Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 11 – El cuarto invisible

Nadie la veía.
Nadie podía sentir su presencia.
Evelyn habitaba un lugar que no existía en los mapas del sueño: una estancia suspendida entre el alba y la penumbra, donde el tiempo se disolvía y los pensamientos se volvían aire.

Allí la habían ocultado.
Por orden del anciano, el niño debía entrenarse lejos de los ojos del reino y, sobre todo, lejos de la Harpía. Solo Evelyn podía acompañarlo sin poner en riesgo el equilibrio del mundo onírico.

El cuarto estaba hecho de niebla y memorias. Las paredes respiraban, los espejos mostraban reflejos que no siempre eran suyos. Cada día, Evelyn despertaba sin recordar cómo había llegado, convencida de que soñaba otra vez.
El niño, en cambio, la reconocía de inmediato.

—¿Por qué siempre pareces tan triste? —le preguntó una tarde, mientras moldeaba figuras de luz con los dedos.
—No lo sé —respondió ella, con una sonrisa melancólica—. A veces siento que he perdido algo… algo importante, pero no sé qué es.

Él se acercó y la miró con esos ojos plateados que a veces brillaban como fuego azul.
—Tal vez no lo perdiste —susurró—. Tal vez solo olvidaste dónde está.

Cuando el niño entrenaba, el aire vibraba. Su poder era demasiado vasto, demasiado indómito. Los sueños se deshacían a su alrededor, y la línea entre la realidad y la ilusión temblaba.
Evelyn era la única que lograba anclarlo.
Con solo tocar su frente o murmurar su nombre, todo se apaciguaba, como si su voz fuera un conjuro que solo él entendía.

El anciano observaba desde las sombras, tomando notas en pergaminos que ardían lentamente.
—Cada vez que ella lo calma, el equilibrio del reino se restaura —murmuraba—. No hay explicación lógica. Su vínculo trasciende el tejido del sueño.

Evelyn no sabía de vínculos ni de linajes. Solo sabía que ese niño despertaba en ella una ternura infinita, una necesidad de protegerlo.
En las noches, cuando él dormía, lo contemplaba y sentía ese mismo vacío en el pecho, esa punzada antigua que no podía nombrar.

A veces, cuando el niño se agitaba en pesadillas, ella lo abrazaba y le cantaba una melodía que no recordaba haber aprendido.
—Shhh… duerme, mi amor —susurraba.
Y el anciano, oculto tras las cortinas de humo, comprendía lo que ninguno de los dioses se atrevía a decir:
La humana no lo cuidaba por instinto. Lo hacía por amor. Por el amor de una madre.

Afuera, en el reino del sueño, nadie sabía que en un cuarto invisible una humana vivía y respiraba. Nadie, salvo el propio Morfeo, que a veces, sin entender por qué, se detenía frente al pasaje sellado sintiendo una presencia que lo llenaba de calma… y de melancolía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.