Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 15 – Donde duermen los recuerdos

Evelyn despertó.
Esta vez, de verdad.

La habitación olía a hospital. El pitido rítmico de una máquina marcaba el compás de su respiración. Tenía los brazos cubiertos de agujas, y el cuerpo cansado, como si hubiera dormido durante siglos.
Nadie le explicó qué había pasado.
Solo dijeron que había sufrido un colapso, que su corazón se había detenido por minutos, que había estado en coma…

Pero Evelyn no recordaba haber estado enferma.
Recordaba un cielo de luces líquidas. Recordaba una voz profunda que le hablaba entre sueños. Recordaba unos ojos plateados.

Durante días, caminó por su casa con la sensación de que algo vital le faltaba. Las noches se le hicieron eternas, hasta que una de ellas, justo cuando la luna tocó el cristal de su ventana, lo sintió: una presencia cálida, pura, imposible.

Abrió los ojos dentro del sueño… y él estaba allí.

Un niño de cabello oscuro, con mirada antigua y sonrisa tímida.
—Hola, mamá —dijo, con la inocencia más perfecta del universo.

Evelyn cayó de rodillas, sin entender, sin poder hablar. Las lágrimas se deslizaron antes de que el pensamiento llegara.
—¿Quién eres?
—Soy tu sueño —respondió él—. Pero también soy real.

Y la abrazó.

El abrazo fue tan fuerte que el mundo tembló, aunque ni el anciano ni Morfeo ni la Harpía sintieron nada. El poder del niño era tan vasto, tan puro, que su paso entre los mundos se volvió invisible incluso para los ojos eternos.

Desde aquella noche, comenzó a visitarla.
Venía en sueños, cuando la ciudad dormía, cuando el silencio lo cubría todo.
Le contaba historias del lugar donde la luz respira, de los jardines de niebla, de un padre que no sabe por qué llora cuando mira al trono vacío.

Evelyn escuchaba, meciendo su cabello, y aunque no comprendía la magnitud de lo que oía, su corazón sí lo entendía todo.
—¿Por qué vienes a mí? —le preguntó una noche.
El niño sonrió.
—Porque solo aquí puedo ser feliz —dijo—. Aquí estás tú.

Las noches se volvieron su refugio.
Durante el día, Evelyn seguía su vida humana, creyendo que soñaba con un hijo imaginario.
En la vigilia, la gente decía que se había vuelto más luminosa, más serena.
Y en los reinos del sueño, nadie sospechaba que la fuerza del heredero de Morfeo se alimentaba del amor que lo unía a su verdadera madre.

Pero las paredes del velo empezaban a temblar.
Aiden era demasiado poderoso, y el amor demasiado real.
Pronto, el sueño y la vigilia dejarían de ser dos mundos separados.




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