El silencio posterior a la guerra era denso, casi sagrado.
El Reino Onírico, antes un campo de batalla, flotaba suspendido en un mar de calma azulada.
Las arenas de los sueños caían lentamente, como si el tiempo hubiera detenido su curso para recordar.
Los Oniros reconstruían lo que quedaba del firmamento.
Lyra y Aiden ayudaban a guiar las corrientes de energía que devolvían forma al mundo, mientras Morfeo, más humano que nunca, observaba las cicatrices invisibles del conflicto.
Y entonces, la sintió.
Una vibración sutil, casi imperceptible, que venía del límite entre los sueños y la vigilia.
No era magia.
Era amor.
El dios cerró los ojos y el universo respiró con él.
Allí, en un rincón olvidado del Velo, en un santuario de cristal tejido por la vieja bruja antes de desaparecer, Evelyn soñaba.
Su cuerpo dormía en la Vigilia, protegido por raíces de luz.
Su espíritu, sin embargo, flotaba entre ambos mundos, sosteniendo el hilo invisible que mantenía viva la esperanza.
Durante la guerra, nadie lo supo.
Pero cada vez que Aiden desfallecía, una corriente tibia lo envolvía.
Cada vez que Lyra caía en la desesperación, una voz dulce la arrullaba en su mente.
Y cuando Morfeo sintió que el olvido lo devoraba… el recuerdo de su amor lo mantuvo erguido.
Era Evelyn.
Dormida, pero presente.
Silenciosa, pero eterna.
Hasta que el sueño empezó a romperse.
Las flores que la rodeaban se abrieron una a una, exhalando luz.
Los hilos del hechizo de ocultamiento, tejidos hacía siglos, se deshicieron como niebla al amanecer.
El aire vibró con un murmullo antiguo, el nombre que solo un dios podía pronunciar con devoción:
—Evelyn…
Sus párpados temblaron.
La brisa le acarició la piel, trayéndole aromas que no pertenecían a la Tierra: arena estelar, olas de neblina, la esencia del sueño mismo.
Abrió los ojos.
El cielo que la recibió no era azul, sino una mezcla viva de colores imposibles.
Ante ella, de pie, estaban Morfeo, Lyra y Aiden.
Los tres la miraban con una reverencia que iba más allá del amor.
Evelyn se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo el hilo de energía que la conectaba a ellos latía aún dentro de sí.
Comprendió, sin palabras, lo que había ocurrido.
Ella había sido su raíz.
El sostén invisible de los sueños.
Lyra fue la primera en correr hacia ella.
La rodeó con los brazos, y por un instante, el universo entero se iluminó con el brillo de una aurora infinita.
—Te soñé tantas veces —susurró Evelyn entre lágrimas—. No sabía que eras real.
—Siempre lo fuimos —dijo Aiden, apoyando su frente contra la suya—. Tú nos hiciste reales.
Morfeo se acercó, sin pronunciar palabra.
Solo la miró, y en sus ojos oscuros se reflejó el primer amanecer del mundo.
Evelyn extendió la mano.
El dios del sueño la tomó, y las sombras que quedaban alrededor del Reino se desvanecieron al contacto.
Por primera vez desde la creación, el amor fue más poderoso que el olvido.
El Anciano Guía los contempló desde la distancia y habló con voz temblorosa:
—El equilibrio ha despertado. Y con él, los sueños del hombre serán puros otra vez.
Evelyn sonrió, y el eco de su voz recorrió los dos mundos.
—Los sueños son más que refugios. Son promesas… y las promesas no mueren, solo duermen.
Y así, bajo la luz de un amanecer que existía al mismo tiempo en la Vigilia y en el Reino de los Sueños, la madre de los Oniros abrió los ojos del mundo.