_“Algunas reuniones no son casualidad… son trampas tendidas por el destino.” _
No sabía dónde meterme.
El aire se volvió tan pesado que cada respiración parecía delatarme, como si todos pudieran escuchar el temblor que me recorría por dentro.
¿En serio?
Parecía una jodida broma de los dioses del azar, o de esos cupidos que, si existían, seguro se drogaban con algo más fuerte que tabaco.
El guionista de mi vida debía estar riéndose a carcajadas, escribiendo escenas imposibles solo para verme arder.
El hombre que me atraía… era el hermano mayor de mi ex novio.
El destino tenía un sentido del humor cruel. Tan cruel que me hacía sentir atrapada en una obra de teatro donde yo era la única consciente de la ironía.
Me mordí el interior de la mejilla, intentando no dejar escapar un suspiro que me delatara. El corazón me golpeaba como si quisiera escapar de mi pecho. Y mi mente, traicionera, repetía una sola frase:
No puede ser. No puede ser él.
El recuerdo de Rowan se mezclaba con la imagen de Graham, y la contradicción me quemaba.
Celos, rabia, atracción.
Todo enredado en un nudo imposible de desatar.
Quise reírme, pero lo que salió fue un pensamiento ácido:
—Claro, Evelyn… ¿qué esperabas? Que la vida fuera justa contigo.
Me quedé quieta, fingiendo calma, mientras por dentro me desmoronaba. El aire seguía pesado, y yo sabía que, tarde o temprano, tendría que levantar la mirada y enfrentar la verdad:
Rowan Sinclair estaba aquí. Y nada volvería a ser sencillo.
Graham se plantó frente a mí, con esa sonrisa despreocupada que siempre me había irritado.
—Evelyn, quiero presentarte a mi hermano mayor. Es un excelente chef y será el encargado de la comida en la boda.
Asentí, sin levantar la vista del suelo. No podía, no me sentía preparada y lo más importante… no quería.
Aún con la vista clavada en el piso, lo primero que vi fueron las botas negras, firmes y seguras. Con ese aire rebelde que parecía gritar que no seguía reglas de nadie. El cuero gastado hablaba de noches largas, de caminos recorridos sin destino fijo, de alguien que nunca se detenía demasiado tiempo en un mismo lugar.
Cada paso que daba resonaba como un desafío. No necesitaba mirar más arriba para saber quién era. Ya lo tenía confirmado.
El estilo era inconfundible. Podía adivinarlo sin verlo: chaqueta oscura que caía como una segunda piel, camiseta ajustada que delineaba un cuerpo marcado por la vida y no por la vanidad, jeans desgastados que parecían hechos para él. Rowan Sinclair en toda su gloria.
Se aclaró la garganta, y su voz me atravesó como un filo, cortando el aire entre nosotros.
—Buenos días. Mi nombre es Rowan Sinclair.
Asentí, aún sin elevar la cabeza. El silencio se volvió incómodo, casi insoportable.
Él suspiró, con un fastidio apenas disimulado.
—Lo sé, tampoco a mí me agrada tener que trabajar contigo. Pero al menos podrías ser un poco más cortés y mirarme cuando te hablo.
Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que sentí el sabor metálico en la lengua. Sangre. Dolor. Una advertencia de que estaba perdiendo el control.
Reuní todo el valor que me quedaba y recé en silencio, rogando que alguna deidad se apiadara de mí. Lentamente, levanté la cabeza y comencé el recorrido por su cuerpo, como si cada centímetro fuera un castigo.
Primero las botas.
Luego sus piernas largas y firmes.
El cinturón de cuero.
La chaqueta negra, la misma que había llevado por la noche, cubría su pecho amplio y marcado bajo la camiseta.
Su cuello, con esa línea perfecta que me obligaba a seguir subiendo.
Y finalmente, sus ojos. Color verde agua, brillantes e intensos. Un abismo que me atrapó en un segundo, que me recordó todo lo que había sentido y todo lo que había intentado olvidar.
La sorpresa se reflejó en su rostro. Un destello fugaz que enseguida se apagó, reemplazado por el desagrado. Un rechazo que no entendí. Pero que me dolió como una bofetada.
Me puse de pie, obligando a mis piernas a sostenerme, y extendí mi mano en un saludo cordial.
—Es un placer, señor Rowan. Soy Evelyn Winslow, la organizadora de la boda de Madison y de su hermano.
Por dentro, me repetía que lo mejor era fingir que no nos conocíamos. Y al parecer, él estaba de acuerdo.
—Me gustaría decir que es un placer conocerla —respondió con voz grave—, pero nuestros padres nos enseñaron que es malo mentir.
El golpe fue directo, frío y cruel.
Graham intentó ocultar una risa con una tos y luego puso una mano en el hombro de su hermano.
—Deberías ser un poco más amable, Rowan.
Rowan revoleó los ojos, elevó una ceja y ladeó la sonrisa con ese gesto insolente que me recordó a Damon Salvatore.
—Bien —dijo, con sarcasmo.
Extendió su mano y sujetó la mía. El contacto me sacudió. Una corriente recorrió cada parte de mi cuerpo donde sus dedos me alcanzaban. Me sobresalté, y él también. Se puso rígido por un segundo, pero se recompuso enseguida, como si nada hubiera pasado.
Madison apareció justo entonces, dando un aplauso entusiasta.
—¡Es lindo cuando la familia se reúne! —exclamó, radiante.
Rowan y yo soltamos nuestras manos al mismo tiempo. Habíamos olvidado que aún nos sujetábamos. Yo seguía sin palabras, atrapada en el eco de su comentario, en la electricidad de su contacto y en el desagrado que había visto en sus ojos.
Y en el secreto que ambos estábamos dispuestos a fingir.
Me aparté de Rowan, como si su sola presencia me quemara la piel. Él, en cambio, parecía perfectamente cómodo, saludando a Madison con entusiasmo.
—¡Mady! ¿Cómo has estado? —preguntó mientras la abrazaba con esa familiaridad que me revolvió el estómago—. Es un placer volver a verte, ya te extrañaba.
—¡Ay, cuñado! Yo también te extrañaba… pero más aún tu comida.
#991 en Novela romántica
#326 en Novela contemporánea
enemistolover, romance hermanos discordia secretos, drama amor celos intrigas mentiras
Editado: 15.02.2026