Ana continuaba sumergida en un sueño profundo; por su expresión, se notaba que no quería despertar. Su rostro reflejaba la calidez y la tranquilidad que solo sentía al dormir en el sofá. La televisión seguía encendida, rompiendo el silencio, hasta que de repente un grito la sobresaltó:
-¡Ana... Ana... Ana Noach! -exclamó Carlos, su esposo, con tono irritado-. ¡Ana, despierta!
Había llegado del trabajo y la encontró durmiendo plácidamente. Ana despertó asustada, desorientada. «¿Qué pasó ahora?», pensó. Había perdido la noción del tiempo; durmió cuatro horas y ya eran las seis de la tarde.
-¿Qué...? ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes que gritar? Ya casi me despertaba -respondió ella, tratando de espabilarse.
-Ana, estaba trabajando, ¿sabes? Estoy cansado. Tú has estado descansando y durmiendo todo este tiempo. Al menos esperaba encontrar la cena lista a mi llegada; eso me habría gustado mucho. Pero estás aquí tirada, con la televisión encendida sin siquiera verla. ¿Acaso no tienes idea de cuánto llegará el recibo de la luz si sigues así?
-Estaba durmiendo, ¿cómo iba a saber que la televisión se quedaría encendida? -respondió Ana-. Me asustaste, pensé que había pasado algo. Sé que trabajas mucho, pero... ¿acaso piensas que la casa se limpia y la comida se cocina sola?
Carlos la interrumpió:
-Mira, Ana, subiré a la habitación a tomar un baño largo y relajante con agua caliente. Espero que cuando baje, la cena esté servida y caliente en la mesa. Sabes que te quiero.
Ana suspiró.
-Está bien, sube tranquilo. Prepararé algo rápido. Yo también... te quiero.
Se puso en marcha. Preparó unos emparedados con abundante jamón y queso, tal como le gustaban a Carlos. Colocó el plato en la mesa junto a un vaso de jugo de cereza. Mientras tanto, empezó a limpiar la cocina para poder cenar en paz con su esposo, sin la presión de los trastes sucios.
Al terminar, se preguntó: «¿Por qué tarda tanto Carlos?». Al ver que el pan se enfriaba y el jugo perdía su frescura, subió a la habitación. Abrió la puerta y encontró a Carlos acostado, absorto en su celular.
-Ana, sube la cena. Estoy bastante cansado, me duele la espalda, por favor -dijo él sin despegar la vista de la pantalla.
-Está bien -respondió ella, conteniendo la decepción.
Bajó, tomó el plato y el vaso de jugo, y los llevó al cuarto. Los colocó en la mesita de noche.
-Gracias, Ana -dijo Carlos.
Ella no respondió; simplemente bajó las escaleras enojada.
De pronto, llamaron a la puerta. Ana, con una extraña sensación en el pecho, se acercó a abrir. Era Lucas. Al verlo, notó de inmediato un rastro de disgusto en su rostro. Él entró y se limitó a decir:
-Hola, mamá.
-Lucas... ¿sucede algo? -preguntó ella extrañada.
-No, mamá. Solo vine a cenar. Estaba cerca y quise pasar por algo de comer -respondió él con una sonrisa forzada.
Ana fue a la cocina y tomó el emparedado que había guardado para ella. Lo colocó con cuidado frente a su hijo y le sirvió un vaso de jugo de cereza.
-¡Guao, mamá! Sabes que me encanta el jugo de cereza -exclamó Lucas. Por un momento pensó: «Amanda, mi esposa, no tiene ni idea de esto». Luego, agradeció la comida.
Ana, al verlo tan pensativo, insistió:
-Lucas, te pasa algo. Puedes hablar conmigo.
«Sí, mamá, quiero hablar. Estoy enojado, me siento desconsiderado», pensó él, pero el llamado de su madre interrumpió su monólogo interno.
-Lucas, ¿estás bien?
-Sí, mamá, todo está bien -respondió desorientado-. Solo extrañaba tu comida -añadió bromeando para aligerar el ambiente.
Ana lo observó detenidamente y asintió.
-Termina tu plato, voy a revisar algo en el teléfono.
Se retiró a la cocina. Al encender la pantalla, no vio notificaciones: ni mensajes, ni llamadas. Suspiró y regresó con Lucas, quien ya había terminado de cenar.
-Lucas, mi niño hermoso... ¿cuándo creciste tanto?
-Mamá... -él rió-. Ya soy un hombre. Un hombre que ama el jugo de cereza -se detuvo a pensar-, o tal vez amo la atención cálida y segura de mi mamá; con ella todo sabe mejor.
-Te prepararé una jarra de jugo para que te la lleves a casa y la compartas con Amanda -dijo Ana. En el fondo, quería asegurar que su hijo volviera pronto para sentir su compañía.
-Claro, mamá. Te avisaré qué día paso por ella. Eres la mejor.
Lucas se levantó, le dio un beso en la frente, suspiró en la puerta y se marchó. Ana lavó el plato, subió las escaleras dirigiéndose al baño.
Ana, tras salir del baño después de una ducha con agua caliente, se detuvo frente a la habitación matrimonial. Debería estar allí, durmiendo junto a su esposo, pero de repente la invadió una sensación de alerta; sabía que allí no descansaría a gusto, pues no se sentía segura en ese espacio. Se alejó de la puerta y se dirigió a la habitación de Lucas.
Entró y cerró con suavidad tras de sí. Ana se apoyó lentamente contra la parte interna de la puerta y soltó un largo suspiro. Se sentía, por fin, a gusto.
-Me siento en paz -susurró.
Le producía una profunda satisfacción saber que, dentro de las opciones que tenía, había elegido la mejor para ella: se había elegido a sí misma. Aquella paz no provenía solamente de la habitación, sino del acto de poder decidir y sentirse cómoda con esa elección. Ana se acostó en la cama y se detuvo a pensar.
«Algo pasa con Lucas. Debí abrazarlo, decirle que fuera sincero. Se fue sintiéndose igual. ¿Podía abrazarlo? Tenía la opción de hacerlo... ¿por qué estoy en automático?».
Le rompía el corazón ver a su niño triste, y la idea de que ambos estuvieran pasando por la misma situación de desconsideración en sus matrimonios la aterraba. Ana suspiró y, finalmente, el cansancio la venció y se quedó profundamente dormida.
¡Hola a todos! Gracias por acompañarme en un capítulo más de Opciones.
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Editado: 03.05.2026