Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 20.

_“Hay besos que son un bautismo de fuego y palabras que son una sentencia de muerte.”_

Rowan.

“Esto está mal”. Fue el primer grito de mi conciencia, una advertencia que sonó como una sirena de emergencia en medio de la niebla. Y fue, también, lo primero que decidí ignorar. Porque, ¿cómo demonios podía estar mal algo que se sentía tan devastadoramente correcto?

Al besarla, el mundo dejó de ser un lugar de deudas y rencores. Evelyn sabía a una mezcla de vulnerabilidad y fuego, un sabor que se filtraba por mis venas como un veneno dulce. Sus labios eran suaves, pero su respuesta fue urgente, casi desesperada, y eso me prendió fuego por dentro. Sentirla así, pequeña y firme entre mis brazos, me hacía sentir que por fin había encontrado el norte en una brújula rota. Estar en sus labios era, literalmente, probar el cielo mientras caía en picado al infierno.

Pero en el fondo, la culpa me mordía las entrañas. Ella era la mujer que había destrozado a Graham. La que había pisoteado sus sueños y le había arrebatado la estabilidad que tanto le costó construir… o eso era lo que yo me repetía. Porque mientras mi lengua se enredaba con la suya, una duda traicionera florecía en mi mente: Evelyn no encajaba en la descripción de Graham. Sus manos temblaban con una honestidad que no se puede fingir. Pero, ¿cómo podía no creerle a mi propio hermano? ¿Cómo podía elegir a una extraña por encima de mi sangre?

El beso se volvió salvaje, una batalla de necesidad pura. Sentí sus manos, pequeñas y decididas, tirando de mi camiseta hacia arriba. Me separé lo justo para que se deslizara por mi cabeza y, cuando su piel desnuda tocó la mía, solté un gruñido de puro dolor y placer. Sus dedos trazaban mis músculos con una reverencia que me hacía querer entregarle todo, mientras mis manos se deslizaban bajo su blusa, encontrando la seda de su piel, quemándome con su calor.

Era demasiado. Era perfecto. Era una traición.

Me aparté de golpe, como si su tacto acabara de convertirme en cenizas. El frío de la cocina me golpeó el pecho desnudo, devolviéndome a la realidad de un bofetón. Nos quedamos allí, a centímetros, con el aire escapando de nuestros pulmones en jadeos erráticos, mirándonos como dos supervivientes de un naufragio. Sus ojos estaban nublados de pasión, sus labios hinchados por los míos… y yo quería volver a hundirme en ella. Mi cuerpo gritaba por dar un paso más, pero mi mente finalmente recuperó el mando.

Busqué mi camiseta en el suelo con movimientos torpes, sintiéndome expuesto. Me la puse como si fuera una armadura que ya no podía protegerme.

—¿Qué pasa? —preguntó ella. Su voz era un hilo fino, tembloroso, cargado de una confusión que me partió en dos.

Me obligué a verla. Tenía el cabello revuelto y las mejillas encendidas. Verla así, tan afectada como yo, fue lo más difícil. Podía ver el deseo brillando en sus pupilas, la misma hambre que me estaba devorando, pero tuve que levantar el muro.

—Nada —dije, tratando de que mi voz no delatara el temblor de mis manos—. No sucede nada… y esto no debió pasar.

Hice un gesto vago con la mano, señalando el espacio entre nosotros, la cocina, el desastre de comida a medio preparar. Todo lo que acabábamos de construir en cinco minutos.

—¿A qué te refieres? —Ella se esforzó por recomponerse, pero sus ojos la traicionaron. Vi cómo el brillo del deseo se apagaba para dar paso a un miedo líquido, a un dolor que empezó a deformar su expresión.

Sentí un nudo de hierro apretándome el estómago. Verla desmoronarse por mi culpa me hacía sentir como un criminal, un idiota que acababa de disparar al único refugio que tenía.

—A todo, Evelyn. A todo lo que acaba de suceder —mi pecho dolía, una presión sorda que me dificultaba el habla—. No se suponía que pasara nada entre nosotros. Tú y yo… esto fue un error. Un error terrible.

La palabra error salió de mi boca como una bala de plata. Vi el momento exacto en que la alcanzó. El rostro de Evelyn se contrajo; el dolor que vi en sus ojos fue tan real y tan crudo que tuve que desviar la mirada. Se veía pequeña, rechazada en su propio hogar, humillada por el hombre que hacía un segundo la besaba como si fuera su vida entera.

En mi interior, me sentía como si estuviera traicionando a Graham cada vez que mi corazón latía por ella, pero al verla así, me di cuenta de que la verdadera traición era la que me estaba haciendo a mí mismo. Le había dado el cielo solo para dejarla caer contra el suelo frío, y el peso de su mirada rota era algo que, sabía, me perseguiría mucho después de que cruzara esa puerta.

Evelyn.

Me quedé petrificada, con la piel todavía ardiendo por el roce de sus manos y los labios entumecidos por una pasión que, hace apenas cinco segundos, parecía una fuerza de la naturaleza. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía besarme como si yo fuera el aire que necesitaba para no morir, para luego soltarme como si fuera veneno?

Miré a Rowan a los ojos, buscando desesperadamente una grieta en su armadura, un destello del hombre que me había sostenido contra su pecho con una urgencia aterradora. Pero no encontré nada. El verde agua de sus pupilas se había vuelto turbio, frío, como un mar embravecido que oculta sus naufragios bajo una superficie gélida.

—Dime la verdad —exigí, aunque mi voz me traicionó con un temblor que delataba cuánto se me estaba rompiendo el alma. Rodeé la isla de la cocina, acortando la distancia hasta quedar a un metro de él, sintiendo el vacío donde antes estaba su calor—. ¿Esto es por lo de Max? ¿Por mi estúpida mentira? Porque puedo explicártelo ahora mismo, Rowan, puedo decirte por qué tuve que inventar…

—No es solo eso, Evelyn —me cortó. Su voz no era solo dura; era cortante, una cuchilla que separaba el “nosotros” que casi existió de la realidad—. Eso es solo la punta del iceberg. El problema no es que mintieras hoy, o antes. El problema es quién eres tú.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.