_“Las mentiras que inventamos para sobrevivir suelen ser las mismas que nos condenan.”_
Evelyn.
Madison me había llamado temprano, su voz llena de entusiasmo, para decirme que había recopilado una serie de fotografías que quería mostrarme. Serían parte de la presentación en la boda, un montaje que se proyectaría durante la recepción, con imágenes de la pareja, de sus viajes y de momentos familiares. Además, quería revisar conmigo otros asuntos de la ceremonia: la disposición de las mesas, la decoración floral, el orden de entrada de los invitados. Todo debía estar perfectamente sincronizado.
Al mismo tiempo, debía reunirme con Rowan. Él tenía que verificar el menú y asegurarse de que la cocina del local estuviera equipada con todo lo necesario para ese día. No era un detalle menor: la boda sería a primera hora de la mañana, seguida de un brunch elegante, y luego un almuerzo que se transformaría en una fiesta que duraría hasta la noche. Eso significaba que los chefs y el personal estarían trabajando sin descanso, preparando platillos para cada momento del día: desde los canapés y las estaciones de desayuno —porque los invitados llegarían temprano, y nadie podía pasar horas sin algo que comer— hasta los postres y la cena final.
Una boda a lo grande, pensé, con un nudo en el estómago. Todo el resto del día estaría dedicado a celebrar junto a familiares y amigos, y yo debía ser parte de esa maquinaria perfecta.
—Evelyn, necesito que estés puntual —me había dicho Madison con dulzura, pero con firmeza—. Hay demasiadas cosas que ajustar y no quiero que nada se nos escape.
—Claro, estaré allí —respondí, intentando sonar tranquila, aunque por dentro me consumía la ansiedad.
Y luego estaba Rowan. Su presencia era inevitable, y cada vez que pensaba en él, mi corazón se aceleraba de una forma que me resultaba insoportable. ¿Por qué tenía que ser él?
Las calles de Nueva York estaban atestadas de vehículos. Era miércoles por la mañana, y el caos me envolvía como un murmullo constante: bocinas impacientes, motores rugiendo, peatones cruzando con prisa. No me sorprendía el ajetreo, pero sí la forma en que mi corazón latía más rápido de lo normal. Navegaba entre las calles, esquivando taxis amarillos y autobuses pesados, buscando el café donde había quedado en encontrarme con Madison.
El trayecto se sentía interminable. Cada semáforo era un enemigo dispuesto a retrasarme, y el aire olía a mezcla de gasolina, humo y pan recién horneado de alguna panadería cercana. Mis pensamientos se enredaban con el tráfico: Madison, la boda, Rowan… siempre Rowan.
Finalmente, doblé hacia una calle más tranquila, casi un respiro dentro del caos. Allí estaba el lugar: “Café Aurora”.
La fachada era encantadora, con ladrillos pintados en un tono gris suave y ventanales altos que dejaban ver el interior iluminado por la luz cálida de la mañana. Sobre la puerta colgaba un letrero metálico con letras doradas que brillaban tenuemente, y dos macetas con jazmines blancos flanqueaban la entrada, desprendiendo un aroma dulce que contrastaba con el aire cargado de la ciudad.
Empujé la puerta de vidrio y un tintineo suave me recibió. El aroma del café recién molido me envolvió de inmediato, mezclado con notas de cacao y vainilla. El interior era acogedor: mesas de madera oscura, sillones tapizados en terciopelo verde, y lámparas colgantes que proyectaban una luz cálida y tenue. En el fondo, una pared revestida de estantes con libros y botellas antiguas, como si el lugar invitara tanto a beber como a perderse en historias.
El murmullo de voces se mezclaba con el golpeteo constante de las tazas contra los platillos. Me detuve un instante, observando. Sentí un nudo en el estómago.
—Evelyn, por aquí —la voz alegre de Madison me sacó de mis pensamientos. Estaba sentada junto a la ventana, con una carpeta llena de fotografías sobre la mesa.
Me acerqué, intentando sonreír, aunque mi mente seguía atrapada en Rowan. ¿Vendría después? ¿Se sentaría frente a mí en este mismo café? La idea me provocó un escalofrío. No sabía si era miedo, deseo… o ambas cosas.
Cuando estuve frente a Madison, un mal presentimiento me atravesó el pecho. No estaba equivocada: Graham se acercaba hacia nuestra mesa con un par de tazas humeantes, acompañado de su hermano, que traía otras dos.
—He ordenado por ti —dijo Madison con una sonrisa tranquila—. Espero no te moleste.
—No, claro que no. Muchas gracias —respondí, intentando sonar natural, aunque mi voz salió más baja de lo que quería.
Los hermanos Sinclair llegaron a nuestra mesa. Yo solo pude murmurar un “buen día” entre dientes, con la cabeza gacha, como si esconderme pudiera evitar la tensión que me quemaba por dentro. Rowan simplemente asintió en mi dirección, depositó una taza frente a mí y se sentó en la silla junto a la mía. Su cercanía me incomodaba, me desarmaba, y al mismo tiempo me atraía con una fuerza que no quería admitir. Graham, en cambio, saludó con entusiasmo, pero sus ojos… sus ojos tenían una tristeza que me desconcertó.
Madison me pasó la carpeta que tenía en sus manos.
—Estas son las fotografías que te mencioné por teléfono, Evelyn.
Al abrir la carpeta, mis dedos rozaron el papel satinado. La primera imagen me arrancó un suspiro: era una foto tomada por un pasajero en aquel vuelo desde Londres a Nueva York. Madison estaba sentada junto a Graham, ambos sonriendo tímidamente, como si el destino los hubiera colocado allí a propósito.
—Ese fue el día que nos conocimos —dijo Madison con brillo en los ojos—. Yo estaba nerviosa por volar, y Graham me ofreció su ayuda. Terminamos hablando durante todo el trayecto. Nunca pensé que un avión pudiera cambiar mi vida.
Pasé a la siguiente foto: estaban en Times Square, rodeados de luces y carteles, con la ciudad latiendo a su alrededor. Madison reía, y Graham la miraba con esa intensidad que me atravesaba como un cuchillo.
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Editado: 15.02.2026