Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 18.

_“Cuando el silencio se rompe, solo quedan las verdades que no podemos gritar.”_

Rowan.

Nunca imaginé que el mundo pudiera tambalearse por ver a una mujer romperse, pero con Evelyn, todas mis certezas son arena movediza. Sus emociones son un incendio que amenaza con saltar a mi propia ropa. Cuando abrí la puerta y la vi deshecha, algo en mi estructura se resquebrajó con un sonido sordo. Ante la mínima sospecha de que alguien —quien fuera— pudiera haberle puesto una mano encima, mi instinto se volvió letal. Me descolocó.

Ahora, verla aquí, con esos ojos que suelen ser dagas de hielo convertidos en dos lagunas rojas e hinchadas, me provoca un dolor físico en el centro del pecho. No es cansancio del entrenamiento, es ella. Esta mujer de mirada hipnotizante y cuerpo de ninfa, dueña de una sonrisa que ahora me doy cuenta que es mi droga. Pagaría cualquier precio, cometería cualquier pecado, solo por ver un destello de esa luz en su rostro otra vez.

—Max va a estar bien —solté, y mi propia voz me sonó extraña, carente de la dureza que suelo usar como escudo. Intentaba consolarla, pero era yo quien necesitaba creerlo para dejar de verla sufrir.

—Eso espero —susurró ella. Su voz, rota y pequeña, fue como un hilo de seda tirando de mis entrañas.

Sentí un impulso violento, una necesidad física de dar un paso, envolverla entre mis brazos y esconderla del mundo. Quería protegerla de ese dolor, y me maldije internamente porque el dolor no es tangible. Si fuera un hombre, podría destrozarlo a golpes hasta que la dejara en paz, pero contra una emoción no tengo armas. Suspiré con fastidio, apretando los puños antes de entrecruzar los brazos sobre el pecho. Era una medida de contención. Sabía, con una claridad aterradora, que si la abrazaba ahora, si sentía su calor contra mi camiseta húmeda, ya no querría soltarla nunca.

Y no podía permitirme eso. No todavía. Aún había demasiadas sombras entre nosotros, demasiadas mentiras que quemaban.

—Evelyn —su nombre escapó de mis labios como una exhalación, cargado de una urgencia que no pude frenar. Ya no había vuelta atrás.

—¿Sí? —me miró, y la curiosidad en su rostro afligido me hizo sentir como el peor de los canallas.

Verla así me rompía por dentro, y sabía que lo que iba a preguntar probablemente empeoraría las cosas. No era el lugar, entre el olor a desinfectante y el eco de la clínica, ni el momento, con su mejor amigo luchando por su vida. Pero la duda me estaba carcomiendo las entrañas, infectando cada pensamiento.

—¿Por qué mentiste? —solté, y al ver su confusión, aclaré rápidamente—: Acerca de Max siendo tu novio, quiero decir. ¿Por qué dejarme creer esa estupidez?

Evelyn me sostuvo la mirada. Pude ver el engranaje de su mente trabajando, evaluando cuánto terreno cederme, decidiendo si yo era digno de su verdad o si levantaría el muro de nuevo. El silencio se estiró un minuto eterno en el que no le permití apartar los ojos. Finalmente, sus hombros cayeron ligeramente. Se había rendido.

—Es que... necesitaba una excusa para tu hermano —confesó, y un tinte de vergüenza tiñó sus mejillas pálidas.

—¿Una excusa? —repetí, sintiendo que el aire se volvía más denso—. ¿Por qué?

Se retorció las manos con un nerviosismo que me dio ganas de detenerle los dedos con los míos. Estaba librando una batalla interna, y yo estaba ahí, esperando que el bando de la honestidad ganara.

—Es que... no quería que él supiera que aún seguía sola desde que... —se detuvo, tragando saliva.

El mundo se detuvo. Mi mente se quedó en blanco por un segundo, procesando lo imposible. ¿Cómo una mujer como ella, con esa inteligencia afilada y esa belleza que paraliza el tráfico, podía estar sola? No tenía sentido.

—¿No querías que él supiera qué cosa, Evelyn? —insistí, dando un paso casi imperceptible hacia ella.

—Desde que lo nuestro terminó —soltó al fin, como si las palabras le quemaran la garganta—. No he vuelto a salir con un hombre desde entonces. No he tenido a nadie, Rowan. Se me ocurrió decir que Max era mi novio porque... bueno, él ha sido mi relación más sana. Me da su amor sin condiciones, es mejor que cualquier novio que haya tenido.

Eso era debatible, maldita sea. Un animal podía ser leal, pero no podía darte el fuego, la pasión ni el refugio que un hombre —que yo— podría darle. Pero lo que me golpeó fue la otra parte. Seis años. Seis años de soledad mientras Graham ahora rehacía su vida con una influencer.

Sin embargo, había algo más. Podía verlo en la forma en que evitó mi mirada al final, en cómo su pulso saltaba en su cuello. Me estaba ocultando una pieza del rompecabezas, una sombra que aún no quería dejar salir a la luz, y por mucho que me aliviara saber que no había otro hombre, la sospecha de lo que no decía se me clavó en la piel como una astilla.

Aunque la revelación de que “Max” era un perro me había quitado un peso asfixiante de encima, todavía quedaba una espina clavada, una que picaba con la intensidad de la traición. No podía olvidar la forma en que Graham la miró en la cafetería; no era la mirada de un ex que ha pasado página. Había hambre ahí, un sentido de propiedad que me revolvió el estómago. Mi hermano no le quitaba los ojos de encima, y ver esa conexión silenciosa, ese hilo invisible que todavía parecía unirlos, me molestó mucho más de lo que la lealtad fraternal debería permitir.

Necesitaba llegar al fondo de esto. No solo por Graham, sino por la forma en que mi propio cuerpo reaccionaba ante ella, como si cada poro de mi piel exigiera una exclusividad que no tenía derecho a reclamar. Mis celos no eran racionales, eran animales; una mezcla de rabia y deseo que me hacía querer marcar territorio frente a mi propia sangre.

Evelyn.

No le había mentido del todo, pero omitir la verdad se sentía como una traición igual de pesada. ¿Cómo podía explicarle que la mentira de “Max el novio” nació de una herida abierta y una vergüenza paralizante? No podía culparlo por creerle a su hermano; al final del día, la sangre tira más que una desconocida con la que pelea en ascensores. Pero la realidad era mucho más retorcida: Graham no solo me había humillado hace seis años, sino que ahora, entre susurros y miradas a escondidas de su prometida, prácticamente me había rogado que volviéramos.




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