El teléfono de Roberto había sonado catorce veces en los últimos veinte minutos.
Su hija. Su ex mujer. Su hija otra vez. Su hermano. Números desconocidos. Su hija. Su hija. Su hija.
No había atendido ninguna.
Estaba sentado en la plaza donde solía llevar a Valeria cuando era chiquita. Esa donde estaban las hamacas rojas que a ella le encantaban. Donde le enseñó a andar en bici un domingo de marzo, hace ya tanto tiempo que parecía otra vida.
Hace seis meses que no se hablaban. Desde la pelea. Desde que él le dijo que el novio era un vago de mierda y ella le gritó que no tenía derecho a opinar sobre su vida, que él había perdido ese derecho cuando eligió el laburo sobre ella, cuando se perdió su graduación, su recital de piano, su cumpleaños número quince.
Y tenía razón. Roberto lo sabía. Siempre había tenido algo más importante. Una reunión. Un cliente. Un vuelo.
Hasta que un día ella dejó de invitarlo. Dejó de llamarlo. Y cuando él finalmente se dio cuenta del silencio, era demasiado tarde para saber cómo romperlo.
El teléfono vibró de vuelta. Valeria. Otra vez.
Roberto miró la pantalla. La foto de perfil era vieja, de cuando ella tenía dieciséis. Sonriendo con ese aparato de dientes que tanto odiaba. Ahora tenía veinticuatro. Una mujer. Una extraña.
Dejó que fuera a buzón.
La plaza estaba casi vacía, lo cual era raro para un domingo. Solo una pareja de viejos en un banco, agarrados de la mano. Una mina corriendo con su perro. Y en las hamacas rojas, vacías, moviéndose un poco con el viento.
El cielo estaba raro. Roberto llevaba una hora mirándolo sin realmente verlo, perdido en sus pensamientos. Pero ahora se obligó a prestar atención.
Los colores eran... incorrectos. Demasiado vívidos. Como si alguien hubiera aumentado la saturación del mundo entero. Y había algo más. Un resplandor en el horizonte que no terminaba de ubicar. No era el sol. El sol estaba más arriba. Esto era otra cosa.
Le vibró el celu. Un mensaje de su hermano: «ATENDÉ EL PUTO TELÉFONO ROBERTO POR FAVOR»
Después otro de su ex mujer:
«No sé dónde estás pero Valeria te necesita. Por favor.»
Y uno de Valeria:
«Papá por favor»
Roberto sintió algo retorcerse en el estómago. ¿Qué hora era? ¿Las seis? ¿Las siete? Había perdido la noción del tiempo.
Otro mensaje de Valeria:
«Sé que estás enojado conmigo, pero por favor atendé»
Él no estaba enojado. Nunca había estado enojado. Estaba... dolido. Avergonzado. Perdido.
El teléfono sonó de vuelta. Valeria.
Roberto miró el nombre parpadeando en la pantalla. El dedo le flotó sobre el botón verde. Y lo rechazó.
Enseguida se odió por hacerlo.
En el horizonte, el resplandor se intensificó. La pareja de viejos se levantó del banco, mirando para el oeste con las manos entrelazadas. La mina con el perro se detuvo en seco. El bicho empezó a ladrar como loco, tironeando de la correa.
Sirenas. Muchas. Viniendo de todas direcciones.
Le vibró el celu. Mensaje de Valeria:
«Papá las noticias dicen que...»
El mensaje se cortó. Después apareció:
«están diciendo que debemos...»
Nada más.
Roberto se paró de un salto. El corazón le latía demasiado rápido.
Marcó el número de Valeria. Ocupado. Lo intentó de vuelta. Nada. Sin señal.
—No, no, no —murmuró.
Las barritas de señal en el celu desaparecieron por completo.
A lo lejos, hacia el centro de la ciudad, vio helicópteros. Muchos. Yendo para el norte. Rápido.
La pareja de viejos caminaba hacia la salida de la plaza. Rápido. Casi corriendo. El tipo cojeaba, pero la mina lo sostenía del brazo.
—Disculpe —les gritó Roberto. —¿Qué está pasando?
El tipo se dio vuelta. Tenía lágrimas en los ojos.
—¿No lo sabe? Está en las noticias. Hay que ir a casa. Con la familia.
—¿Qué noticias? ¿Qué pasó?
Pero la pareja ya se había ido, casi corriendo ahora, dejándolo solo con sus preguntas.
Roberto volvió a intentar llamar a Valeria. Nada. A su ex mujer. Nada. A su hermano. Nada.
El resplandor en el horizonte creció. Ya no era un resplandor. Era un brillo. Un fulgor que pulsaba como algo vivo.
El perro de la mina aullaba. Otros perros le respondieron desde las casas cercanas. Una sinfonía de alarma animal.
Roberto empezó a caminar hacia su auto. Después trotó. Después corrió.
Tenía que llegar a lo de Valeria. Vivía del otro lado de la ciudad, pero no importaba. Manejaría. Lo lograría. Tenía que lograrlo.
Le vibró el celu débilmente. Un mensaje que tardó treinta segundos en llegar:
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Editado: 28.01.2026