Opciones

El vestido blanco en la habitación de Lucas

Ana estaba durmiendo cuando, de repente, se despertó sobresaltada. Tenía la respiración acelerada, como si le faltara el aire. Colocó una mano en su pecho mientras con la otra se sostenía en la cama. «¿Qué sucede?», se preguntó. Se sentó a la orilla del colchón, se puso las pantuflas, se puso de pie y se dirigió al baño. Allí cerró la puerta suavemente y se lavó el rostro. Se miró al espejo tratando de calmarse y se dijo a sí misma: «Todo está bien, ¡estoy bien!».

​Se quedó unos minutos allí, relajándose. «¿Qué hora es?», se preguntó. Vio el reloj en la pared: eran las 3:30 a. m. Se tranquilizó al saber que le quedaban algunas horas más para descansar. Se miró al espejo y, de repente, imaginó el reflejo de Lucas en él; parpadeó rápidamente y desvió la mirada. Acomodó el papel higiénico y algunas cosas más, y luego se retiró lenta y silenciosamente. Cuando caminaba por el pasillo, se detuvo junto a la puerta de su habitación matrimonial y pensó:

​«¿Carlos me extrañará a su lado? Me necesita. ¿Él querrá que duerma con él? Pero no me ha dicho nada, no me ha buscado estos días... ¿o será que solo está esperando que vuelva sola?».

​Ana entró a la habitación lentamente y lo vio plácidamente dormido. Se acostó a su lado, se arropó y se quedó mirando a la nada en la oscuridad, preguntándose si hacía lo correcto. «De esto se tratan los matrimonios, de dormir juntos», pensó. Aquella noche, Ana reflexionó sobre su situación y si debía volver a dormir con él para que lo que se había perdido regresara. ¿Debería abrazarlo? «Mmmm, mejor no», decidió, y finalmente se quedó dormida.

​Al día siguiente, Ana despertó y no vio a Carlos a su lado. Pensó que estaba en el baño, así que fue al espejo, se limpió la cara con toallas húmedas y se peinó un poco. Acomodó su pijama para verse hermosa y sonrió. Se dirigió al baño con cuidado, pero al entrar se dio cuenta de que no había nadie. Extrañada, bajó las escaleras rápidamente; tampoco estaba en la sala, ni en la cocina, ni en el comedor. Se preguntó qué había pasado. ¿Cómo pudo Carlos irse sin avisar? Ni siquiera la despertó para el desayuno, algo que habitualmente hacía cuando ella se quedaba dormida.

​«Esto es raro», pensó. Subió, se duchó y se puso unos jeans con una blusa rosa hermosa que tenía tiempo sin usar; era una prenda pequeña con un diseño elegante en un costado. Tomó su cartera rosa a juego y buscó sus tacones del mismo color. Estaban llenos de polvo, así que los limpió y se los puso. Ana se miró al espejo: estaba hermosa. A pesar de tener 40 años, se veía radiante. Tenía buen cuerpo, aunque sentía que había ganado algo de peso por dejar el gimnasio.

​Bajó a la cocina, preparó y se comió tres huevos hervidos. «Tengo que ponerme en forma», se dijo. Luego arregló su cartera, encendió el auto y se dirigió al supermercado. En el camino, se detuvo en una plaza comercial, parqueó el carro y fue de compras: adquirió un vestido blanco elegante. Pensó en ir a un restaurante a comer algo, pero decidió no perder tiempo y marcharse. En el supermercado compró alimentos para la comida y la cena. Vio el reloj: eran las 1:00 p. m.

​Al llegar a casa, se quitó los zapatos y puso las bolsas sobre la mesa. Pensó en cocinar, pero ya era tarde y tenía mucha hambre. Recordó que había hecho espaguetis el día anterior, así que los calentó en el microondas. Mientras tanto, acomodó las compras y subió a guardar su vestido nuevo en el clóset de la habitación de Lucas. «Este vestido estará más seguro aquí», se dijo. Bajó, sacó la pasta y se sentó a comer. De repente, llamaron a la puerta. Ana abrió.

​Camil su Madre-Hola, hija. ¿Cómo estás?

-Bien, mamá. ¿Y tú?

Camil respondió -Muy bien, hija. Estaba comprando algunas cosas y te traje papas para que las prepares de cena si quieres.

​Ana tomó las papas y agradeció.

-Gracias, mamá. Ven, siéntate. ¿Quieres pasta? La hice ayer y calenté un poco para hoy.

-Ana, por favor, esto es un desastre -respondió su madre-. La cocina está sucia y desordenada. ¿Por qué no cocinas algo fresco? No es bueno recalentar comida, y menos ofrecérsela a las visitas. Siempre hay que cocinar para los que llegan.

-Sí, mamá, lo sé -dijo Ana, desconcertada-, pero salí a hacer compras y no tuve tiempo de ordenar ni de cocinar.

-¿Y cómo crees que yo podía con todo eso? -replicó la madre.

-Ok, disculpa. Para la próxima, si me avisas que vendrás, tendrás la casa limpia y comida recién hecha.

-Ana, no se trata de avisar; siempre tienes que estar lista. ¿Quieres que vayamos a la casa de Lucas? Amanda siempre tiene esa casa impecable y comida fresca. La verdad es que cocina muy bien, ¿has probado su comida?

-Sí, es buena. ¿Cuándo fuiste allá?

-Estuve allí esta mañana y desayuné con ellos. Se ven tan hermosos... espero que tengan hijos pronto. Deberías decírselo.

-Sí, mamá, cuando ellos consideren que es apropiado. En esos asuntos no me meto.

-Bueno, me voy, ya llegó mi taxi. No me sentí cómoda contigo, tienes que ser más atenta y prudente. Nos vemos. Adiós.

​Ana se despidió. Por dentro, sintió un alivio inmenso al ver a su madre marcharse. «Qué bueno que se fue. Demasiada presión. ¿Desde cuándo no puedo hacer lo que quiera en mi propia casa? Si la quiero dejar sucia, la dejo. No quiero exigencias. Debí dejarle las cosas claras; tenía la opción de hacerlo».

​Subió a la habitación, se dio un baño y se acostó. Estaba tan cansada que ni siquiera se puso ropa; se quedó dormida sobre la cama, envuelta solo en su toalla.

¡Hola a todos! Gracias por acompañarme en un capítulo más de Opciones.

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