigo.

Estar de vuelta en el pueblo y volver a sentir la presencia de Aiden era como retroceder cinco años en el tiempo. Y inevitablemente, mi mente me arrastrá hacia aquella última noche juntos. La noche en que todo se terminó de romper.

Recordaba cada segundo de aquel departamento en la ciudad como si hubiese sido ayer.

Yo acababa de cruzar la puerta de entrada destruida, con la cabeza retumbando tras una guardia interminable de setenta y dos horas en el hospital universitario. Apenas podía sostener el peso de mi propio cuerpo. Mi carrera médica recién despegaba y exigía hasta la última gota de mi energía.

Aiden estaba sentado en el sofá de cuero, en penumbras, con la luz azul de la televisión iluminando su rostro tenso. Acababa de perder el partido más importante de la temporada y la frustración le emanaba por los poros. Ese mismo día había firmado un contrato millonario que lo catapultaba a la élite deportiva, pero el costo era inmediato: una mudanza al otro lado del país en cuestión de semanas.

Habíamos empezado a discutir casi por instinto. No por falta de amor, sino por la aplastante falta de tiempo. La distancia nos estaba devorando vivos entre sus viajes continuos y mis turnos de estudio y hospital.

¿Cuándo pretendes que hablemos de esto, Valentina? —me había dicho él, poniéndose de pie con la mandíbula apretada mientras la televisión de fondo transmitía la repetición de sus jugadas fallidas—. Me voy en un mes. Y cuando me vaya esto va a ser diez veces peor porque ni siquiera quieres contemplar venir conmigo.

¡Tengo mi residencia acá, Aiden! —le había respondido con la voz quebrada por el cansancio extremo, al borde de las lágrimas—. Llevo años matándome para conseguir este lugar. No puedo simplemente hacer las valijas y tirar todo a la basura para ir a sentarme en la tribuna a verte jugar.

¡No te pido que tires nada! —protestó él, acortando la distancia entre los dos con gesto desesperado—. Puedes curar gente en otro estado también, Valentina. Hay hospitales en todos lados. Pero te niegas a moverte un milímetro por lo nuestro.

¡Porque es mi sueño! —grité, sintiendo que el pecho se me abría al medio—. Tú aceptaste tu contrato millonario sin preguntarme, decidiste tu futuro sin incluirme en la ecuación. ¿Y ahora esperas que yo abandone el mío?

Fue en ese instante exacto cuando el tono de la televisión cambió.

Un canal de chismes deportivos cortó la transmisión del partido para mostrar una ráfaga de fotos. En la pantalla gigantesca apareció la imagen de Aiden saliendo de un restaurante de lujo la noche anterior, flanqueado por una modelo rubia despampanante que le sonreía a las cámaras colgada de su brazo.

“¿Jugó mal hoy el capitán porque estuvo distraído anoche con su nueva compañía?”, preguntaba el conductor con tono malicioso.

Yo sabía perfectamente quién era esa chica. Sabía que se trataba de otro compromiso publicitario del club y que todo era un circo armado por contratos económicos. Pero no estaba dispuesta a tolerarlo. No iba a aceptar que mientras yo me mataba en guardias de setenta y dos horas tratando de construir mi futuro, él pretendiera que yo renunciara a mis sueños para acompañarlo a un mundo superficial lleno de apariencias y fotos de portada.

Aquella imagen, sumada al cansancio extremo, a la soberbia de su reclamo y al abismo insalvable entre nuestras ambiciones, fue la gota que derramó el vaso. No importó que él intentara explicármelo otra vez. La brecha entre nuestros mundos se había vuelto indestructible. Esa misma noche armé mi bolso y me fui.

Un chasquido de ramas secas a pocos metros de mí me trajo de golpe al presente.

Pestañeé con fuerza, espantando el fantasma de aquella discusión que todavía me dejaba un sabor amargo en la boca. Me limpié el rastro tenue de humedad de la mejilla y me giré despacio sobre el muelle.

Aiden estaba caminando hacia mí a pasos lentos, con las manos metidas en las bolsas de su abrigo oscuro y el viento despeinándole el cabello negro.

Se detuvo a un metro de distancia, mirando el lago antes de clavar sus ojos oscuros en los míos.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo con la voz suave, rompiendo el silencio de la mañana—. Solías venir a este muelle cuando necesitabas pensar.




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