Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 8 – El Hijo del Caos

El amanecer no existía en el Reino del Sueño.
Solo el cambio de las luces: del azul al violeta, del violeta al negro.
Pero esa noche, algo alteró el ciclo eterno.
El aire se agitó, los sueños se distorsionaron, y un rugido profundo recorrió los pasillos del palacio onírico.

El origen era Aiden.

El niño estaba de pie sobre el lago de los reflejos,
sus ojos completamente blancos, su piel resplandeciente.
Las sombras lo rodeaban, vibrando con una fuerza que ni Morfeo ni sus hermanos habían sentido jamás.
Todo el Reino temblaba con su respiración.

Morfeo llegó primero.
Intentó tocarlo, pero el contacto lo repelió con una ola de energía que lo lanzó hacia atrás.
El dios cayó de rodillas, desconcertado.
Aiden gritaba sin voz, como si dentro de él se desgarraran mundos enteros.

Eristeia apareció entre plumas y humo.
Sus alas negras se abrieron y cubrieron al niño, envolviéndolo en su sombra.
Susurró palabras antiguas, en una lengua que los Oniros no usaban desde antes de los tiempos.
El poder del niño se fue apagando poco a poco,
hasta que al fin cayó dormido entre sus brazos.

El silencio que siguió fue más denso que el ruido.

Morfeo se acercó, aturdido.
—¿Qué le has hecho?
Eristeia lo miró con ojos cansados y una lágrima falsa.
—Nada, mi señor. Solo… lo contuve.
Su esencia humana lo está desgarrando por dentro.
Solo yo puedo mantenerlo en equilibrio.

Los Oniros, reunidos en torno, se arrodillaron.
La escena era indiscutible: el niño, incontenible incluso para su padre,
se calmaba solo en los brazos de su madre.

—Que hablen los Eternos —dijo Fantaso, inquieto—.
Ellas sabrán qué destino tiene este niño.

Pero cuando las Tres Hermanas del Oráculo fueron invocadas,
el resultado heló la sangre de todos.

Las sombras de las ancianas surgieron de la niebla, con sus rostros velados.
Hablaron al unísono, como el eco de un mismo pensamiento:

“No existe.
No lo soñamos.
No lo vimos nacer.
Su nombre no está en el hilo.
Este niño no pertenece a ningún destino.”

La última palabra se disolvió en el aire,
y las tres figuras desaparecieron, dejando tras de sí solo el murmullo del miedo.

Desde ese día, el niño fue llamado por los Oniros el Hijo del Caos.
Y aunque Morfeo trató de comprenderlo, la duda comenzó a pudrir su certeza.

—¿Cómo puede no tener destino algo que existe? —preguntó, una noche, mirando a Eristeia.
Ella lo acarició con ternura calculada.
—Porque no fue soñado, mi amor.
Porque incluso tú, señor del sueño, puedes crear algo que los dioses no entiendan.

Morfeo la creyó.
Porque quería creer.

Pero mientras dormía, Eristeia observaba al niño a su lado.
Él dormía inquieto, murmullando palabras que no había aprendido.
Nombres que ella no le había enseñado.

“Evelyn… mamá…”

La Harpía apretó los puños.
Cada noche, la esencia humana del niño crecía,
y cada día su poder divino se volvía más inestable.
Si lo perdía, perdía todo.
Así que lo marcó con un hechizo de su propia sangre.

Una runa antigua, grabada sobre su pecho, invisible al ojo mortal.
Una cadena que ataba su espíritu al suyo.

—Ahora, pequeño mío —susurró—.
Nadie podrá apartarte de mí.
Ni los dioses.
Ni tu verdadero origen.

El niño respiró profundo, calmado.
Y en su sueño, una mujer humana despertó sobresaltada,
llevándose la mano al pecho,
sintiendo —sin entender— que algo la había marcado también.

En los confines del Reino, las Tres Hermanas del Oráculo hablaban entre sombras.
Una de ellas, la menor, rompió el silencio:
—No tener destino no significa no tener fin.
Tarde o temprano, el hilo se teje solo.
Y cuando eso ocurra…
—El Reino entero temblará —respondió la mayor.

Y el eco de su profecía se perdió entre los sueños.




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