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El peso de lo invisible

Ana se levantó y miró a su alrededor; notó que Carlos no estaba en la habitación. Se levantó despacio y se dirigió al baño a darse una ducha. Se bañó y se preparó para bajar: se puso unos jeans, una blusa naranja que detestaba y unos zapatos negros. Tomó una cartera negra y se miró en el espejo, pero despegó la mirada rápido; no le gustaba lo que veía, es como si estuviera castigándose o si ya no le importara proyectar quién es ella realmente.

​Bajó las escaleras, puso a hervir unos huevos y se sentó tranquilamente a tomar un café que había dejado Carlos. Él ya no se estaba quedando a desayunar, solo se marchaba. Por otro lado, Ana estaba sentada tomándose el café mientras los huevos se cocinaban. Se paró de repente, apagó la estufa y sacó los huevos. «¿Y si vuelvo a trabajar?», pensó mientras esperaba que se enfriaran. Luego los peló, los colocó en un plato blanco y se sentó a comer. Podría buscar trabajo; así estaría ocupada en otras cosas.

​Ana recordó inmediatamente lo que era su vida en su antiguo empleo. Trabajaba en una empresa publicitaria donde la explotaban. Recordó que en los casi cuatro años que estuvo allí no consiguió amigos y el día de su despido fue un día más para todos. Notaba que cuando alguien cumplía años o se marchaba, todos se esmeraban organizando una despedida fantástica, una que tal vez ellos no olvidarían. Pero con Ana no era así: apenas unos globos por compromiso y unos cuantos «hasta luego», «que te vaya bien» o «¿por qué te vas?». Si cumplía años, solo decían: «¿Estás de cumpleaños? ¡Oh, felicidades!», unas cuantas felicitaciones y ya.

​Solo era trabajo: levantarse temprano, cumplir responsabilidades, tráfico, estrés, gripes… Ese aire acondicionado siempre estaba muy frío. Era complicado. Siempre tenía que mostrarse agradecida por la oportunidad de trabajar en una gran empresa, pero todos parecían ignorarla. A veces charlaba un poco, pero no era algo habitual; solo temas del momento y noticias. Ana aplicaba para otras áreas pero siempre la rechazaban. Aunque era buena en lo que hacía, no la tomaban en cuenta para ascensos. Fue muy frustrante para ella. Sus gastos aumentaban y, a pesar de ser profesional en publicidad, no le aumentaban el sueldo. Con una deuda pendiente, habló con su esposo y él le dijo que renunciara; de todos modos, él ganaba más dinero que ella.

​—Es que tengo una deuda pendiente —dijo ella.

​—Yo la pago —respondió él tranquilamente.

​Ana aceptó renunciar y dedicarse solo a su hogar. Volviendo en sí, terminó sus huevos y se marchó. Abrió la cochera, encendió el auto y salió de la casa. Conduciendo por las calles, se dijo: «Soy un alma libre», puso música y subió el volumen. Llegó a la plaza comercial y se estacionó justo frente a un parque. Se sentó un rato, mirándose de arriba abajo. Dudó en entrar. «No me siento cómoda», se dijo. Se quedó unos minutos mirando a las personas pasar y la naturaleza. La verdadera belleza está en la naturaleza; le encantaba ver las flores, los árboles y el cielo.

​—¿Para qué estudié publicidad? —pensó—. La mayoría de las empresas te quieren explotar y al final no pagan lo que realmente vale tu trabajo.

​Se paró, dio una vuelta por el parque caminando lento y se topó con un chico que dio una clase con ella en la universidad. Ambos trabajaron juntos en algunos proyectos y se llevaban bien. Ana se quedó paralizada y pensó: «Estoy como una loca, ¿qué va a pensar de mí? Pensará que estoy pasando trabajo». El hombre la reconoció enseguida.

​—Hola, Ana. Ha pasado mucho tiempo, ¿cómo estás?

​—Bien, bien, Josh. Bien, ¿y tú? —respondió ella atónita, un poco descoordinada.

​—Muy bien, Ana. Fue bueno verte. Trabajo aquí cerca, espero volver a verte por aquí.

​Ana, viendo lo atractivo que siempre fue, se quedó pensando y después reaccionó:

​—Eh… sí, sí. A veces vengo… no tan frecuente… bueno, sí… o no, no… solo a veces. Bueno, me tengo que ir, ¡adiós!

​Se despidieron y Ana se marchó corriendo a su auto. Se montó y se quedó pensando: «Cuando salgo más desarreglada es cuando encuentro conocidos». Encendió su vehículo y se dirigió a la casa de su madre. Al llegar, suspiró y se desmontó. Tocó la puerta y su madre abrió.

​—Hola, hija, pasa.

​—Hola, mamá.

​—¿Qué haces por aquí? Ven, que tengo comida lista.

​—Hacía algunas diligencias y quise pasar a saludarte.

​—Siéntate a comer, ven.

​Ana comió como si no lo hubiera hecho en meses.

​—Sabes, tu comida es tan buena, mamá.

​—Lo sé, gracias. ¿Pasaste por la casa de Lucas a saludar a Amanda? Viven a unas cuantas cuadras de aquí.

​—Emm, no. Es que estaba cerca y me quise parar aquí de pronto.

​Ana pensó: «¿Por qué no fui allá?». Estar con Amanda en su casa sola, escuchándola hablar, era una pesadilla. De solo pensarlo sintió una sensación extraña de querer escapar.

​Su madre respondió:

​—Deberías ir un día de estos. ¿Por qué siempre estás sola en esa casa? Eso te haría bien. Puedes aprender muchas cosas de ella; es una muchacha inteligente y bastante creativa. Tiene esa casa impecable y moderna. Me ayuda mucho con las compras y con cuestiones que no entiendo de mi teléfono y correos electrónicos. Además, salgo con mi amiga cuando está en el país; ella viene muy frecuente a visitarme. Búscate un trabajo, algo que hacer. No es nada prudente holgazanear tanto.

​Ana se paró de la mesa.

​—Mamá, me tengo que ir. Debo pasar por el súper.

​—Adiós, hija —dijo Camil, su madre.

​Ana se montó en su vehículo y sintió una presión en el pecho. Estaba respirando rápido y sintió un breve mareo y náuseas. Trató de calmarse llevando una mano a su pecho; el espacio del auto, que antes era su “libertad”, ahora se sentía pequeño. Encendió el vehículo y salió directo. Pasó unas cuantas cuadras y paró frente a la casa de Lucas. Se preguntó qué pasaría si…

​¿Qué piensas que estaría pasando en la relación de Ana con su nuera Amanda?




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