Opacarofilia

Doce horas

A las nueve de la mañana, Julián le había dicho a Camila que ya no la amaba.

No así, no con esas palabras exactas. Había sido más cobarde que eso. Le había dicho que "necesitaba espacio", que "las cosas no estaban funcionando", que "tal vez era mejor darse un tiempo".

Camila lo había mirado desde el otro lado de la mesa de la cocina—esa mesa que habían comprado juntos en un mercado de pulgas hace dos años—y había dicho: "Decilo bien. No me querés más."

Y él no había podido negarlo.

Ella se había ido a las diez. Una valija. Algunas cosas del baño. El cepillo de dientes. La crema que dejaba en su lado del botiquín.

—Vengo a buscar el resto mañana —había dicho antes de irse.

—Dale —había respondido él.

No había habido gritos. No había habido portazos. Solo dos personas que habían compartido tres años y ahora no sabían cómo mirarse.

Eran las ocho de la noche.

No había mañana.

Julián estaba en el balcón del departamento—su departamento ahora, ya no de ellos—cuando vio el cielo volverse de ese color.

Al principio pensó que era su imaginación. Que el día de mierda que había tenido le estaba jugando una mala pasada. Pero después vio a la gente en la calle detenerse. Después escuchó las sirenas.

Después prendió la tele y supo.

Treinta minutos, decían. Cuarenta en el mejor de los casos. Todos los pronósticos coincidían: impacto inminente, zona metropolitana, busquen refugio, estén con sus seres queridos.

Lo primero que hizo fue llamar a Camila.

Le salió el buzón.

—Mierda —dijo al vacío del departamento.

Volvió a intentar. Buzón.

Después le mandó un mensaje:

«Camila por favor atendé. Tenemos que hablar

Se dio cuenta de lo estúpido que sonaba apenas lo mandó. "Tenemos que hablar." Como si fuera una charla más. Como si no se estuviera acabando el mundo.

El mensaje no se entregó. Esa única tildecita gris estaba ahí mirándolo como una burla.

Camila estaba en lo de su hermana cuando vio las noticias.

Había llegado llorando a las once de la mañana. Se había tirado en el sillón y le había contado todo entre sollozos: cómo Julián había estado distante las últimas semanas, cómo ella lo había visto venir, pero no quería admitirlo, cómo esa mañana él finalmente había dicho lo que los dos sabían.

Su hermana le había hecho té. Le había dicho "es un boludo". Le había dicho "te merecés algo mejor". Le había dicho todas las cosas que una hermana dice.

Pero Camila seguía sintiendo ese vacío en el pecho. Ese hueco que se forma cuando alguien que era parte de tu vida diaria simplemente... deja de estarlo.

Ahora estaba viendo la tele y el vacío se había vuelto otra cosa. Pánico. Terror. Una urgencia que no entendía del todo.

—Tengo que llamar a Julián.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó su hermana.

—No sé. Solo... tengo que llamarlo.

Marcó. Una vez. Otra. El celular de él sonaba, pero nadie atendía.

Le mandó un mensaje:

«Juli contestame por favor»

No se entregó.

Julián bajó corriendo por las escaleras. El ascensor estaba lleno, la gente gritaba, empujaba. Decidió no esperar.

Doce pisos. Los bajó de a tres escalones. El corazón bombeándole en los oídos.

Tenía que llegar a lo de la hermana de Camila. Vivía a veinte cuadras. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.

Salió a la calle y se topó con el caos. Autos abandonados. Gente corriendo en todas direcciones. Un tipo gritando en medio de la vereda, de rodillas, las manos en la cabeza.

Julián empezó a correr.

Pensó en Camila. En su cara esa mañana cuando él le había dicho esas palabras de mierda. "Necesito espacio." Como si el espacio fuera algo que importaba ahora.

Pensó en todas las veces que había tenido que decirle algo importante y no lo había hecho. "Te amo." "Sos lo mejor que me pasó." "Tengo miedo de cagarte la vida."

Porque eso era, ¿no? Por eso había terminado todo. Porque Julián estaba convencido de que Camila se merecía algo mejor. Alguien mejor. Alguien que no tuviera ataques de pánico a las tres de la mañana. Alguien que no se quedara encerrado en su cabeza durante días.

"Te estoy liberando", había pensado esa mañana. Qué pelotudo.

Camila le dijo a su hermana que se quedara ahí, con su familia. Que ella tenía que ir a buscar a Julián.

—Estás loca —dijo su hermana. —Mirá la calle. No vas a llegar.

—Tengo que intentarlo.

—¿Por qué? ¡Te dejó esta mañana!

—Lo sé.

—¿Entonces?

Camila no tenía una respuesta que tuviera sentido. Solo sabía que la idea de Julián estando solo en ese departamento, viendo el cielo ponerse de ese color, esperando el final solo...




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