Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 16 – La grieta del velo

Las noches de Evelyn se hicieron cada vez más profundas.
Al cerrar los ojos, ya no había fronteras: el sueño y la vigilia se confundían, se entrelazaban como dos telas imposibles de separar.
Los espejos comenzaron a empañarse cuando ella pasaba frente a ellos.
El viento, a veces, susurraba su nombre aunque estuviera bajo techo.

Y entonces lo sintió.
Una nueva vida latiendo dentro de ella.

No había hombre en su mundo.
No había explicación.
Solo aquella certeza luminosa que le atravesó el pecho como una melodía: el hijo del sueño había vuelto a sembrar su semilla.
Y esta vez… sería una niña.

Evelyn lo comprendió sin palabras.
Lo supo en su piel, en su alma.
La pequeña no sería como los demás. Nacería entre mundos, mitad humana, mitad sueño.
Su hermano la esperaba, y juntos mantendrían el equilibrio entre la oscuridad y la vigilia, entre la esperanza y el olvido.

Pero el velo también lo sintió.

En el reino del sueño, la Harpía despertó entre las sombras del viento.
Sus alas se abrieron con un grito que heló las estrellas.
Había una fractura. Una grieta por donde la luz se filtraba.
Y ella sabía lo que eso significaba: el regreso de Evelyn.

—La humana ha sido tocada otra vez… —dijo, con la voz de mil ecos rotos—. El equilibrio se quebrará. Si nace la segunda, el poder será completo.

Los oráculos del Reino guardaron silencio, temerosos.
El anciano no entendía por qué el tejido de los sueños temblaba.
Morfeo, cada noche más inquieto, sentía que algo en su pecho palpitaba al mismo ritmo que aquel temblor.
A veces veía una silueta entre los reflejos de los estanques: una mujer que no recordaba, pero que su alma reconocía.

Y mientras tanto, en la Tierra, Evelyn caminaba bajo la lluvia, con una mano sobre el vientre.
El cielo se abría con rayos que no eran de tormenta, sino de presagio.
En sus sueños, el niño la visitaba más seguido, pero cada vez su luz era más débil.

—¿Qué te pasa, mi amor? —le preguntaba ella.
El niño bajaba la mirada.
—La Harpía me busca. Dice que mamá no puede tenernos a los dos. Dice que si mi hermana nace, el velo caerá.
—Entonces la protegeremos —susurró Evelyn, con una determinación que ni los dioses pudieron prever—. Como sea.

Esa noche, las estrellas del mundo de los sueños titilaron en rojo.
Y Morfeo, por primera vez en eras, despertó de su propio sueño… con el nombre de Evelyn en los labios.




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