Al día siguiente amaneció. Ana, como de costumbre, se levantó, arregló su cama, se duchó y se vistió con ropa cómoda para iniciar un día común de ama de casa. Al salir de la habitación y bajar las escaleras, se topó con su esposo, quien la saludó y le preguntó si había dormido bien.
-Sí, dormí excelente, ¿y tú? -respondió Ana.
-Qué bien -contestó él secamente.
Ambos bajaron a la cocina. Ana le preparó el desayuno con mucha delicadeza; él se lo comió en la mesa sin despegar la vista de sus asuntos. Carlos se levantó y miró a Ana, que estaba parada frente a él.
-Me tengo que ir a trabajar, adiós Ana -dijo, y se marchó rápidamente, sin esperar una respuesta ni una despedida.
Ana se quedó con una pregunta en la boca: «¿Te gustó el desayuno?». No tuvo oportunidad de saber si estuvo bueno o no. «Al menos se lo comió, ¿no?», pensó para sus adentros.
Ana terminó comiéndose las sobras del desayuno de Carlos. Se lo había preparado con tanta dedicación que terminó desayunando el huevo pegado en la sartén. Tras terminar, lavó los trastes y se sentó a pensar mientras tomaba un café. «Debería llamar a mi padre. Realmente me siento extraña llamándolo yo, cuando debió hacerlo él. Pero mi madre dice que es mi padre y debo hacerlo. ¿Pero y si no quiero?». Suspiró.
-No, es que no quiero llamarlo -se dijo en voz alta-. No sé qué hacer, me siento en la obligación. Lo haré.
Ana tomó su teléfono y llamó a su padre, Nicolás.
-Hola, mi hija hermosa -respondió él.
-Hola, papi, ¿cómo estás?
-Estoy bien, ¿y tú? ¿Cómo la pasaste ayer?
-Muy bien, hicimos algo en casa, algo sencillo.
-Lamento mucho no haber podido ir, hija. Estaba muy ocupado, ya sabes, tenía mucho trabajo, pero pensé en ti. Sabes que estás en mi corazón.
-Sí, papi, está bien, no hay problema.
-Después te veré, te avisaré para tomar un café.
Ana, sabiendo que él no avisaría ni vendría, se limitó a decir:
-Está bien, avísame.
-Te amo, hija, adiós.
-Sí, papi, yo también, adiós.
Al colgar, Ana se quedó pensativa. «Eso fue difícil», se dijo. Aunque la charla pareciera sencilla y amorosa, para ella era un peso. Era ver cómo te mienten a la cara, saber que tienes que mentir y decidir no enfrentarlo, dejándose arrastrar por un río sucio. Un río que la obligaba a mentirse a sí misma y a no poner las cartas sobre la mesa. Él debía estar satisfecho: obtuvo lo que quería, una llamada, una hija «supuestamente» feliz y ninguna responsabilidad.
-Bueno, perdí mi tiempo ahí. ¿Por qué tengo que hacerle caso a mi madre?
Para cambiar el ánimo, Ana puso algo de música, sacó los ingredientes y buscó recetas en internet para hacer una rica pasta con pollo. Probar algo nuevo siempre la hacía sentir un poco mejor. Tras una hora y varios intentos con la salsa de tomate, terminó y se sentó a comer.
-Esto sabe de maravilla -exclamó-. Llamaré a Lucas para ver si puede venir.
Marcó el número de su hijo.
-Hola mamá, ¿cómo estás? Cuéntame, ¿qué pasa?
-Hola hijo, todo bien. Hice una pasta deliciosa y quería saber si puedes venir a comer.
Se escuchó un suspiro al otro lado de la línea.
-Mira mamá, no podré ir. Tengo mucho trabajo en la oficina y Amanda está con su familia hoy. Pero estoy seguro de que quedó buena. ¿Lo dejamos para otra ocasión?
-Sí, no te preocupes. Te amo, adiós.
-Adiós mamá, te amo.
Ana bajó el teléfono y lo coloco sobre la mesa. «Qué cosa esta... hice mucha pasta, tendré que guardarla».
Sentada en la silla del comedor, viendo su plato lleno y rodeada de la tranquilidad absoluta de su hogar, se preguntó: «¿Por qué me siento tan sola?». Le gustaba la paz, sí, pero no había nadie para compartirla. ¿Y si tenía talento para la cocina? ¿Quién se daría cuenta si no había nadie presente?
Ana lloró en medio de un hogar que tenía todo lo necesario para vivir bien; no faltaban alimentos ni comodidades, pero faltaba lo esencial. Al terminar, se levantó, lavó su plato y forzó una sonrisa:
-Creo que lo positivo es que solo tengo que lavar un plato y un cubierto.
Rió entre lágrimas, sintiendo una punzada de amarga satisfacción. Se fue a la sala, encendió la televisión y buscó una película mientras revisaba su teléfono. No había mensajes ni notificaciones. Se quedó dormida en el sofá.
En sus sueños, volvió a ser una niña rodeada de amigos, jugando feliz y libre, sin peso en el pasado ni ansiedad por el mañana. De repente, un ruido en la televisión la despertó. Al notar la calidez que sentía en ese sueño, cerró los ojos con fuerza, intentando recuperar el hilo de la historia y volver a ese refugio donde no estaba sola.
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Editado: 23.04.2026