El amanecer dorado no fue visto por nadie.
El mundo de los humanos dormía cuando el aire se volvió leve y el hechizo de ocultamiento empezó a ceder.
En una casa olvidada por el tiempo, donde las flores crecían sobre las paredes, Evelyn despertó gritando.
No de dolor… sino de vida.
La bruja estaba allí, con el cabello lleno de cenizas y los ojos cansados.
Había esperado ese momento durante lo que parecían siglos.
De entre la luz, nació la niña.
No lloró.
Solo abrió los ojos, dos lagos dorados que parecían contener estrellas.
El viento se arrodilló a su alrededor, y las hojas danzaron en silencio.
La bruja, temblorosa, la tomó en brazos.
Un susurro escapó de sus labios:
—Bienvenida, pequeña de dos mundos… hija del sueño y de la vigilia.
Evelyn, aún débil, alcanzó a tocar el rostro de su hija antes de caer nuevamente en el sueño profundo.
El hechizo aún la reclamaba, protegiéndola del destino y de los ojos que la buscaban.
En el Reino de los Sueños, el tiempo no obedecía a las reglas humanas.
Un suspiro en la vigilia era un año entre las estrellas.
Así, mientras Evelyn dormía apenas unos días, la niña creció en el refugio dorado que la bruja tejió entre mundos.
La llamaron Lyra.
Su risa tenía el sonido del viento en los cristales.
Su llanto hacía florecer las sombras.
Y cuando dormía, los sueños de los hombres se volvían más vívidos, más reales, como si su respiración alimentara el tejido del universo.
La bruja la observaba con reverencia.
Sabía que aquel poder, tan vasto, debía ser domado o el velo se rompería por completo.
Los entrenamientos comenzaron antes de que Lyra cumpliera su primer ciclo de luna.
Aprendió a mover la energía con los dedos, a invocar imágenes sin cerrarlos.
Podía tejer sueños, pero también borrarlos.
Creaba vida dentro de los espejos y podía oír los pensamientos de los durmientes.
A veces preguntaba por su madre.
La bruja le respondía con una sonrisa suave:
—Ella duerme en el lugar donde nacen los sueños.
Cuando seas lo suficientemente fuerte, podrás alcanzarla.
Lyra asentía, sin entender del todo.
Pero cada noche, se sentaba junto al cuerpo dormido de Evelyn y le hablaba con ternura:
—Estoy aprendiendo, mamá. Pronto podré venir por ti.
El poder de la niña creció tan rápido que el aire alrededor de ella empezó a vibrar con una melodía propia.
El suelo se iluminaba cuando caminaba, los espejos la seguían, y su sombra tenía alas que a veces se abrían solas.
La bruja, maravillada y aterrada, la entrenó con todo lo que sabía.
Le enseñó a ocultarse, a cerrar su mente a los ojos de los dioses.
Le enseñó los nombres verdaderos del sueño: los que podían abrir puertas o sellarlas para siempre.
Pero también comprendió que algo más la guiaba.
Había noches en las que Lyra se levantaba sola, seguía una luz invisible y desaparecía entre los portales.
Regresaba horas después con los ojos llenos de reflejos y un susurro en los labios:
—Él me llama. No sé quién es, pero su voz me calma.
La bruja sabía quién era.
Sabía que el hijo mayor de Morfeo y Evelyn, aquel niño perdido entre los sueños, estaba encontrando a su hermana.
Y que cuando ambos se tocaran, los mundos jamás volverían a ser los mismos.
El día llegó.
Mientras en la Tierra Evelyn respiraba en sueños, el aire se partió con un murmullo antiguo.
Lyra se detuvo, mirando el horizonte.
El velo brilló como un espejo líquido, y una figura apareció al otro lado: un niño de ojos infinitos, con el poder del sueño latiendo en sus manos.
—Te encontré —dijo él, sonriendo.
Y en ese instante, la profecía no escrita comenzó a cumplirse.
El Reino tembló.
Las Tres Hermanas despertaron.
Y, en el trono de sombras, Morfeo abrió los ojos con un estremecimiento, sin saber por qué las lágrimas caían de su rostro.