Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 17 – Cuando el velo sangra

El Reino de los Sueños tembló.
Primero fue un murmullo en las arenas del Tiempo, luego un rugido que atravesó los siete planos del Velo. Las fuentes oníricas se enturbiaron, los portales titilaron como velas moribundas.
Algo —alguien— estaba alterando la estructura misma del sueño.

Y en el centro del caos, el nombre prohibido volvió a ser pronunciado.
Evelyn.

Morfeo lo escuchó, sin saber por qué le dolía.
Sin recordar quién era, sintió en el alma el eco de una ausencia. Un nombre que sabía amar, aunque no supiera de quién.

Los Eternos se reunieron. La Harpía, fingiendo consternación, se adelantó entre los tronos de neblina.
Su voz era dulce, pero su sombra apestaba a engaño.

—Mi señor, el equilibrio se quiebra. Hay una humana que trae consigo una criatura. —Sus ojos centellearon con un brillo ámbar, venenoso—. Si nace, se engendrará un poder que ni siquiera tú podrás contener.

Morfeo la observó en silencio.
No recordaba del todo, pero en sus sueños la veía: una mujer con lágrimas de luz, caminando bajo la lluvia, cantándole a una sombra pequeña.
El eco de esa imagen le ardía como una herida.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó, su voz grave resonando como el trueno de los astros.
—Porque yo la siento. —mintió la Harpía, con sonrisa quebradiza—. Y porque esa criatura … no debería existir.

Morfeo se levantó. Su capa de oscuridad rozó el suelo como una marea viva.
—Si el velo sangra, será por lo que tú callas.

Los Eternos callaron. Nadie se atrevía a intervenir.
El anciano guardián, que observaba desde la penumbra, comprendió entonces: el destino se estaba cumpliendo, y ninguna profecía lo había previsto.

En el mundo de los humanos, Evelyn despertó en medio de un trueno.
El viento había entrado por la ventana, arrastrando hojas, arena, y una pluma negra.
La tomó entre sus dedos. Era cálida, casi viva.

Desde ese instante, los sueños cambiaron.
El niño ya no llegaba solo. A veces lo veía detrás, como si alguien lo persiguiera.
Y una sombra, con alas desgarradas, la observaba desde la distancia.

—Mamá… no duermas—le rogó el niño en uno de los sueños, sus ojos como dos luceros turbios—. Ella te busca. Quiere a mi hermana.

Evelyn corrió hacia él, lo abrazó, pero el sueño se resquebrajó en una tormenta de espejos.
Y, al otro lado del reflejo, Morfeo la vio.

Fue un instante eterno.
Ella dormida, luminosa, y él en el umbral del Reino, observando el reflejo de un rostro que no recordaba, pero que amó desde el principio de los sueños.

Su poder se agitó.
El velo tembló tanto que los cielos oníricos se abrieron, y por primera vez en siglos… el Señor del Sueño cruzó hacia el mundo de la Vigilia.

La Harpía lo supo de inmediato.
Sintió cómo la energía se desgarraba en su pecho.
Y rugió.

—¡La humana no debe existir! ¡El equilibrio caerá! —gritó, extendiendo sus alas, invocando tormentas.
El reino entero se dobló ante su furia.
Sus alas cortaron el aire y el cielo se oscureció mientras descendía hacia el Velo, dispuesta a cazar a Evelyn antes de que la hija del sueño pudiera protegerla.

Evelyn, sin saberlo, soñaba con el mismo jardín donde su hijo jugaba.
Pero esta vez no estaba sola.
Un hombre de ojos infinitos emergió de entre los lirios azules.
El tiempo se detuvo.
El viento calló.

—¿Quién eres? —preguntó ella, temblando.
—No lo recuerdo… —susurró él, con un dolor antiguo en la voz—. Pero tú… tú eres lo único que sí reconozco.

Las sombras se disolvieron alrededor.
El niño, oculto detrás de los sueños, sonrió.
Porque el velo sangraba, sí.
Pero en esa herida también florecía la esperanza.




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