Opacarofilia

Quince Minutos

La llamada entró a las 18:47.

Ana casi no la atiende. El teléfono había estado sonando sin parar durante la última hora, todos los números marcando frenéticamente mientras las líneas colapsaban una tras otra. Pero este número lo reconoció. Lo había marcado mil veces en los últimos dos años.

—¿Pablo?

—Ana. Dios. Ana, pensé que no ibas a atender.

La voz le salía rota. Ana podía escuchar el viento del otro lado. Ruido de fondo. Gritos lejanos.

—Estoy acá. Estoy acá, mi amor. ¿Dónde estás?

—En el laburo todavía. En el piso 23. Ana, las noticias... ¿las viste?

Ana miró por la ventana de su depto. El cielo era una herida abierta. Rojo. Naranja. Ese blanco cegador en el horizonte que crecía y crecía.

—Sí —susurró. —Las vi.

—¿Cuánto tiempo dijeron?

—Quince minutos. Hace tres minutos.

Silencio. Solo la respiración agitada de Pablo. Alguien llorando cerca de él.

—Doce minutos —dijo él finalmente.

—Sí.

—No voy a llegar.

—Lo sé.

—Dios, Ana. Perdón. Perdón tanto.

Ella cerró los ojos. Las lágrimas ya estaban ahí, calientes, furiosas.

—No es tu culpa.

—Debería estar ahí. Con vos. No acá. No solo.

—No estás solo. ¿Hay gente ahí?

—Sí. Todos se quedaron. Nadie... nadie quiso estar solo en los autos. En el tránsito. —La voz se le quebró. —Estamos en la sala de conferencias. La que tiene las ventanas grandes. ¿Te acordás? La que me mostraste cuando viniste a visitarme.

—Me acuerdo.

—El atardecer se ve... increíble desde acá.

Ana se cagó de risa. Fue una risa mojada, dolorosa.

—Siempre fuiste pésimo para los momentos románticos.

—Lo sé. Dios, lo sé. —Pausa. —Ana, tengo cagazo.

—Yo también.

—Mucho cagazo.

—Yo también, mi vida. Yo también.

Podía escucharlo llorar ahora. Pablo, que nunca lloraba. Que se había bancado en el funeral del padre. Que le había propuesto casamiento con voz firme, aunque le temblaran las manos.

—Nos íbamos a casar en junio.

—Lo sé.

—Elegiste ese lugar en las montañas. Con el lago.

—Lo sé, Pablo.

—Yo iba a llorar. Cuando te viera caminar hacia mí, iba a llorar como un boludo.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabés?

—Porque te conozco. Porque llorás en las películas chotas. Porque lloraste cuando tu equipo ganó el campeonato.

Él se cagó de risa entre sollozos.

—Era un buen equipo.

—Era un equipo de mierda.

—El peor.

Ana se dejó caer hasta el piso, con la espalda contra la pared. El teléfono apretado contra la oreja como si pudiera fundirlo con la piel.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Pablo.

Ana miró el reloj. La cuenta regresiva que había estado corriendo en todas las pantallas desde que el gobierno finalmente admitió lo que todos ya sabían.

—Diez minutos.

—Mierda.

—Sí.

—No alcanza.

—No.

—Nunca alcanza.

El viento aulló del otro lado de la línea. Ana escuchó vidrios rompiéndose. Más gritos.

—¿Pablo? ¿Estás bien?

—Sí, sí. Una ventana explotó en el otro piso. La presión o algo. No sé. —Respiración pesada. —Ana, escuchame. Necesito que sepas algo.

—Te amo. Ya lo sé.

—No. Bueno, sí. Eso también. Pero escuchá. —La voz se le puso urgente. —Estos dos años con vos fueron los mejores de mi vida. Cada momento. Cada discusión boluda sobre qué película ver. Cada mañana despertándome al lado tuyo. Cada vez que te quedabas dormida en mi hombro en el cine.

—Pablo...

—Dejame terminar. Por favor. No tenemos... no tenemos mucho tiempo. —Se le quebró la voz. —Si pudiera elegir, si pudiera elegir toda mi vida de vuelta sabiendo que terminaría así, te elegiría a vos. Una y otra vez. Te elegiría.

Ana no podía hablar. Solo lloraba, con la mano en la boca para ahogar los sollozos.

—¿Ana? ¿Seguís ahí?

—Estoy acá.

—No puedo... no puedo escucharte si llorás así.

—Perdón. Perdón. —Se limpió la cara. —Pablo, yo también. Te elegiría mil veces. Un millón de veces.

—Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.

—Yo también quisiera lo mismo.

—Ojalá hubiéramos tenido pibes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.