Oniros. Amor entre dos mundos

Capítulo 23 — La Guerra de los Sueños

El cielo del Reino Onírico se partió en dos.
De un lado, los sueños resplandecían como constelaciones vivas; del otro, las sombras aullaban, multiplicándose en formas grotescas que devoraban la luz.
El rugido de las Harpías y sus Nocturnos se alzó como una tempestad negra.
La guerra había comenzado.

Por siglos —en el tiempo de los dioses— los Sueños y las Pesadillas se enfrentaron.
Pero en la Vigilia, apenas transcurrían unas semanas, y los humanos dormían sin saber que cada uno de sus sueños era un campo de batalla.

Morfeo, el eterno guardián del descanso, se alzó en medio del caos con su armadura de obsidiana y plata. Su mirada, gélida como el espacio entre estrellas, buscó entre las sombras el origen de la traición.

Allí estaba ella.
La Harpía Mayor, su antiguo error, la que había robado su semilla y desatado la guerra.
Su risa quebró el aire, aguda como un cristal roto.

—¡Te lo advertí, Morfeo! Los sueños debían ser míos. Las pesadillas son eternas… tú solo las ocultaste.
—Las pesadillas nacen del miedo —respondió él, su voz retumbando como un trueno—. Pero tú olvidaste que hasta el miedo necesita descansar.

A su lado, Aiden avanzó, su cuerpo resplandeciendo con el poder de la Vigilia.
De sus manos brotaban filamentos de luz que convertían las sombras en polvo.
A su izquierda, Lyra canalizaba la energía del Sueño puro; cada movimiento suyo transformaba el caos en calma, el grito en silencio.

Juntos eran la frontera.
Los hijos del equilibrio.

Los Nocturnos, bestias nacidas de los miedos humanos, cayeron sobre ellos en masa.
Aiden los detuvo con un gesto: su luz los congeló en un instante de lucidez.
Lyra los deshizo con una melodía, un canto que recordaba la primera noche del mundo.

Morfeo alzó la mano, y de ella nació un vendaval de arena estelar que arrasó el campo.
Durante siglos de sueños, padre e hijos combatieron espalda con espalda, resistiendo los embates de la oscuridad.

Pero la Harpía no luchaba sola.

Las sombras de los caídos, los susurros del insomnio y la desesperación de los humanos eran su ejército invisible.
Cuanto más miedo sentía la humanidad, más fuerte se hacía ella.

Hasta que Lyra comprendió.

—Padre —dijo con voz entrecortada—, no venceremos luchando… debemos dormir al miedo.
Morfeo la miró, reconociendo en ella el eco de Evelyn, la humana que había amado.
—Entonces hazlo, hija mía. Llévalos a soñar.

Lyra extendió sus manos, y su hermano tomó las suyas.
La luz y la oscuridad se unieron, creando un resplandor tan puro que ni los Eternos podían mirarlo directamente.
De su unión brotó un sueño colectivo, un latido que se extendió a cada rincón del Reino Onírico y a cada mente en la Vigilia.

Los humanos durmieron en paz.
Las pesadillas, privadas de su alimento, comenzaron a desvanecerse.
Las Harpías gritaban, desgarradas por la misma energía que un día las había creado.
Sus alas ardieron, sus cuerpos se disolvieron en el viento, y su reina —la Harpía Mayor— cayó de rodillas ante Morfeo.

—¿Qué harás conmigo, dios del descanso? —escupió entre lágrimas negras.
Morfeo se inclinó sobre ella.
—Te dejaré dormir… por toda la eternidad.

Y con un suspiro, cerró sus ojos.
El silencio cayó sobre los dos mundos.

Las estrellas volvieron a brillar.
Los Oniros, agotados, miraron el horizonte.
Habían ganado la guerra.

Morfeo se volvió hacia sus hijos.
Ambos estaban de pie, cubiertos de polvo estelar, mirando el cielo que ellos mismos habían restaurado.

—El equilibrio se sostiene —dijo el Anciano Guía, apareciendo tras ellos—.
—No —respondió Aiden, mirando a su padre—. El equilibrio empieza hoy.

Morfeo sonrió.
El dios que había soñado el universo cerró los ojos, por fin en paz, mientras la voz de Evelyn resonaba en la brisa de su mundo.

"Mientras existan sueños, existirá esperanza."




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