Opacarofilia

La última foto

Sofía revisó la cámara por tercera vez. Batería al 80%. Tarjeta de memoria vacía. Lente limpio.

—Ya, ma. Estás obsesionada.

Dijo Mateo desde el asiento de atrás.

Tenía razón. Sofía lo sabía. Pero desde el divorcio se había vuelto así, tratando de capturar cada momento con su hijo, como si las fotos pudieran detener el tiempo. Como si pudiera coleccionar suficientes recuerdos para cuando él creciera y ya no quisiera pasar los domingos con ella.

—Es que la luz está perfecta —Respondió mientras encendía el auto.

Iban al mirador. Era su ritual desde que Mateo tenía ocho años. Cada mes, sin falta, subían a ver el atardecer. Ahora tenía catorce y Sofía sabía que estos domingos estaban contados. Pronto habría pibes, novias, una vida que no la incluiría.

El tránsito estaba raro. Demasiados autos yendo en dirección contraria, saliendo de la ciudad. Sofía nunca había visto la General Paz así de congestionada un domingo.

—¿Hay partido o algo?

—No sé.

La radio estaba en una estación de noticias. El locutor sonaba tenso, nervioso. Hablaba de algo sobre "mantener la calma" y "esperar instrucciones oficiales", pero la señal empezó a cortarse, reemplazada por estática.

Sofía cambió de estación. Música. Después más estática. Después nada.

—Qué raro —murmuró.

Mateo estaba en el celu, como siempre. Pero frunció el ceño.

—Ma, no anda el internet.

—Usá tus datos.

—No tengo señal. Ni una barrita.

Sofía miró su propio teléfono en el soporte. Lo mismo. Sin señal.

Un escalofrío le recorrió la espalda, pero lo ignoró. Probablemente una falla de la compañía. Pasaba.

Cuando llegaron al mirador, había más gente de lo habitual. Mucha más. El estacionamiento estaba lleno y los autos se amontonaban en los costados del camino. Familias enteras. Parejas. Grupos de pibes. Todos mirando para el oeste en un silencio que se sentía pesado, religioso.

—Guau —dijo Mateo al bajarse del auto. —Mirá eso.

El cielo era una pintura imposible. Capas y capas de colores que no deberían existir simultáneamente. Naranjas tan brillantes que dolían a la vista. Rosas que sangraban hacia púrpuras profundos. Y sobre todo eso, nubes que parecían arder desde adentro, iluminadas por una luz que venía de abajo del horizonte.

Sofía levantó la cámara instintivamente. Click. Click. Click.

—Es increíble —susurró Mateo.

Había algo en su voz. Admiración, sí, pero también miedo. Ese tipo de miedo primitivo ante algo que es demasiado grande, demasiado poderoso.

Sofía bajó la cámara y realmente miró. No a través del visor, sino con sus propios ojos.

Y supo que algo estaba mal.

No solo raro. Mal.

A su alrededor, la gente lloraba. Una mina abrazaba a sus tres pibes, meciéndolos. Un viejo estaba de rodillas, con las manos juntas, rezando. Una pareja joven se besaba con desesperación.

—Mamá. —La voz le salió chiquita, infantil. —¿Qué está pasando?

Sofía lo miró. Su hijo. Su nene que ya no era tan nene. Que le sacaba media cabeza. Que había empezado a afeitarse. Que la semana pasada le había dicho "ya no me hables así, tengo catorce" cuando ella lo llamó "mi amor" delante de sus amigos.

Y ahora la miraba con esos ojos enormes, necesitando que ella tuviera respuestas, que ella arreglara esto, como cuando era chiquito y ella podía curar cualquier herida con un beso.

—No sé, mi vida.

Por primera vez en mucho tiempo, Mateo no la corrigió.

El viento cambió. Trajo un olor raro. Algo químico. Algo quemado.

Más autos llegaban al mirador. La gente salía corriendo, buscando a alguien entre la multitud. Había gritos. Nombres llamados con urgencia. "¡María!" "¡Papá!" "¡Estoy acá!"

Sofía sintió que el pánico le subía por la garganta como agua.

—Tenemos que irnos.

—¿A dónde?

—A casa. A... no sé. A algún lado.

Pero cuando se dio vuelta hacia el estacionamiento, vio que ya no había forma de salir. Los autos bloqueaban el camino. Y más seguían llegando.

Mateo le agarró la mano. No lo había hecho en años. No desde que tenía diez y decidió que ya era "muy grande para eso".

—Ma, tengo miedo.

Sofía lo abrazó fuerte. Él se dejó. Enterró la cara en su hombro como cuando tenía pesadillas de chiquito.

—Está bien. Está bien, mi amor. Estoy acá.

El cielo se puso más brillante. Imposiblemente más brillante. Como si un segundo sol estuviera naciendo en el horizonte.

Alguien cerca gritó: "¡Es real! ¡Dios mío, es real!"

Sofía no quería saber qué era real. No quería pensar en las noticias que había ignorado esa semana, en los titulares sobre tensiones internacionales que le parecieron tan lejanos, tan abstractos.




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