Opacarofilia

Terraza

Daniel llevaba el vino en una bolsa de plástico que se balanceaba contra su pierna mientras subía las escaleras. Tinto. Barato. El tipo de vino que uno compra en el chino de la esquina cuando lo que importa no es el vino.

Había quedado de verse con Emma a las seis. Eran las seis y cuarto. Ella estaría caliente, pero de esa manera en que no lo demostraría, solo se quedaría callada unos minutos antes de volver a hablar como si nada.

Llevaban tres meses viéndose. No eran novios. No exactamente. Aunque Daniel había dejado un cepillo de dientes en su baño y Emma tenía un buzo de él que nunca devolvió. Existían en esa zona gris donde las cosas importantes no se dicen porque decirlas las haría reales, y lo real da cagazo.

La puerta de la terraza estaba entreabierta. Emma estaba sentada en el borde del pretil, con las piernas colgando hacia el vacío. A Daniel se le hizo un nudo en el estómago verla así, aunque sabía que ella era cuidadosa, que nunca haría algo estúpido.

—Llegás tarde

Dijo ella sin darse vuelta.

—El subte estaba parado. Algo de una falla eléctrica.

Eso era mentira. El subte había andado bien. Él se había quedado parado en la estación cinco minutos, mirando el celu, preguntándose si esto era buena idea.

Emma finalmente lo miró. Tenía los ojos brillantes, como si hubiera estado llorando o como si estuviera a punto de hacerlo.

—Mirá el cielo.

Daniel se acercó y miró. El atardecer era... imposible. No había otra palabra. Los colores eran demasiado intensos, demasiado vivos. Naranjas que parecían neón. Rosas que no existían en la naturaleza. Y el sol, trabado en el horizonte, tiraba una luz horizontal que hacía que todo brillara con bordes dorados.

—Es raro, ¿no? Como de película. De esas donde pasa algo terrible, pero se ve hermoso.

Daniel se sentó al lado de ella, dejando las piernas colgando también. Abrió el vino sin copas y le pasó la botella. Ella tomó directo del pico y se cagó de risa.

—Sofisticado.

—Soy un caballero.

Se quedaron en silencio. Abajo, la ciudad hacía su ruido habitual, pero parecía más lejano. Más apagado. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

—¿Escuchás eso?

Daniel aguzó el oído. Sirenas. Varias. Algunas cerca, otras más lejos, creando una especie de coro disonante.

—Accidente, seguro.

—Llevan sonando como veinte minutos.

Daniel no supo qué responder a eso. Emma le devolvió la botella. Los dedos se les rozaron y ninguno de los dos los movió enseguida.

—Mi vieja me llamó hoy. Tres veces. No atendí.

—¿Por qué no?

—Porque sé de lo que quiere hablar. De que ya tengo treinta y dos. De que la amiga tiene una hija de mi edad que ya va por el segundo pibe. De que el tiempo pasa. —Emma hizo una pausa. —Y tiene razón, ¿sabés? El tiempo pasa.

Daniel sintió algo contraerse en su pecho. Sabía para dónde iba esto. Lo habían evitado durante tres meses, pero Emma era de las que eventualmente necesitaban hablar de las cosas.

—Emma...

—No, dejame terminar. —Ella seguía mirando el horizonte. —Te estuve esperando que digas algo. Cualquier cosa. Que esto es algo. Que vamos para algún lado. Pero creo que ya sé la respuesta.

—No es eso.

—¿Entonces qué es?

Daniel no tenía una respuesta. O sí la tenía, pero era cobarde y complicada. Era cagaso al compromiso y una ex que lo había destruido y la sensación de que no era lo suficientemente bueno para nadie, mucho menos para Emma.

—Es que...

Empezó, pero se detuvo.

El cielo se había vuelto todavía más brillante. Era antinatural. La luz no debería ser así a esta hora. Debería estar oscureciendo, pero en cambio parecía que el día se negara a terminar.

Emma se limpió los ojos con el dorso de la mano.

—Olvidate. No importa.

—Sí importa.

—Daniel, estoy cansada. Cansada de esperar. Cansada de estar en este limbo. —La voz se le quebró un poco. —Solo... necesito saber si vale la pena quedarme.

En la calle de abajo, la gente había empezado a salir de los edificios. Daniel los veía amontonarse en las veredas, todos mirando para el oeste, para ese sol que no terminaba de ponerse.

Le vibró el celu. Era su viejo. Su viejo nunca lo llamaba.

Emma también sacó el teléfono. En la pantalla había varias notificaciones, pero no había señal. Las barritas parpadeaban entre cero y una.

—Qué raro.

Daniel la miró. Realmente la miró. El perfil de su cara contra ese cielo imposible. La manera en que se mordía el labio de abajo cuando estaba nerviosa. La cicatriz chiquita sobre la ceja izquierda de cuando se cayó de la bici a los siete años y que le había contado una noche, acurrucados en su cama, cuando todavía fingían que esto no significaba nada.

—Emma. —La voz le salió distinta. Más firme. —Vale la pena. Vos valés la pena.




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