Al principio fue solo un cansancio extraño.
Evelyn lo atribuyó al trabajo, a las noches sin dormir desde aquel sueño que no podía recordar del todo.
Solo sabía que había despertado llorando, con una sensación tibia en el pecho y la certeza irracional de que alguien la había amado.
Los días pasaron, y el cansancio se volvió náusea, luego mareo.
La prueba de embarazo, comprada con manos temblorosas, marcó dos líneas.
Dos líneas que no entendía.
No había nadie. No había cómo.
Y sin embargo, su cuerpo no mentía.
El médico —la misma doctora Cassandra Lira, que la observaba con fría sonrisa— le dijo que todo era normal, que el embrión crecía fuerte, milagrosamente sano.
Evelyn no supo por qué la voz de la doctora le erizó la piel.
No supo por qué, al salir del consultorio, sintió que algo o alguien la seguía desde las sombras.
Las noches se volvieron inquietas.
A veces despertaba con los labios húmedos, como si hubiera hablado dormida.
Otras, con el corazón latiendo tan rápido que pensaba haber estado corriendo.
Y una vez —solo una— juró escuchar una voz susurrándole su nombre en sueños.
—Evelyn…
Era una voz profunda, suave, que le acariciaba el alma más que el oído.
Pero al despertar, la voz se desvanecía, dejándola con lágrimas sin motivo.
El embarazo avanzó con una calma inquietante.
No había complicaciones, ni síntomas graves.
Solo una creciente sensación de presencias a su alrededor.
Los relojes se detenían cuando dormía. Las luces parpadeaban cuando soñaba.
Y en sus sueños, cada noche, aparecía un hombre.
Nunca veía su rostro.
A veces era un destello, una silueta entre la neblina.
Otras, una sombra que la abrazaba y la hacía sentir en casa.
Pero siempre despertaba sin recordarlo del todo, con el corazón latiendo como si hubiera amado durante siglos.
En el Reino del Sueño, Morfeo vagaba inquieto.
Desde hacía meses —aunque el tiempo en su mundo era una ilusión— algo lo perturbaba.
Los sueños humanos se habían vuelto más vívidos, más caóticos.
A veces, cuando cerraba los ojos para tejer uno nuevo, se encontraba frente a un lago dorado y una figura femenina que lo miraba con ternura.
Intentaba hablarle, pero cada vez que lo hacía, la imagen se rompía como un espejo.
Luego, despertaba.
Y no recordaba su rostro, solo la sensación de haberla sostenido entre sus brazos.
—Hermano —le dijo Fantaso una noche—, estás diferente.
Los sueños que tocas se vuelven… humanos.
Morfeo no respondió.
Sabía que su poder estaba cambiando, que algo lo unía a la vigilia.
Pero no podía explicar por qué, ni cómo.
Solo sentía una llamada, suave y constante, como el latido de un corazón lejano.
Evelyn comenzó a llevar un diario.
Escribía lo poco que recordaba de sus sueños:
“Un lago.”
“Un hombre con alas.”
“Una voz que me llama por mi nombre.”
“Me dice que no tenga miedo.”
“Me dice que el sueño no termina cuando despierto.”
A veces, al releer sus notas, sentía que no las había escrito ella.
Y en el espejo, justo antes de dormirse, juraría ver un reflejo distinto a su rostro… como si algo dentro de ella la mirara desde otro mundo.
En el séptimo mes de embarazo, una noche de tormenta, Evelyn despertó sobresaltada.
El viento golpeaba las ventanas, pero el sonido que la había despertado no venía de afuera.
Era una voz dentro de su cabeza, clara, serena, inconfundible.
—No temas, pequeña.
No estoy aquí para hacerte daño.
Evelyn sintió una lágrima correrle por la mejilla sin saber por qué.
El aire del cuarto se volvió espeso, casi dorado.
Una figura se delineó frente a su cama: un hombre de piel pálida, ojos plateados como la luna y cabellos negros como la noche que parecían flotar en el aire.
El mundo se detuvo.
Morfeo la observó con asombro.
No sabía por qué había cruzado el velo esa noche.
Solo sabía que la había estado buscando.
Se acercó.
Ella extendió la mano.
Sus dedos se rozaron.
Y justo cuando el toque iba a sellar la memoria, la magia que los separaba se activó.
Un resplandor los envolvió y ambos cayeron en un sueño profundo, el uno frente al otro.
Al amanecer, Evelyn despertó sola.
El cuarto olía a lluvia y a flores que no existían en ese mundo.
Acarició su vientre y murmuró, sin entender de dónde venía el impulso:
—Lo vi, ¿verdad?...
Dentro de ella, el hijo de Morfeo se movió por primera vez.
Y aunque ninguno de los dos lo sabía, su destino acababa de despertar.