Opacarofilia

Transmisión Final

Lo primero que pensé cuando vi el cielo volverse de ese color fue: "La puta madre, justo hoy".

No es que hubiera un día mejor para el fin del mundo, pero yo tenía planes. Planes boludos, sí, pero planes al fin. Iba a llamar a mi vieja, que hacía tres meses no la llamaba. Iba a decirle a Lucía que la seguía queriendo, aunque ella me había dejado hace un año por tibio, por cagón, por "no estar presente emocionalmente", según sus palabras exactas mientras me devolvía las llaves del depto.

Planes que ahora valían menos que la cotización del peso.

Me llamo Rafael Mendoza y soy—era, supongo—presentador de noticias. Veinte años tirando frases hechas frente a una cámara, sonriendo como un pelotudo mientras leía catástrofes en un teleprompter. Incendios, inundaciones, accidentes, corrupción. Todo con la misma cara de "esto es serio pero controlable". La cara que te enseñan en la facu de comunicación, junto con la modulación perfecta y la capacidad de leer sin parpadear.

Hoy no hay teleprompter. Hoy no hay productor gritándome en el auricular. Hoy no hay maquillaje cubriendo las ojeras. Solo yo, la cámara roja que sigue parpadeando milagrosamente, y este estudio vacío que huele a cable quemado y desesperación.

Son las siete y catorce de la tarde. Hora de Buenos Aires. Como si eso importara. Como si alguien estuviera mirando.

¿Estás mirando? ¿Hay alguien ahí?

Qué pelotudez. Si estás leyendo esto es porque sobreviviste, o porque encontraste estas palabras en algún archivo rescatado del infierno digital. O porque estoy tan al pedo esperando morir que empecé a escribir para mí mismo, para no volverme loco en estos últimos minutos.

Te voy a contar algo que nunca le conté a nadie. Cuando empecé en esto, hace veinte años, lo hacía porque me importaba. Posta me importaba. Creía en la verdad, en informar, en todas esas giladas románticas que te venden en la universidad. "El periodismo es el cuarto poder", nos decían. "Los guardianes de la democracia".

Mentira. El periodismo es un laburo como cualquier otro. Cobrás, sonreís, decís lo que te dicen que digas. Con los años te das cuenta de que la verdad es más complicada que los titulares, que las noticias son un producto como las galletitas o el champú, que la gente no quiere estar informada, quiere sentirse informada, que es distinto.

Pero yo seguí. Porque tenía la sonrisa correcta, la voz correcta, el peinado correcto. Porque pagaba el alquiler. Porque Lucía se había acostumbrado a cierto estilo de vida y yo era muy cagón para decirle que me estaba pudriendo por dentro.

Hace dos horas, tres misiles nucleares fueron confirmados en trayectoria hacia nuestra región. No puedo decirte cuántos megatones porque no me acuerdo, pero los expertos dijeron "suficientes". Suficientes para convertir la ciudad en vidrio derretido. Suficientes para que el cielo se volviera de este color que no tiene nombre, como naranja podrido mezclado con rosa enfermo.

El gobierno pidió calma. Calma. Como si la calma sirviera de algo cuando te quedan ciento veinte minutos de vida.

Han pasado ciento diecinueve.

La producción se fue hace una hora. Carla, mi maquillista, me agarró del brazo antes de irse. Tenía los ojos rojos de llorar, el rímel corrido como dos ríos negros por la cara.

—Rafa, por favor. Andá a tu casa. Andá con tu familia.

Le dije que sí, que ya me iba. Mentira. No me moví de la silla. Porque no tengo familia. No tengo adónde ir.

Mi vieja está a trescientos kilómetros, en un pueblito del interior donde probablemente ya cayó uno de los primeros misiles.

Mi viejo se murió hace diez años y nunca le dije que lo quería porque en mi familia los hombres no decimos esas cosas.

Lucía está en algún lado con su novio nuevo, el que sí está presente emocionalmente, el que la hace reír, el que no se queda despierto a las tres de la mañana practicando inflexiones vocales frente a un espejo.

Así que me quedé. En este estudio de mierda donde pasé más horas que en mi propia casa. Donde me sentí más cómodo que en cualquier otra parte, porque acá podía ser el Rafael que la gente esperaba: prolijo, articulado, confiable.

El Rafael verdadero era un desastre. Un tipo que se la pasaba tomando para dormir y tomando para despertar. Un tipo que había tenido tres relaciones y había cagado las tres por el mismo motivo: no saber estar. Un tipo que miraba el techo a las cuatro de la mañana preguntándose si esto era todo, si había gastado veinte años de su vida leyendo tragedias ajenas mientras construía la propia.

Llamé a mi vieja hace media hora. Antes de que las líneas colapsaran del todo. Sonó, sonó, sonó. No atendió. Tal vez estaba muerta ya. Tal vez estaba en el sótano de la casa, aferrada al crucifijo que le regaló mi abuela, rezando como rezaba todas las noches antes de dormir.

Tal vez simplemente no quiso atender porque sabía que era yo y está cansada de mis llamadas cada tres meses, siempre las mismas: "Hola, ma. Sí, estoy bien. Sí, estoy comiendo bien. No, todavía no tengo novia. Te llamo la semana que viene". Y nunca la llamaba.

Intenté llamar a Lucía. Entró el buzón. Escuché su voz: "Hola, dejame un mensaje y te llamo". No dejé mensaje. ¿Qué iba a decir? "Hola, Lu. Soy yo. El mundo se está terminando y quería decirte que tenías razón. Que fui un tibio. Que no supe quererte como merecías. Que todas las noches me pregunto qué estarías haciendo. Que extraño cómo me mirabas cuando todavía me mirabas con cariño. Perdón por todo. Bueno, chau."




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