Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 20 – Los hijos del sueño y el ejército de la noche

El velo se estremeció cuando Lyra y el niño se encontraron.
No hubo palabras al principio.
Solo silencio, ese silencio denso que ocurre cuando el universo contiene la respiración.

El aire chispeó.
Ella alzó la mano, y el tiempo se detuvo.
El niño la observó con los mismos ojos que los de Morfeo: infinitos, antiguos, llenos de calma y tormenta al mismo tiempo.

—Te soñé —susurró Lyra.
—Y yo a ti —respondió él.

Cuando sus dedos se tocaron, el mundo del sueño tembló.
No era destrucción… era reconocimiento.
Dos mitades de una misma esencia encontrándose por primera vez.

El anciano guardián, desde las torres del eco, vio cómo los portales cambiaban de color.
Los sueños dulces renacían.
Las pesadillas retrocedían.
El equilibrio que había estado roto por siglos comenzaba a restaurarse.

Pero no todos celebraron.

En el confín más oscuro del Reino, las sombras se reunían.
La Harpía, con las alas extendidas y el rostro cubierto de cicatrices antiguas, se alzaba sobre un trono de huesos y fuego onírico.
A su alrededor, las Harpías menores y sus consortes —los Nykteris— aguardaban su orden.

Los Nykteris eran criaturas altas, de piel pálida y ojos de humo.
Su voz era como el roce del viento sobre las tumbas.
Nacidos del miedo humano, alimentados por las pesadillas, su lealtad pertenecía a quien les garantizara oscuridad eterna.

—Morfeo ha debilitado el Reino —declaró la Harpía, con un rugido que partió el aire—.
Ha contaminado nuestra esencia con ternura, con amor. Ha dado forma a los sueños, cuando debimos gobernar el miedo.
El velo ya no nos pertenece… pero lo recuperaremos.

Los Nykteris respondieron al unísono, golpeando el suelo con las lanzas de hueso.
Sus gritos retumbaron hasta los límites del abismo.

—¡No más sueños! ¡Solo pesadillas! ¡Solo la verdad del miedo!

El cielo se oscureció sobre ellos.
Las estrellas huyeron.
Y la Harpía sonrió, satisfecha.

—Que los hombres olviden dormir. Que el terror reine.
Cuando el velo caiga, la Vigilia y el Sueño serán uno solo… y nosotros, sus dueños.

Mientras tanto, Lyra y su hermano Aiden, el primer heredero del sueño— caminaban por el valle de los espejos.
A su paso, los reflejos les mostraban fragmentos de un pasado que no recordaban:
Una mujer con el cabello oscuro sosteniéndolos entre los brazos.
Una voz profunda que les cantaba mientras dormían.
El sonido del agua y una risa que los hacía sentir a salvo.

—¿Quiénes eran ellos? —preguntó Lyra, con un hilo de voz.
Aiden entrecerró los ojos, con el pecho apretado.
—Nuestros padres —susurró.

El anciano apareció entre ellos, su bastón ardiendo con fuego azul.
—El velo se debilita —les dijo—. La oscuridad se mueve.
La Harpía ha roto las leyes del sueño. Ha reunido a las suyas y a los Nykteris. Pronto atacarán el Reino.

—¿Por qué? —preguntó Lyra, asustada.
—Porque ustedes existen —respondió el anciano—.
Porque ustedes reescribirán el destino que Morfeo forjó.
El amor de vuestro padre y la esperanza de vuestra madre alteraron las profecías.
Y los que viven del miedo… no perdonan la luz.

Los hijos del sueño se tomaron de las manos.
Sus poderes se entrelazaron y el aire vibró con una fuerza que los Eternos jamás habían sentido.
Aiden podía moldear el sueño.
Lyra, darle forma en la vigilia.

Juntos, crearon un puente: un hilo dorado que conectaba los mundos, un resplandor tan puro que el anciano se arrodilló ante ellos.

Pero, lejos, la Harpía también lo sintió.
Y su furia incendió los cielos del Reino.

—¡Encuéntrenlos! —gritó a sus Nykteris—.
¡Traedme a los hijos del sueño antes de que Morfeo recuerde quién es… y los reclame!

Las alas de la oscuridad se desplegaron.
El rugido de la rebelión se elevó sobre el Reino.

Y en el centro del caos, Aiden tomó a Lyra de la mano y susurró:

—Si la noche viene por nosotros… entonces soñaremos el amanecer.




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