Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 12.

_“En la frontera entre el miedo y el deseo, el corazón decide su verdugo.”_

Debí de quedarme dormida, porque cuando volví a abrir los ojos la oficina estaba sumida en la penumbra. El único resplandor provenía de las luces de la calle, que ya estaban encendidas, proyectando sombras largas y melancólicas sobre las paredes.

—Carajo… —murmuré, enderezándome en la silla con un quejido—. ¿Qué hora es?

Tomé mi móvil y la pantalla iluminó mi rostro cansado: las siete y media de la noche. Había dormido poco más de cuatro horas, y aun así me sentía agotada, como si el peso de todo lo vivido en el día me hubiera drenado hasta la última gota de energía.

Suspiré. Lo mejor sería ir a casa, cenar algo sencillo y quizá perderme en una película mientras mis pequeños peludos me recordaban que aún existía ternura en el mundo.

Me levanté despacio, recogí los papeles desperdigados sobre el escritorio y los guardé en una carpeta. Luego tomé mi laptop, la cerré con un chasquido que resonó en la oficina silenciosa, y la deslicé dentro del bolso junto con mi móvil, las llaves y un par de notas que no podía dejar olvidadas. Me colgué el bolso al hombro y me envolví en mi chaqueta, buscando un poco de calor contra la brisa nocturna que ya se filtraba por las rendijas.

Al salir de la oficina, el pasillo estaba desierto. Mis tacones resonaban contra el suelo como un eco solitario, cada paso marcando el final de un día que había sido demasiado largo. Crucé el vestíbulo, donde las luces tenues apenas iluminaban los cuadros en las paredes, y empujé la puerta principal.

La brisa fresca de la noche me golpeó el rostro, revitalizante, como una bofetada que me recordaba que aún estaba viva. Caminé hacia dónde había dejado estacionado el auto, con el bolso apretado contra mi costado, mientras las farolas dibujaban círculos de luz amarillenta sobre el pavimento.

Mi auto me esperaba en la penumbra, con el parabrisas cubierto de un fino velo de humedad. Al acercarme, saqué las llaves y las jugueteé entre mis dedos, escuchando el tintineo metálico que rompía el silencio de la noche. Estaba a punto de abrir la puerta cuando mis ojos se detuvieron en algo extraño.

Allí, garabateado de forma desprolija y apresurada, alguien había escrito una sola palabra: “zorra”.

Me quedé inmóvil. El aire se me atascó en la garganta, como si de pronto me faltara oxígeno. Mis dedos temblaron al rozar las letras, y descubrí que no era pintura… era lápiz labial rojo oscuro. Un rojo intenso, casi sangriento, que brillaba bajo la luz de la farola como una herida abierta.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Primero fue incredulidad, luego rabia, y finalmente un dolor punzante que me atravesó el pecho. ¿Quién había hecho esto?

—¿En serio? —murmuré con voz quebrada, apenas audible, mientras mis uñas se clavaban en la palma de mi mano.

La rabia me quemaba por dentro, mezclada con una tristeza amarga. El labial aún estaba fresco, y al pasar mis dedos por las letras, la mancha se extendió, tiñéndome la piel. Era como si me hubieran marcado a propósito, como si quisieran que cargara con esa palabra.

Me mordí el labio con fuerza, conteniendo la rabia, y busqué en mi bolso el paquete de pañuelos descartables. Mis manos temblaban mientras lo sacaba, como si el simple hecho de tocarlo me recordara la humillación escrita en la puerta. Arranqué varios pañuelos de golpe y comencé a refregar con esmero, decidida a borrar cada trazo de aquel insulto.

Pero el labial no cedía fácilmente. Era espeso, denso, con una textura aceitosa que se pegaba al metal como una mancha de sangre seca. Cada movimiento del pañuelo lo extendía más, dejando un rastro viscoso que se resistía a desaparecer. El rojo oscuro se mezclaba con el blanco del papel, tiñéndolo de un carmesí sucio, como si estuviera borrando una herida que no quería cicatrizar.

Refregué con más fuerza, hasta que los pañuelos quedaron completamente manchados, arrugados y húmedos. Me quedé mirando la bola de papel en mi puño, apretada con tanta fuerza que mis nudillos se tensaron. ¿Quién pudo haber hecho esto?

Pensé en Cora. No. Ella había estado distante, sí, pero jamás hostil. Luego en Madison. Tampoco. Su entusiasmo era genuino, y además ninguna de las dos llevaba ese tono de labial, tan oscuro, tan agresivo. Era un color que hablaba de rabia, de desprecio, de alguien que quería dejar una marca imborrable.

Suspiré, sintiendo el peso de la sospecha caer sobre mí como una losa. Caminé hacia la papelera en la vereda y arrojé allí los pañuelos, como si quisiera deshacerme no solo de ellos, sino también del veneno que habían dejado en mí.

En ese instante, un escalofrío me recorrió la espalda. La sensación fue clara, punzante: alguien me estaba observando. No sabía desde dónde, ni quién, pero lo sentí. Mis ojos recorrieron la calle, las sombras, las ventanas apagadas… nada. Y sin embargo, la certeza permanecía.

Decidí no perder más tiempo. Dejé el auto como estaba y subí en él. La puerta había quedado embarrada con restos de labial, como si un niño hubiera jugado a refregar sus manos sucias de lodo sobre el metal. Pero eso ya no me importaba. Al menos la palabra “zorra” había desaparecido. En casa lo lavaría con agua y detergente, y con suerte, también podría limpiar de mi mente la sensación de estar marcada.

Conducía con precaución, pero mi pie permanecía suspendido sobre el acelerador, lista para hundirlo si la situación lo exigía. Las calles de Nueva York, a esa hora, estaban más tranquilas de lo habitual. El bullicio del día había quedado atrás y ahora la ciudad respiraba en un ritmo distinto: las luces de los semáforos parpadeaban sobre el asfalto húmedo, los escaparates iluminaban con destellos intermitentes y algún taxi solitario cruzaba la avenida como un espectro amarillo. Algo inusual en una ciudad tan ajetreada.

Avanzaba por calles que conocía de memoria: las fachadas de ladrillo, los neones apagados de restaurantes que ya habían cerrado, el murmullo lejano de una sirena que se perdía entre los edificios. Todo parecía rutinario… hasta que lo sentí.




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