_“Hay miradas que no se olvidan… porque hieren más que cualquier palabra.” _
Cuando regresé al salón, lo primero que vi fue a Cora. Estaba sentada en la esquina del sofá, con la mirada perdida y apretando su libreta con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto pálidos. Parecía un fantasma atrapado en sus propios pensamientos.
Madison, en cambio, irradiaba entusiasmo. Su voz llenaba la habitación mientras sostenía una conversación animada con Rowan. Él asentía con la cabeza, fingiendo interés, pero algo en su postura me decía que no la estaba escuchando realmente. Su atención estaba en otra parte. En mí.
Lo confirmé en cuanto crucé el umbral y nuestras miradas se encontraron.
Sus ojos verde agua brillaron al hallarse con los míos, pero no era la misma emoción que había visto esa mañana. No. Ahora eran fríos, distantes, como un muro de hielo levantado de repente. Una mirada que se reserva para un enemigo. Y aun así, incluso si yo lo fuera, creo que se lo pensaría dos veces antes de lanzarla con tanta dureza.
—Muy bien —murmuré entre dientes, apenas audible para mí misma—. Dos pueden jugar el mismo juego.
Inspiré y exhalé, obligándome a recomponerme. Coloqué mi mejor sonrisa, y me dirigí a Madison con toda la cordialidad que pude reunir.
—Ya estoy de vuelta, Madison —anuncié, y ella se volvió de inmediato hacia mí, radiante—. Podemos seguir con los detalles.
—Ya era hora —interrumpió Rowan, seco, con un filo en la voz que me atravesó—. Algunos tenemos cosas importantes que hacer y no podemos perder toda la mañana aquí.
Mi sonrisa se borró al instante. Mis ojos regresaron a él, y esta vez me aseguré de que mi mirada le lanzara dagas de hielo.
—Lo siento, señor Sinclair —respondí con un tono tan frío como el suyo—. Pero nadie lo está obligando a quedarse. Si lo desea, puede marcharse.
—De eso nada —replicó Graham a mis espaldas. No me había percatado de que estaba allí, y su voz me sobresaltó—. La presencia de mi hermano es fundamental para esta boda y debe estar presente en cada paso que se dé en la organización de la misma.
Me mordí el interior de la mejilla para no soltar un comentario venenoso.
—Bien —dije finalmente, seca, sin molestarme en mirar a ninguno de los dos—. Pero no quiero quejas entonces.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de tensión. Madison intentó suavizarlo con una risa nerviosa, mientras desplegaba su entusiasmo con detalles de flores y manteles, mientras Cora seguía perdida en su libreta. Pero yo solo podía sentir la presión de esos ojos verde agua clavados en mí.
Rowan se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas, y habló con un tono que sonaba más a desafío que a colaboración.
—Entonces, ¿qué sigue? —preguntó, sin apartar la mirada de mí—. Supongo que tienes todo bajo control, ¿no?
—Por supuesto —respondí con una sonrisa que sabía tan falsa como la suya—. No sería la mejor en mi trabajo si no lo tuviera.
—La mejor… —repitió, ladeando la cabeza con sarcasmo—. Eso está por verse.
Sentí cómo la sangre me hervía. ¿Quién demonios se creía para cuestionarme?
—Si tiene alguna objeción, señor Sinclair, puede retirarse —dije con voz firme, sin titubear—. No necesito espectadores, necesito compromiso.
Él arqueó una ceja, esa maldita ceja que parecía un reto en sí misma, y dejó escapar una sonrisa insolente.
—Compromiso… —murmuró, casi divertido—. Qué palabra tan peligrosa en tu boca.
El comentario me atravesó como un dardo envenenado. Sabía exactamente a qué se refería. Y lo peor era que Graham estaba allí, escuchando, disfrutando del espectáculo como si fuera un maldito circo. Él mejor que nadie sabía que yo sí había tenido compromiso para con nuestra relación, fue él quien no lo tuvo.
—No estoy aquí para juegos, Sinclair —le solté, con la voz cargada de hielo—. Estoy aquí para trabajar.
—Y yo tampoco estoy para juegos —respondió él, inclinándose apenas hacia mí, con esa intensidad que me obligaba a sostenerle la mirada—. Pero parece que contigo es inevitable.
El silencio se volvió espeso. Hasta que Madison, sin darse cuenta, o fingiendo no hacerlo, rompió la tensión con un aplauso suave.
—¡Me encanta cómo todos están tan involucrados! —exclamó, radiante.
Yo aparté la mirada de Rowan, pero sentí su sonrisa aún clavada en mi piel, como una marca invisible que me quemaba. Esa sonrisa no era casual, era un reto, un recordatorio de que entre nosotros había algo más que simple desagrado. Tendría que hablar seriamente con él y averiguar por qué me odiaba tanto… o por qué fingía hacerlo. Ya que no sabía la razón por la que podría sentir tanto desprecio hacia mi persona.
—Ahora, pasando a otro tema de importancia —dije con un suspiro, intentando recomponerme—. Madison, necesito saber si tienes alergias y, en caso de que las tengas, cuáles serían.
Ella abrió la boca para responder, pero Graham se adelantó con esa astucia que siempre lo había caracterizado.
—Es alérgica a la fresa y al kiwi —dijo, envolviendo sus manos con las de ella, como si quisiera dejar claro que la conocía mejor que nadie.
—Muy bien, eso es importante saberlo —respondí, anotando en mi ordenador, aunque la escena me revolvía el estómago.
—¿Quieres saber las de Graham? —preguntó Madison con inocencia.
—No, gracias. Sé que solo es alérgico al camarón —dije distraída, sin pensar.
El silencio que siguió me golpeó como un ladrillo. Levanté la vista y encontré a Madison mirándome con curiosidad, a Cora con sospecha… y a Rowan, analizando cada gesto, cada palabra, como si estuviera diseccionando mi alma.
—Es que… como él dijo, fuimos amigos en el pasado, y por eso soy consciente de su alergia —me apresuré a explicar, sintiendo cómo la incomodidad me trepaba por la garganta.
—Oh, claro. Es entendible —respondió Madison con entusiasmo, sin notar la tensión.
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Editado: 15.02.2026