Ana se despertó sobresaltada. —¿Qué hora será? —se preguntó. Tomó su celular de la mesa de noche y vio la hora: eran las 5:00 p. m.
—Tengo que limpiar —pensó. Se dirigió al clóset que compartía con Carlos, su esposo, pero se detuvo—. No me pondré nada; quiero que Carlos me vea así, en toalla.
Ana bajó las escaleras, limpió la cocina, puso algo de música y ordenó la casa. Luego cocinó una cena especial: pechuga de pollo a la crema con papas salteadas (las papas que le había llevado su madre). Con la cena lista, preparó un jugo de chinola, sacó un espumante y lo colocó en el freezer. Tras limpiar todo, se sentó en el sofá a esperar a su marido.
Mientras tanto, revisó su teléfono. Vio publicaciones de sus amigas: las fotos de Alondra en Madrid y de Tiffany con su "familia perfecta" eran puñales de luz desde la pantalla. ¿En qué momento ellas se volvieron protagonistas y ella se quedó estancada en los créditos finales? Bloqueó el teléfono.
«¿Qué hicieron ellas para llegar allí, a esa felicidad?», pensó en su propio perfil. «Tengo mucho que no posteo nada. ¿A quién engaño? No me nace. ¿Qué voy a demostrar? ¿De qué voy a alardear si, en el fondo de mi corazón, no siento mis logros como algo bueno? ¿Es esto lo que realmente quería lograr?».
El sonido de la puerta interrumpió sus pensamientos. Ana vio a su marido entrar y cerró los ojos, fingiendo dormir, esperando que él la despertara con el roce de sus labios, el "ya llegué, amor". Pero solo escuchó pasos pesados.
Carlos entró, se dirigió a la cocina y vio la cena preparada. Abrió la nevera, notó el jugo y el espumante, y luego miró hacia la sala, donde Ana parecía dormir. Sin decir palabra, Carlos se sirvió su plato, tomó un vaso de jugo y se sentó a comer solo. Comió con gusto, asintiendo para sí mismo. Al terminar, llevó los platos a la cocina y los lavó, como un gesto de agradecimiento silencioso por la deliciosa cena. Luego, subió las escaleras y entró al baño.
Ana, que había permanecido con los ojos cerrados, los abrió al escuchar que él subía. Se dirigió a la cocina y vio que Carlos ya había cenado y limpiado su plato. Ni siquiera la había despertado. «¿No le interesó cenar conmigo? ¿Ni hablarme?», pensó con amargura. «¿En qué rayos me fijé para elegir a este hombre? ¿Qué me atrajo de él? ¿O será que se convirtió en otra persona? Esto no es normal... ¿En qué momento construimos estos muros?».
—¿Sabes qué? Tengo hambre —se dijo. Tomó su plato y se sentó a comer sola. Al terminar, se instaló en el sofá a ver una película de romance. Le encantaban; sentía el afecto que recibía la protagonista como si fuera para ella. Suspiraba pensando en qué pasaría si la trataran con tanta delicadeza. Pero al terminar la película, el sentimiento de pesadez en el pecho regresó.
—Soledad —susurró mirando a su alrededor—. Esto es soledad.
Revisó su teléfono: ni un mensaje. Sus amigas seguían subiendo fotos presumiendo sus vidas y ella se sentía una espectadora invisible. Se puso de pie, fue al refrigerador y sacó la champaña. La destapó, se sirvió una copa, le tomó una foto y la subió a sus historias: la copa, el brillo, la burbuja. Un grito digital al vacío. «Mírenme, estoy bien», mentía el pie de foto, fingiendo que disfrutaba de una noche increíble. «¿Es real esto?», se cuestionó. Solo quería ver la reacción de los demás, pero aunque muchos vieron la foto, a nadie le importó.
Ana terminó la botella sola, sin dejar una gota. Se dejó caer en el sofá y recordó las tardes en el parque con sus amigas inseparables, Tiffany y Alondra. Siempre planeaban vivir juntas y viajar. Jamás imaginaron esta distancia. «Ahora parecen desconocidas», pensó. «Como si nunca hubiéramos planeado nuestros días, como si lo vivido no hubiera existido».
Se preguntó qué decisiones las llevaron a eso, a construir muros alrededor de las personas que amaban. ¿Teníamos opciones?, se preguntó. De repente, en la televisión empezaron a pasar las caricaturas favoritas de su infancia. Eran los colores de su niñez, una época donde las opciones eran simples: jugar o dormir. Se vio a sí misma riendo sola en la oscuridad del salón, una risa que sonaba extraña en una casa tan seria. Por un momento, no era la esposa ignorada ni la profesional frustrada; era solo Ana, la niña que no necesitaba que nadie la validara para ser feliz.
Al terminar el programa, apagó la televisión. —Todavía me siento mareada —murmuró. Intentó subir las escaleras, pero perdió el equilibrio. En ese instante, Carlos salió y la atrapó en sus brazos.
—¿Ana, estás bien? —preguntó él.
—Sí, solo un poco mareada.
—Te tomaste toda la champaña. Sabes que era costosa y la guardábamos para cuando tuviéramos visitas —dijo él, y su voz sonaba más a inventario que a preocupación.
—¿Quién dijo que hoy no es un día especial? Estamos vivos, eso es motivo para agradecer y disfrutar —respondió ella riendo.
Carlos suspiró. —Vamos, te llevaré a la cama.
La cargó y la acostó. Al notar que solo llevaba la toalla, se la quitó suavemente. Ana contuvo el aliento. Por un segundo, pensó que el roce de la sábana sería reemplazado por la piel de él. Pero Carlos solo la cubrió con la eficiencia de quien guarda un objeto en una caja. La arropó con las sábanas y le dio un beso en la frente. —Que descanses —susurró. Carlos apagó la luz y se acostó al otro lado de la cama, sin acercarse.
Ana sintió vértigo y confusión. «¿Qué acaba de pasar? Me trató bien, pero no me abrazó. No pasó nada... ¿No le gusto?». Con los párpados pesándosele por el efecto del alcohol, pensó que tal vez todo era un sueño, antes de quedarse profundamente dormida.
#ananoach #reflexiones #amor #drama
#6801 en Novela romántica
#1692 en Chick lit
#1700 en Novela contemporánea
#drama #suspenso #esperanza, #reflexión, #drama #psicologico
Editado: 19.07.2026