Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 17.

_“Hay incendios que solo se apagan con una emergencia mayor.”_

El silencio dentro del coche no era un vacío; era una masa densa, eléctrica, que se pegaba a mi piel como el sudor tras una pesadilla. Sabía que si abría la boca, no saldrían palabras, sino una marea de reproches que no correspondían a la profesional que se suponía que debía ser. Sentía la mirada de Rowan, ese peso constante sobre mi perfil, perforándome con una intensidad que me hacía arder la mejilla. Él no decía nada, pero su presencia llenaba el habitáculo, robándome el oxígeno, recordándome con cada centímetro de su cuerpo que el mundo era demasiado pequeño cuando él estaba cerca.

Nueva York comenzó a alzarse frente a nosotros, una selva de cristal y hierro que prometía refugio, pero yo solo quería escapar de la presión de ese espacio cerrado. Mi pie, actuando por instinto propio, hundió el acelerador. El motor rugió, un eco de mi propia rabia contenida.

—Deberías bajar la velocidad —soltó Rowan. Su voz sonaba aburrida, casi plana, pero sus manos lo traicionaban: sus nudillos estaban tan blancos que parecían a punto de romper la piel del volante imaginario que apretaba.

—Bien —masqué la palabra, sintiendo el sabor amargo de mi propia frustración mientras desaceleraba bruscamente.

Lo vi relajarse por el rabillo del ojo, una distensión muscular que me irritó aún más. ¿Cómo podía tener tanto control sobre su cuerpo cuando yo sentía que me desmoronaba por dentro?

—¿Dónde te dejo? —pregunté, con la voz tan seca que me raspó la garganta.

—En nuestro edificio estará bien. No tengo nada más que hacer —respondió, y el tamborileo de sus dedos sobre sus muslos marcaba un ritmo que me ponía de los nervios.

—Bien —repetí. No tenía más vocabulario. No quería tenerlo.

Entramos al estacionamiento del edificio con una maniobra brusca. En cuanto el motor se detuvo, el silencio se volvió insoportable. No esperé. No le miré. Abrí la puerta y salí disparada, el sonido de mis tacones golpeando el cemento como disparos de advertencia. Necesitaba distancia.

Necesitaba que el aire frío del sótano apagara el incendio que sus comentarios —y los míos, pero que no dije— habían provocado.

Llegué al ascensor y pulsé el botón con una urgencia ridícula. Las puertas empezaron a cerrarse, un alivio momentáneo que se desvaneció cuando una mano grande y firme bloqueó el sensor. Las puertas volvieron a abrirse con un quejido metálico, revelando a un Rowan que no parecía aburrido en absoluto. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos oscurecidos por algo que no supe descifrar si era odio o un deseo desesperado.

Entró en el cubículo, invadiendo mi espacio personal hasta que mi espalda rozó la pared de acero frío. El ascensor comenzó a subir. Me obligué a mirar fijamente los números que cambiaban en el panel, manteniendo mi rostro como una máscara de hielo.

—¿Ah, sí? ¿Ese es el plan ahora? —su voz retumbó en el espacio cerrado, cargada de una ironía mordaz—. ¿Vas a aplicarme la ley del hielo, Evelyn?

Mantuve la vista al frente. Mi corazón golpeaba mis costillas con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo. El aroma de su perfume, una mezcla de madera y algo puramente suyo, me nublaba el juicio.

—Ignórame todo lo que quieras —insistió él, dando un paso más hacia mí. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la vibración de su frustración—. Pero los dos sabemos que esto es una estupidez. No puedes borrarme con silencio.

No le di el gusto de una respuesta. Ni siquiera un parpadeo. La rabia me quemaba, pero mi orgullo era un muro más alto que cualquier rascacielos de Manhattan.

Rowan soltó una risa seca, carente de humor, y retrocedió apenas un centímetro, el suficiente para que yo pudiera volver a respirar.

—Me da exactamente igual —gruñó, cruzándose de brazos—. Dos pueden jugar a este mismo juego. Si quieres guerra de silencios, la tendrás. No eres la única que sabe ser un témpano.

Las puertas se abrieron en nuestro piso con un ding que sonó como la campana de un ring de boxeo. Salí primero, con la cabeza alta y el pulso acelerado. Escuché sus pasos pesados detrás de mí, pero ninguno de los dos volvió a hablar. Él se detuvo ante su puerta y yo ante la mía. El sonido de nuestras llaves girando casi al unísono fue la última declaración de una batalla que estaba lejos de terminar.

Cerré la puerta tras de mí y me apoyé en ella, cerrando los ojos. Y solo cuando el silencio de mi apartamento me envolvió, la adrenalina comenzó a bajar, dejando al descubierto mi torpeza. Busqué instintivamente en mi hombro, pero solo encontré el vacío.

—Genial, Evelyn. No te olvidas la cabeza porque la tienes pegada al cuello —mascullé para mí misma, cerrando los puños.

Había salido huyendo de Rowan con tanta urgencia que mi bolso y mi móvil se habían quedado en el auto. Solté un suspiro cargado de irritación y volví a salir al pasillo, presionando el botón del ascensor con una fuerza innecesaria.

Mientras el cubículo descendía hacia el estacionamiento, el vaivén de vecinos que subían y bajaban se convirtió en un desfile de sombras borrosas. No podía concentrarme. Mi mente era un disco rayado reproduciendo las palabras de Rowan sobre Graham. ¿Cómo era posible? Me quemaba el pecho recordar las atrocidades que, Graham había dicho de mí. Me sentía estúpida. Recordé aquel último año del contrato de alquiler, cargando con los gastos de un apartamento que se sentía como una tumba, aunque no debió extrañarme, siempre fui yo quién cargó con el alquiler mientras él se “estabilizaba” económicamente. Siempre era lo mismo: yo trabajando doble turno, estudiando, ahorrando cada centavo para el sueño de Velvet Vows, mientras él encontraba nuevas formas de vaciar mis bolsillos. Y cuando por fin toqué mi meta… él se encargó de que el suelo desapareciera bajo mis pies.

El ascensor llegó a la última planta con un tintineo metálico. Salí a paso rápido, mis tacones resonando contra el pavimento de hormigón. De pronto, una corriente eléctrica me recorrió la columna, erizándome el vello de la nuca. Era una advertencia pura y dura.




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