_“Y cuando las campanas sonaron… el pasado entró por la puerta.” _
El camino hacia el trabajo fue una mezcla de semáforos, música suave y pensamientos que no pedían permiso.
Rowan seguía en mi cabeza como una canción que no podía dejar de tararear. Pero lo que realmente ocupaba mi mente era Madison y su boda. Su estilo y su necesidad de perfección.
Ya podía ver el moodboard mental formándose: Paleta de colores en tonos marfil, oro viejo y rosa empolvado.
Flores silvestres con peonías centrales. Una ceremonia al atardecer y una recepción que gritara elegancia sin parecer pretenciosa.
Suspiré.
Madison era exigente, sí, pero yo también. Y eso, en teoría, nos hacía compatibles.
Estacioné el auto frente al local. El sol golpeaba el parabrisas con una intensidad que no ayudaba a mi resaca. Y la idea de una Maya atosigándome a preguntas, no era mi idea de un buen comienzo hoy.
Y entonces lo pensé: La puerta trasera.
No tenía ganas de enfrentar a Maya. Al menos no todavía; no con la mirada que seguro traía preparada. Y mucho menos con Jordán, que probablemente ya sabía más de lo que debía.
Tomé el bolso, bajé del auto y rodeé el edificio.
El callejón trasero era estrecho, con ladrillos desgastados y grafitis que parecían tener más personalidad que algunos clientes.
La puerta estaba ahí, semioculta entre dos contenedores.
La pintura estaba descascarada, pero la cerradura respondía como siempre: un clic mudo y entré.
El pasillo trasero olía a café viejo y papel. Pasé junto a la sala de almacenamiento, esquivé una caja de velas aromáticas mal apiladas, y llegué a mi oficina. Me dejé caer en la silla detrás del escritorio, soltando el bolso como si pesara más que mis pensamientos.
Creí que lo había logrado.
Creí que había esquivado el huracán. Pero no.
La puerta se abrió como si alguien la hubiera empujado con furia. Maya entró como un tornado, y Jordán, pisándole los talones, con las manos retorciéndose como si fueran cables mal conectados.
Me encogí por dentro, la mirada de Maya era fija, directa y letal. Pero no dijo nada.
Solo se sentó frente a mí.
Y me miró.
Entonces yo suspiré con cansancio ya que sabía que no había escapatoria.
—Te voy a contar todo —dije, levantando las manos como si me rindiera—. Pero no ahora. Tenemos trabajo.
Maya entrecerró los ojos. Luego suspiró también.
—Por supuesto que me debes una explicación. Y una buena, de eso no hay duda —dijo ella, remarcando lo último—. Pero en realidad… yo quiero hablar de trabajo también.
Eso me sorprendió y la tensión se quebró un poco. Asentí, sin entender del todo.
Maya miró de reojo a Jordán. Él se encogió de hombros, como si dijera yo solo soy el mensajero.
Entonces ella volvió a mirarme.
—Quiero encargarme de la boda de Madison, junto con Jordán. Nosotros podemos hacerlo, así tú podrás quedar más libre para otros proyectos.
Me reí creyendo que eso era una broma que habían planeado como venganza, pero al ver que no había ningún atisbo de diversión en su rostro, me calle.
—¿Estás hablando en serio?
Ella no sonrió y solo me sostuvo la mirada.
—Sí.
—Maya… gracias. Pero no; no puedo aceptar eso.
—¿Por qué no? —dijo elevando los hombros en un intento de parecer casual —Puedo planificar una buena boda.
—Porque Madison no estaría de acuerdo. En el contrato se estipula que soy yo quien se encarga de toda la preparación. Además… tu odias el ajetreo de las bodas— dije en un intento por hacerla desistir— Eres la encargada del maquillaje y peluquería, algo que te apasiona y además eres excelente. Pero detestas lo de los proveedores, los presupuestos y los novios histéricos.
Maya hizo una mueca.
—Podría hacer el intento. Quizá incluso sería divertido.
—¿Divertido? ¿Para ti? ¿Con una tabla de Excel y cinco llamadas pendientes?
Pasamos los siguientes diez minutos en la misma discusión. Ella insistía y yo me negaba. Jordán miraba como si estuviera viendo una obra de teatro sin saber si aplaudir o huir.
Ninguna de las dos cedió. Porque ninguna de las dos sabía hacerlo. Y porque, en el fondo, las dos queríamos lo mismo: Tener el control y protegernos de lo que no podíamos controlar.
—Ya estuvo bien —dije, con la voz más firme de lo que sentía—. Necesito que me digas por qué no quieres que planee la boda de Madison.
Maya me miró, solo eso, y fue suficiente. Porque esa mirada no hablaba del gusto por las flores ni de presupuestos. Hablaba de algo más, de algo que no quería decirme.
—Bien —solté, poniéndome de pie—. Si el silencio es tu único argumento para convencerme… me iré a hacer mi trabajo. De seguro Madison ya está esperando…
—Es por su prometido —soltó de repente, como si las palabras se le escaparan sin permiso—. No quiero que tú seas quien planifique la vida de él.
Me quedé quieta. Como si el aire se hubiera congelado.
—¿Es en serio?
—Sí.
—¿Por qué? ¿Es demasiado guapo? —intenté bromear, pero mi voz tembló—. Porque si te preocupa que me fije en él… te puedo asegurar que no va a pasar. Además, se supone que son la pareja ideal.
—¡Sí, lo son! —interrumpió Jordán, con una vehemencia que me sorprendió.
Había olvidado que estaba ahí, y su voz me sacudió.
—Ellos llevan saliendo cuatro meses y él le propuso matrimonio hace una semana.
—¡Jordán! —Maya le gritó, pero yo ya estaba atrapada en el dato.
—¿En serio llevan solo cuatro meses? ¿Y ya hay anillo? Dios… eso debe ser amor a primera vista.
—Evelyn, en serio… no creo que debas ser tú quien se encargue de esta boda —insistió Maya, con una intensidad que ya no podía disimular—. De hecho, de no ser por la multa que habría que pagarle a Madison por la cancelación del contrato… te diría que lo rompieras.
—¿Qué? ¿Acaso estás loca?
Antes de que pudiera responder, Ana asomó la cabeza por la puerta.
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Editado: 27.01.2026