El reino onírico despertó en calma por primera vez en siglos.
Las luces que antes temblaban ahora brillaban constantes; los velos del insomnio se disipaban. Las pesadillas eran solo ecos lejanos.
El hijo de Morfeo —el niño nacido entre mundos— ya no temía a su poder. Lo dominaba con una naturalidad que ni el anciano guía había previsto.
Bajo su entrenamiento, los sueños de los mortales fluían como ríos dóciles.
El pequeño podía moldear la materia del sueño con un pensamiento, caminar sobre el tiempo y hablar con las sombras sin que estas se atrevieran a desafiarlo.
Había crecido.
Había aprendido.
Y sobre todo, había encontrado su equilibrio.
Una tarde de niebla dorada, el anciano se presentó en el cuarto invisible.
Evelyn estaba sentada junto a la cama del niño, que dormía tranquilo, y al verla, el anciano comprendió que su misión estaba por cumplirse.
—Su poder ya es estable —anunció con voz grave—. El equilibrio ha sido restaurado.
Evelyn lo miró sin entender.
—¿Eso significa… que ya no me necesita?
—Significa —respondió él— que el reino ya no te necesita.
Las palabras fueron un golpe silencioso.
El aire del cuarto pareció volverse más frío, y el brillo de los espejos se opacó.
El niño, aún dormido, murmuró algo incomprensible, como si en su sueño escuchara la conversación.
Morfeo apareció poco después, llamado por la intuición.
El anciano repitió su sentencia ante él, inclinando la cabeza.
—La humana cumplió su función. Aiden está completo. Es hora de devolverla a su mundo.
Morfeo guardó silencio.
Sus ojos —oscuros como el inicio del sueño— no reflejaban emoción alguna, pero dentro de él se agitaban mil pensamientos.
Miró a Evelyn, y por un instante, todo lo que había olvidado pareció rozarle la mente como un recuerdo a punto de despertar.
—¿Y si ella no desea irse? —preguntó finalmente.
—La permanencia de una mortal perturba las leyes que tú mismo impusiste, señor del sueño —respondió el anciano con respeto—. Si continúa aquí, el velo entre la vigilia y los sueños se debilitará.
—¿Y si ya lo está? —susurró Morfeo.
El anciano lo miró con pesar.
—Entonces pronto lo sabremos.
Evelyn no protestó.
Su corazón, sin saber por qué, se quebró.
Desde que recordaba, siempre había sentido que su vida era un sueño del que no deseaba despertar. Ahora comprendía que quizá, al hacerlo, despertaría en un mundo donde él no existía.
Esa noche, antes de que la separaran del reino, Morfeo fue a verla una última vez.
No dijo palabras.
Solo la abrazó, como si al hacerlo pudiera conservar un fragmento de ella en cada sombra del sueño.
Y aunque el adiós no se pronunció, el reino entero lo sintió.
Las luces se apagaron lentamente.
Aiden, mientras dormía, lloró sin saber por qué.
Porque el equilibrio, a veces, también duele.