Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 18 – La verdad que ni los dioses soñaron

El anciano guardián del Reino del Sueño llevaba milenios en silencio.
Había visto a los Eternos nacer de las estrellas y a las sombras rendirse ante Morfeo.
Pero jamás había sentido algo como eso: una vibración que no venía ni del sueño ni de la vigilia, sino de un tercer lugar, imposible, donde ambos mundos se tocaban.

Esa vibración tenía nombre.
Evelyn.

Desde su celda de cristal, el anciano extendió las manos sobre el estanque de los reflejos.
El agua se estremeció, mostrando el rostro de la mujer dormida en el mundo humano: su vientre iluminado, una nueva vida palpitando dentro.
Y comprendió.

—No fue la Harpía quien lo logró —murmuró con reverencia—. Fue el destino que ni siquiera las Hermanas pudieron ver…
Una humana con el alma anclada en dos mundos.
Un hijo de Morfeo y del sueño mismo.

El anciano cerró los ojos.
Lo que veía era imposible.
Y, sin embargo, existía.

En el palacio de alas oscuras, la Harpía rugía.
Su poder desatado desgarraba columnas de obsidiana.

—¡Todo tiembla! ¡Ese maldito niño la trajo de vuelta! —gritó a la bruja que temblaba ante ella—. Encuéntrala en el mundo de la vigilia y destruye a esa humana antes de que la criatura nazca.

La bruja asintió en silencio.
Pero mientras cruzaba el umbral, una sonrisa leve y secreta se dibujó en su rostro.

Había visto los ojos de la humana en los sueños.
Había sentido el latido del nuevo ser.
Y había comprendido algo que ni la Harpía podía aceptar:
Esa niña no traería la ruina… sino la redención.

En la Tierra, Evelyn soñaba con un campo de flores blancas.
El viento olía a lluvia y a magia antigua.
De entre los lirios emergió la bruja, vestida con harapos, su sombra ondeando como humo.

—¿Tú… eres real? —preguntó Evelyn, con la voz temblorosa.
—Tanto como el sueño que aún no termina —respondió la bruja con dulzura triste—. No temas, no vengo a dañarte. Vengo a esconderte.

La tocó en la frente.
El aire se volvió dorado.
El suelo tembló suavemente bajo sus pies.

—Cuando la luna se bañe en oro y el velo se abra, tu hija vendrá. Y solo entonces podrás despertar del todo.
—¿Mi hija? —susurró Evelyn, confundida.
—Sí. Ella traerá la otra mitad del poder… aquel que los dioses creyeron perdido.
Tu sangre la nutrirá, tus sueños la protegerán. Pero debes dormir ahora.
Dormir… profundamente.

El hechizo la envolvió como un abrazo.
Su cuerpo desapareció de la vista de los hombres y de los dioses.
Ni la Harpía, ni Morfeo, ni el propio anciano podrían sentirla hasta que el tiempo la reclamara.

La bruja, exhausta, cayó de rodillas.
Del cielo nocturno cayeron monedas de luz —el pago prometido, el oro del pacto—, pero ella no las tocó.
Solo murmuró una plegaria que ningún dios había escuchado antes:

—Que el sueño la oculte… y la esperanza despierte con ella.

En el Reino de los Sueños, el anciano sintió un vacío.
Una presencia se había desvanecido.
Sabía lo que había ocurrido.
Sabía que la Harpía no lo entendería.
Y que cuando lo hiciera, sería demasiado tarde.

Se volvió hacia las Tres Hermanas, las oráculos eternas, que observaban el cosmos con ojos de luna.
Por primera vez en eones, una de ellas bajó la mirada.

—Ni siquiera nosotras lo soñamos —dijo la más joven.
—El amor de un dios no debía tener descendencia —susurró la mayor.
—Y, sin embargo, la tiene —concluyó la del medio, con un brillo de esperanza—.
La hija nacerá… y con ella, el nuevo orden del sueño.

Lejos, en la vigilia, Evelyn dormía bajo un hechizo de oro.
En su interior, la niña crecía.
Y cuando sus pequeños dedos se movieron por primera vez dentro del vientre, el Reino entero tembló.

Las estrellas soñaron con ella.




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