Opacarofilia

El chiste

Carlos estaba en su tercer pucho cuando el mundo empezó a terminar oficialmente.

"Oficialmente" porque, seamos honestos, el mundo venía terminándose desde hace rato. Calentamiento global, pandemias, esa vez que cancelaron su serie favorita en la segunda temporada. Esto solo era el gran finale.

Estaba en la terraza de su edificio. Su compañero de piso, Javier, estaba al lado, scrolleando frenéticamente en el celu aunque ya no había señal. Llevaba diez minutos tratando de cargar Instagram.

—Javi —dijo Carlos. —Javi, loco. Creo que Instagram ya murio.

—Callate. Solo... un segundo más.

—Se acabó el internet, hermano. Se acabó el mundo y vos preocupado por tus stories.

—Es que tenía una foto perfecta del desayuno. Huevos benedictinos. Con la luz natural perfecta.

Carlos lo miró. Después se cagó de risa. Una risa que empezó chiquita y creció hasta que le dolió la panza.

—¿De qué te reís? —preguntó Javier, ofendido.

—De que literalmente va a explotar todo y vos estás triste por una foto de huevos.

—Eran huevos muy buenos, Carlos.

Carlos se cagó de risa más fuerte. Javier intentó mantenerse serio, pero se le escapó una sonrisa. Después una risa. En treinta segundos estaban los dos llorando de risa en la terraza mientras el cielo se ponía del color de una herida infectada.

—Somos unos boludos —jadeó Javier.

—Los más grandes.

Abajo, la gente corría. Gritaban. Lloraban. Pero ellos estaban ahí arriba cagándose de risa como dementes.

Carlos prendió otro pucho. Le ofreció uno a Javier.

—Esos matan, ¿sabés?

—Ah, sí. Me preocupa muchísimo mi salud a largo plazo ahora mismo.

Javier agarró el cigarrillo.

—¿Creés que duele? —preguntó después de un rato.

—Espero que no. Pero si duele, al menos va a ser breve. No como ese día que comimos sushi en mal estado. Eso sí fue sufrimiento.

—Dios, no me lo recuerdes. Tres días. Tres días, Carlos.

—El peor finde de nuestras vidas.

—Hasta ahora.

Se cagaron de risa de vuelta. Esa risa aguda, al borde de la histeria.

El cielo se puso más brillante. En el horizonte, ese resplandor que venía creciendo toda la tarde ahora pulsaba como un corazón gigante.

—¿Creés que realmente sea nuclear?

—¿Qué más podría ser?

—No sé. Aliens. El rapto. Godzilla.

—Ojalá fuera Godzilla. Al menos sería copado.

—Totalmente. Esto es muy anticlimático. Como... ni siquiera vemos el misil o lo que sea.

—Solo un atardecer lindo y después pum.

—Pum.

Se quedaron callados un rato. El viento soplaba cálido. Demasiado cálido.

—Llamaste a alguien? —preguntó Javier despacito.

Carlos pensó en su vieja. En sus hermanos. En Diana, su ex, que lo había dejado hace tres meses porque "no sabía lo que quería de la vida".

Bueno, Diana. Resulta que la vida no me iba a dar mucho tiempo para decidir.

—No hay señal.

—Ah. Sí. Cierto.

Más silencio.

—¿Vos? —preguntó Carlos.

—Intenté llamar a mi viejo. No entró. Le mandé un mensaje. No sé si le llegó. —Javier se limpió los ojos. —Le dije que lo quería. Que gracias por pagarme la facu aunque pensara que estudiar diseño gráfico era una boludes.

—No es una boludes.

—Bueno, ahora ya da igual, ¿no?

Carlos le dio una palmada en la espalda. No sabía qué más hacer.

Che —dijo. —¿Te acordás de esa vez que intentamos cocinar pavo para tu cumpleaños?

Javier se cagó de risa entre lágrimas.

—Dios. Lo pusimos al revés en el horno.

—¡No sabíamos que había un lado correcto!

—Le prendimos fuego al depto.

—Casi. Casi le prendimos fuego.

—Los bomberos fueron muy copados.

—Uno estaba re bueno.

—¡Sí! El de los ojos verdes.

—Le pediste el número.

—¡Y me lo dio!

—Y nunca le hablaste.

—Me cagué.

Se cagaron de risa hasta que les dolió. Hasta que el dolor en el pecho no era solo de la risa.

En la terraza del edificio de enfrente, Carlos vio a una familia abrazada. En la calle, dos autos chocados, abandonados, con las puertas abiertas. Más allá, una mina sentada en la vereda, sola, fumando.

—Che, Carlos.

—¿Sí?

—Gracias por ser mi amigo.




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