_“El verdadero veneno no está en las mentiras que se dicen, sino en las verdades que se callan… porque esas son las que terminan incendiando el alma.”_
El aire en el estacionamiento de The Rosewood Hall era demasiado puro para la toxicidad que flotaba entre Rowan y yo. Al apagar el motor, el silencio fue absoluto, roto solo por el crujido de nuestros pasos sobre la grava fina mientras rodeábamos el coche. Yo intentaba recuperar mi porte profesional, ajustando mi chaqueta y aferrando mi diario contra el pecho como un escudo.
Él, en cambio, se movía con una elegancia depredadora, con las manos en los bolsillos y esa mirada de “sé lo que escondes” que me estaba volviendo loca.
—No arruines esto, Rowan —le susurré antes de que llegáramos a la escalinata—. Esto es la felicidad de Madison.
Él solo arqueó una ceja, su hombro rozando el mío mientras subíamos.
—Yo no soy el que está a un paso de arruinar este “felices para siempre”.
Antes de que pudiera lanzarle una réplica mordaz, las pesadas puertas de roble se abrieron.
—¡Bienvenidos! Deben ser la señorita Winslow y el señor Sinclair —una mujer de unos cincuenta años, vestida con un traje sastre impecable y un aura de autoridad serena, nos recibió con una sonrisa—. Soy Beatriz Vance, la directora de eventos de The Rosewood. Es un placer tenerlos aquí.
—El placer es nuestro, Beatriz —dije, forzando mi mejor voz de organizadora, mientras Rowan estrechaba su mano con un gesto caballeroso que me irritó por lo natural que le salía.
Al cruzar el umbral, el mundo exterior desapareció. El interior de The Rosewood Hall era una oda al lujo atemporal. El vestíbulo nos recibió con un suelo de mármol pulido que reflejaba la luz de una colosal lámpara de cristal de Bohemia suspendida del techo abovedado. Las paredes estaban revestidas de boiserie de madera oscura, adornadas con espejos de marco dorado que multiplicaban el espacio.
Caminamos tras Beatriz, y mis tacones resonaban con un eco rítmico. Pasamos por el gran salón de baile: las cortinas de terciopelo rosa caían desde techos de doble altura, y el aroma a cera de abejas y flores frescas flotaba en el ambiente. Me sentía pequeña, pero no por el edificio, sino por la presencia de Rowan caminando a mi lado. Podía sentir su calor, su perfume amaderado mezclándose con el olor del salón, y sobre todo, su vigilancia constante. Cada vez que Beatriz señalaba un detalle, Rowan me miraba a mí, no al lugar. Sus celos eran una corriente eléctrica que me erizaba el vello de la nuca.
—Y ahora, lo que más le interesa al señor Sinclair —dijo Beatriz, abriendo unas puertas dobles de acero inoxidable—. Nuestra cocina de gala.
Entrar allí fue como pasar de un sueño romántico a un centro de operaciones de alta precisión. Era inmensa, iluminada por uces LED blancas que hacían brillar cada superficie.
—Como verán —explicó Beatriz, extendiendo la mano hacia las estaciones de trabajo—, contamos con hornos de convección de última generación, fuegos abiertos de alta potencia y una zona de garde manger con control de temperatura independiente, ideal para los canapés del brunch que mencionaron. Tenemos cámaras frigoríficas industriales, una estación de pastelería con encimeras de mármol frío y todo el menaje de plata y porcelana listo para ser inspeccionado. No faltará nada para el servicio ininterrumpido que planean.
Rowan se adelantó, pasando los dedos por una de las mesas de acero. Su actitud cambió; ya no era el hombre sarcástico, sino el profesional exigente. Sus ojos recorrieron los fogones con una intensidad que, por un segundo, me distrajo. Verlo en su elemento era… peligroso.
—La presión de gas parece la adecuada para los hornos de panadería —comentó él con voz grave, casi para sí mismo.
En ese momento, el teléfono de Beatriz vibró con insistencia sobre su cinturón. Ella lo consultó y palideció ligeramente.
—Oh, lo lamento muchísimo. Es el proveedor de las nuevas glicinas para el jardín, han tenido un percance con el camión y debo supervisar la descarga personalmente. ¿Les importa quedarse aquí un momento? Rowan, siéntete libre de abrir cualquier cajón. Evelyn, hay carpetas con los inventarios en esa mesa. Vuelvo en cinco minutos.
—No se preocupe, Beatriz. Estaremos bien —dije, aunque mi voz sonó un poco más aguda de lo normal.
La puerta se cerró tras ella con un chasquido metálico y el silencio que siguió fue asfixiante. El zumbido de los refrigeradores era lo único que llenaba el vacío. Me quedé pegada a la mesa central, fingiendo un interés repentino en una lista de suministros, pero sentía la mirada de Rowan grabada en mi perfil.
Él no se movió. Se quedó allí, estático al otro lado de la estación de cocina, como una frontera infranqueable. El aire entre nosotros pesaba, cargado de un magnetismo que me obligaba a mantener los pies pegados al suelo para no salir corriendo… o para no acortar la distancia. No sabía qué era más peligroso.
—La cocina tiene todo lo que necesito para el gran día —soltó de repente. Su voz, profunda y calmada, cortó el silencio como un cuchillo bien afilado.
—Bien, me alegro de que así sea —respondí, aunque mis cuerdas vocales se sentían como hilos de cristal a punto de romperse.
El silencio regresó, pero esta vez no era vacío; estaba lleno de pensamientos no dichos. Mi mente era un caos, una carrera de Fórmula 1 tratando de encontrar cualquier distracción antes de que mis ojos se perdieran en la intensidad de los suyos.
—Me sorprendió el hecho de que sepas tanto sobre mi hermano —comentó Rowan con una indiferencia que me pareció ensayada. Sus ojos recorrieron el lugar, pero sentía su atención clavada en mí como un radar—. Me refiero al otro día… sabes sobre su alergia, lo que le molesta y lo que no.
Sentí una punzada de ironía en el pecho. ¿En serio íbamos a hablar de él ahora?
—¿Por qué te sorprende tanto? —pregunté, observando cada uno de sus movimientos, la forma en que sus hombros llenaban el espacio—. Es completamente normal que, luego de salir durante cinco años con él, sepa ese tipo de cosas.
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Editado: 15.02.2026