_“Entre el filo del miedo y la llama del deseo, el corazón siempre elige la herida más profunda.” _
Rowan insistió en acompañarme hasta nuestro piso, a pesar de mis protestas. Lo hizo después de asegurarle al guardia de seguridad que estaba bien y que no llamaría a la policía, al menos por el momento, ya que no tenía evidencia concreta de nada. El guardia asintió y me prometió estar más atento durante su turno.
En el elevador, el silencio se instaló entre mi vecino y yo, un silencio denso, cargado, que parecía vibrar en el aire. Podía sentir su mirada clavada en mí, aunque él no dijera nada. Mi corazón latía con fuerza, y no sabía si este era el momento correcto para preguntarle por qué me trataba con tanta hostilidad. Pero la duda me quemaba por dentro.
—Rowan…
—¿Qué pasa? —preguntó con voz cansada, como si el día lo hubiera drenado.
—¿Puedo saber por qué no te caigo bien? —pregunté nerviosa, con un nudo en la garganta—. Sí, soy la ex de tu hermano, pero tú y yo jamás nos conocimos. No entiendo… ¿qué te hice?
Él soltó un suspiro, ladeando la cabeza.
—¿No crees que ya tuviste suficiente por una noche?
—La verdad es que solo quiero saber qué te hice. Porque hasta hoy en la mañana me tratabas bien, pero entonces supimos nuestra conexión con Graham… y cambiaste repentinamente —lo acusé, con un tono que me salió más firme de lo que esperaba.
Rowan me miró serio, con esos ojos que parecían diseccionarme, y de pronto, sin previo aviso, tiró de mí con fuerza. No me lastimó, pero el impacto me arrancó el aire. Mi espalda chocó contra la pared metálica del ascensor y quedé atrapada entre sus brazos. Sus manos se apoyaron a cada lado de mi rostro, encerrándome, sin dejarme margen de huida. Su cuerpo se inclinó hacia el mío, y su rostro descendió hasta quedar a escasos centímetros.
El aire se volvió irrespirable. Desde esa cercanía podía distinguir las vetas de un verde más oscuro que se entremezclaban con el verde agua de sus ojos. Era un contraste hipnótico, como un mar embravecido que escondía tormentas, y yo me ahogué en él. Su aroma me envolvió: fresco, limpio, con un toque de jabón y piel húmeda. Se había duchado recientemente, seguro estaba por salir cuando me crucé con él.
Sus ojos se cerraron un instante, y sus pestañas —largas, imposibles, como alas negras— rozaron sus pómulos. El gesto era tan íntimo, tan inesperado, que me dejó sin aliento.
—No debería estar aquí —murmuró entre dientes, con la voz cargada de tensión—. No debería haber insistido en acompañarte.
—¿Y por qué lo hiciste? —pregunté apenas en un susurro, temblando.
—Porque… mujer, contigo todo es tan complicado. ¿Por qué tenías que ser la ex de mi hermano? De todas las mujeres… ¿por qué tenías que ser tú? Tú no tienes idea de cuánto sufrió él por ti… —su voz se quebró en un suspiro resignado, como si cada palabra le pesara.
Entonces abrió los ojos de nuevo, y quedamos atrapados en una mirada que parecía devorarlo todo. El ascensor desapareció, el mundo se borró, y solo existíamos él y yo. Incluso olvidé lo que acababa de decir, pero sabía que era importante. Me perdí en sus ojos, absorbida, y mis pupilas bajaron hasta sus labios. Sentí un hormigueo en las puntas de los dedos, un deseo irrefrenable de tocarlos. El calor de su cuerpo me envolvía, y lo quería más cerca, necesitaba que se acercara más.
Sus labios se entreabrieron, como si estuviera a punto de decir algo… pero el sonido metálico de las puertas del ascensor al abrirse rompió el encanto.
Rowan se apartó de golpe, tan rápido que por un instante creí haber imaginado todo.
—Llegamos —dijo, anunciando lo obvio, mientras salía hacia el pasillo—. ¿Vas a bajar?
Su tono volvió a ser gélido, hostil. Ya no quedaba rastro de la calidez que me había mostrado segundos antes, cuando estaba a centímetros de mi rostro.
—Claro —respondí sin ánimo, sintiendo cómo la ilusión se desmoronaba.
Justo cuando estaba por abrir mi puerta, el móvil de Rowan sonó. Lo atendió al instante, y su voz cambió por completo.
—Ellis —dijo en tono casual, con una sonrisa que me atravesó como un cuchillo—. No, no te preocupes, sé que voy retrasado, pero ya estoy en camino.
Volvió a entrar en el ascensor mientras continuaba hablando. Perdí sus palabras, pero antes de que las puertas se cerraran, escuché su risa. Una risa cálida, ligera, que no había compartido conmigo.
Sentí una punzada en el corazón y mi estómago se revolvió. ¿Cómo era posible sentir celos de una persona que ni siquiera conocía? No sabía que era posible hasta ese momento. No sabía quién era esa tal Ellis, pero en ese instante… deseaba ser ella.
Rowan.
No sé en qué demonios estaba pensando, pero estaba claro que no lo estaba haciendo. Desde el momento en que esa mujer se cruzó en mi camino, supe que significaría problemas para mí… y aun así decidí ayudarla aquella noche. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez porque desde el primer instante me sentí atraído por esa mezcla imposible de belleza y fortaleza que irradiaba.
—Estoy completamente jodido —murmuré, observando mi reflejo distorsionado en las puertas del ascensor.
Cuando estas se abrieron, salí al vestíbulo con la cabeza en las nubes. Refregué mi nuca con exasperación, como si pudiera borrar el peso de sus ojos de mi memoria, mientras con la otra mano jugueteaba con las llaves de mi motocicleta.
El eco de mis pasos me llevó hasta ella: mi moto. Una clásica Triumph Bonneville, negra con detalles cromados que brillaban bajo la luz tenue del estacionamiento. El asiento de cuero desgastado hablaba de kilómetros recorridos, de noches solitarias y de viajes sin destino. Era atractiva, elegante, un símbolo de libertad y de la vida que había elegido para no depender de nadie.
Pasé la mano por el tanque metálico, como si buscara en su superficie fría un ancla para mis pensamientos. Monté con un movimiento automático, encendí el motor y el rugido grave llenó el silencio. Ese sonido siempre me había dado paz… pero esa noche, ni siquiera eso bastaba.
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Editado: 15.02.2026