El eco de los sueños tembló aquella noche.
Nadie en el Reino Onírico supo exactamente cuándo comenzó, solo que el aire se volvió denso, las luces de los luceros que flotaban sobre los ríos de bruma se apagaron una a una… y los susurros del velo anunciaron un cambio.
Lyra, apenas una adolescente, sintió la primera fractura antes que nadie. Mientras entrenaba bajo la guía de la Bruja del Velo, el suelo se estremeció bajo sus pies. El polvo de sueño —ese resplandor azul que lo cubría todo— comenzó a ennegrecerse, y los espejos del cielo se agrietaron.
Su hermano, corrió hacia ella, con la mirada encendida por un fuego que no le pertenecía.
—Lyra... algo se mueve en la Penumbra.
—Lo sé —respondió ella, cerrando los ojos—. Los sueños… están muriendo.
A lo lejos, en la Ciudad de los Eternos, Morfeo se alzó del Trono de Sombras al sentir el rugido del desequilibrio. No fue el presagio de las Tres Hermanas —ellas estaban en silencio—, sino el llamado de una fuerza mucho más antigua… y más traicionera.
La Harpía.
Durante años había fingido lealtad, aguardando el momento exacto para reclamar el Reino. Con la mentira de su maternidad asegurada y el apoyo de sus criaturas, había tejido en secreto un ejército de sombras.
A sus hijas, las Harpías, se unían ahora los Nocturnos —hombres nacidos de pesadilla, de alas rasgadas y ojos de obsidiana—. Seres creados con una sola intención: derribar al Dios de los Sueños y entregar la Vigilia al caos de las pesadillas.
—¡Morfeo nos negó nuestro poder! —rugía la Harpía frente a su ejército—. ¡Nos encadenó a sus leyes! ¡Hoy los sueños caerán, y solo quedará la verdad del miedo!
Las huestes oscuras se alzaron con un grito que partió los cielos.
Mientras tanto, en una dimensión oculta, la Bruja contemplaba el poder de la joven Lyra.
El poder era puro, indomable… una mezcla del fuego de la Vigilia y la calma de los Sueños. Cuando su hermano la tomó de la mano, algo cambió.
El mundo entero contuvo el aliento.
Dos mitades de un mismo poder.
Y en el instante en que sus miradas se encontraron, un destello dorado cruzó el Reino Onírico.
Los ríos de bruma volvieron a fluir.
Las luces del cielo se encendieron.
El equilibrio —aunque por un instante— respiró de nuevo.
Pero ese destello no pasó desapercibido.
Desde la cúspide de la Torre del Velo, la Harpía alzó la mirada hacia el horizonte y murmuró, con una sonrisa cargada de veneno:
—Así que ahí estás, pequeña luz…
La hija prohibida del Sueño.
La que traerá mi fin o mi gloria.
El rugido de los Nocturnos llenó el aire.
El Reino Onírico ardía.
La Guerra Onírica había comenzado.