Siete años habían pasado en el Reino del Sueño,
aunque en la Vigilia apenas habían transcurrido meses.
El tiempo allí era una marea caprichosa: a veces corría como río, otras se estancaba como espejo.
Y en ese vaivén creció Aiden el hijo de Morfeo.
Su piel era pálida como la luna nueva,
sus ojos tenían el brillo del amanecer cuando aún nadie lo ha soñado.
No dormía, pero soñaba despierto.
Podía entrar en los sueños ajenos sin cerrar los ojos,
y crear mundos tan reales que hasta los dioses temían quedarse atrapados en ellos.
Morfeo lo observaba con fascinación.
Había amado muchas cosas —la calma, la belleza, el silencio—
pero nunca había sentido algo tan humano como el amor que le inspiraba ese niño.
No entendía de dónde venía ese lazo tan fuerte, ni por qué a veces, al tocarlo,
un recuerdo lo atravesaba como una sombra fugaz:
una mujer de cabello dorado, lágrimas, un suspiro de cuna.
Eran visiones que se desvanecían tan pronto como trataba de retenerlas.
Y sin embargo, lo llenaban de una nostalgia que no sabía nombrar.
Eristeia, convertida ahora en Reina de los Oniros,
reinaba con elegancia y control.
Había aprendido a modular su voz como un canto de bruma,
y su poder sobre las pesadillas era absoluto.
Sin embargo, a su lado, Aeron comenzaba a eclipsarla.
—Tu hijo es… diferente —susurraban los Oniros a sus espaldas.
—Demasiado humano —decían otros.
—O demasiado dios.
Eristeia lo sabía.
Aiden podía convocar sueños sin dormir,
podía sanar los recuerdos rotos de las almas que vagaban en la frontera,
y lo más inquietante:
a veces hablaba de cosas que ningún ser del Reino debería conocer.
Una noche, mientras Morfeo atendía los sueños de los mortales,
ella lo encontró en el lago de los reflejos.
El niño estaba arrodillado sobre el agua, observando su propio rostro en el espejo líquido.
—Madre —dijo sin volverse—.
¿Por qué en mis sueños hay una mujer que llora por mí?
Dice que me espera. Que soy su hijo.
Eristeia sintió un escalofrío.
Se acercó, con esa mezcla de ternura fingida y miedo real.
—Solo son ecos de la vigilia —mintió—.
Los humanos sueñan con lo que desean, y a veces esos sueños se confunden con los tuyos.
—No —respondió él, sin apartar la vista del agua—.
Ella me llama Aiden.
Y su voz… su voz suena como la tuya, pero más triste.
Esa noche, Eristeia no durmió.
Buscó a la bruja, que seguía sirviéndole en secreto.
—El niño está recordando —dijo con un temblor en la voz.
—Es su naturaleza —respondió Cassandra con calma—.
No puedes ocultarle lo que es.
Su alma está dividida entre el sueño y la vida.
Tarde o temprano, buscará a su madre.
—¡Su madre soy yo! —rugió Eristeia,
y la estancia tembló bajo el poder de su furia.
La bruja la miró sin miedo.
—Eres su creadora, no su origen.
No puedes cambiar lo que fue escrito.
Eristeia la tomó por el cuello, con los ojos ardiendo.
—Si llega a descubrirlo, te arrancaré el alma.
—Entonces ya será demasiado tarde —susurró Cassandra, antes de desvanecerse entre humo azul.
Al día siguiente, Aiden despertó gritando.
Morfeo lo encontró llorando, con las manos cubiertas de polvo de luz.
—¿Qué sucede, pequeño?
—Soñé que caía —sollozó—.
Y una mujer me sostenía.
Dijo que no debía tener miedo, que pronto la recordaría.
Morfeo lo abrazó sin entender por qué aquellas palabras lo herían tan hondo.
El niño se durmió entre sus brazos.
Y cuando Morfeo levantó la vista, vio a Eristeia en el umbral del salón,
la mirada afilada, los labios tensos.
Por primera vez, el dios del sueño sintió que algo en su reino estaba fuera de lugar.
Una sombra que no venía de los humanos,
sino de su propia casa.
Esa noche, mientras el Reino entero dormía,
Aiden abrió los ojos y susurró al aire:
—Madre, ¿me oyes?
En el mundo de los humanos, Evelyn despertó sobresaltada.
Su habitación estaba bañada por una luz azul.
Y por un instante, juró oír la voz de un niño,
diciendo su nombre entre sueños.