Morfeo nunca debía cruzar ese umbral.
Aquel cuarto, oculto en el corazón del reino, era una anomalía que él mismo había creado siglos atrás: un refugio sellado, destinado a contener todo lo que el sueño no debía recordar.
Nadie, ni siquiera él, solía entrar allí. Hasta esa noche.
Algo lo llamaba.
Un eco, un suspiro que se filtraba entre los pliegues del tiempo.
Cruzó la barrera de niebla, y lo que encontró lo dejó sin aliento.
Evelyn estaba dormida sobre un lecho hecho de luz. Su cabello caía como sombras líquidas sobre la piel, y su respiración marcaba el pulso del propio reino.
Morfeo se acercó sin entender por qué el corazón —si es que los dioses lo tenían— le dolía al verla.
—¿Quién eres? —susurró.
Evelyn abrió los ojos.
Lo miró, y el mundo se detuvo.
El dios del sueño, el eterno, el inquebrantable… se sintió mortal por un instante.
Ella no lo recordaba, pero su alma sí.
Sus miradas se reconocieron antes que sus palabras.
Cuando él extendió la mano, ella la tomó sin miedo. Y fue como si el universo exhalara.
El aire cambió, el cuarto vibró. Los hilos de las pesadillas se rompieron y los sueños dulces florecieron en torno a ellos.
No hubo hechizo, ni deseo impuesto.
Solo esa atracción antigua, ese hilo invisible que había sido arrancado del destino y que ahora volvía a unirse.
Morfeo la besó.
Y con ese beso, todos los recuerdos perdidos temblaron en los márgenes del olvido.
La Harpía, en algún rincón del reino, sintió el estremecimiento de su hechizo resquebrajarse.
Evelyn no entendía qué era ese fuego que la consumía, ni por qué al tocarlo sentía una paz profunda y una tristeza infinita.
Él tampoco comprendía cómo una humana podía hacerlo temblar, pero cada vez que ella pronunciaba su nombre —sin saber cómo lo conocía—, algo dentro de él se quebraba y se curaba a la vez.
Desde esa noche, Morfeo volvió al cuarto invisible cada vez que el niño partía con el anciano.
Decía que era para velar los sueños de la humana, pero lo que hacía era buscar en su piel los fragmentos de sí mismo que había olvidado.
Entre susurros y caricias, nació un lazo nuevo… o tal vez uno que había existido desde siempre.
Porque cuando Morfeo la abrazaba, el reino entero respiraba en calma.
Y cada vez que Evelyn despertaba, juraba que había soñado con un hombre de ojos infinitos, que la miraba como si fuera su único amanecer.