Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 21.

_“Entre la lealtad a la sangre y el hambre de lo prohibido.”_

Al principio, el aire se negó a entrar en mis pulmones. Tuve que obligarme a cerrar la boca, que se había quedado abierta en una “O” ridícula, y parpadear varias veces para confirmar que la visión frente a mí no era una alucinación producto de mi agotamiento. Verifiqué el número de la puerta con una mirada errática; sí, era la de Rowan. Pero la mujer que la custodiaba parecía pertenecer a un universo donde el desastre que yo cargaba encima no existía.

—Estoy buscando a Rowan —logré decir. Mi voz no fue más que un susurro quebrado, una sombra de la determinación con la que había cruzado el pasillo.

La rubia me barrió con una mirada gélida, de esas que te hacen notar que llevas los pies descalzos y el cabello enredado. Se acomodó un mechón de aquel rubio platino con una parsimonia insultante antes de dignarse a responderme.

—Acaba de salir —dijo con una voz pastosa, cansada, como si la hubieran interrumpido en medio de algo sumamente íntimo—. No creo que tarde. ¿Quieres dejarle algún recado… o prefieres pasar a esperar?

Esa invitación implícita, esa seguridad de dueña de casa, fue como un puñal de hielo en mi estómago. Hace una hora él quemaba mi piel en la cocina, y ahora ella ocupaba su sofá.

—Yo… no. Será mejor decirle en persona lo que vine a decirle —comencé a retroceder, sintiendo cómo el pasillo se hacía más largo y asfixiante. Pero la curiosidad, esa mezcla de masoquismo y orgullo, me obligó a preguntar—: Por cierto, ¿quién eres tú?

La mujer inclinó la cabeza, observándome como si fuera un espécimen curioso, decidiendo si yo valía el esfuerzo de una presentación formal.

—Soy Ellis —soltó al fin, con una sonrisa lúbica que no llegó a sus ojos—. ¿Y tú eres…?

—Evelyn. La vecina de Rowan —omití la parte en la que era la mujer que casi se entrega a él hace unos minutos.

Me di la vuelta y caminé hacia mi puerta sintiendo que el suelo se movía. Una vez dentro, cerré con llave y me apoyé contra la madera, dejando que la oscuridad de mi recibidor me tragara. El peso de la realidad cayó sobre mí con una violencia insoportable. Una hora. Solo había necesitado una hora para pasar de mi boca a la compañía de esa mujer de pasarela.

—¿Y qué esperabas, Evelyn? —me increpé en voz alta, mi voz resonando hueca—. No son nada. Él te lo dijo: fue un error. Para él fue un desliz con la “villana”, para ti… fue el principio de un incendio que ella ya está apagando.

Me sentí pequeña, estúpida y patética. El dolor en el pecho era tan real que me encogí, buscando a Nala. La gata se acercó a mis pies, restregándose contra mis tobillos, y al agacharme para recogerla y hundir mi rostro en su pelaje en busca de consuelo, algo llamó mi atención.

Bajo la mesita de caoba que está junto a la puerta, sobresalía una esquina blanca.

Extrañada, dejé a Nala en el suelo y recogí el sobre. Estaba arrugado, como si alguien lo hubiera deslizado con prisa por debajo de la puerta. Al darle la vuelta, mis dedos rozaron un manchón pegajoso y verdoso que teñía el papel. Fruncí el ceño, y entonces me di cuenta a lo que pertenecia.

Me quedé allí, de rodillas sobre la alfombra, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en ese pequeño trozo de muerte: un pétalo marchito, de un tono violáceo oscuro con los bordes amarillentos, que descansaba cerca de la pata de la mesa.

El corazón me dio un vuelco errático, golpeando mis costillas como si quisiera escapar. Ese color y esa textura. Era el mismo residuo pegajoso y letal que el veterinario me había mostrado en la muestra de Max. No había sido un descuido en el parque ni una planta mal ubicada en el balcón.

—Conque así fue como lo hiciste —murmuré hacia la nada, con una voz que no reconocí, cargada de una furia gélida que barrió por completo mis celos por Ellis.

Mis manos temblaban mientras tomaba el sobre. Con dedos decididos, ignorando el asco que me provocaba el manchón verdoso, lo abrí. Dentro encontré un trozo de papel que, a diferencia del sobre, estaba prolijamente doblado, casi con una delicadeza psicópata. Al desdoblarlo, el fondo color crema gritó elegancia, pero las palabras escritas sobre él me helaron la sangre. Estaban garabateadas en un carmesí tan profundo y brillante que las letras parecían sangrar sobre el papel.

Estás advertida, Winslow. Aléjate de Graham si sabes lo que te conviene. Pareces una mujer lista.

P.D.: ¿Cómo está tu mascota?”

—Oh, Dios mío… —El suspiro salió de mis labios como un lamento.

Un escalofrío me recorrió la columna. Ese demente había planeado cada paso, vigilado mi puerta e incluso envenenado a Max solo para enviarme un mensaje. Pero lo más absurdo, lo que hacía que mi cabeza diera vueltas, era la advertencia: Aléjate de Graham. ¿Graham? ¡Ni siquiera estaba saliendo con él! Era mi ex, el hombre que me había dejado y el novio de la boda que yo misma estaba organizando.

Con un movimiento brusco, guardé la nota en el cajón de la mesa de entrada y lo cerré de un golpe, como si al esconder el papel pudiera ocultar la maldad que emanaba de él.

Necesitaba moverme para distraerme, necesitaba que mis manos hicieran algo para que mi mente no colapsara bajo el peso del miedo.

Caminé hacia la cocina con pasos mecánicos. El desastre que habíamos dejado allí sería mi distracción. La tabla de picar, el aroma ya frío del risotto y el recuerdo de las manos de Rowan me invadieron como un tifón. Tomé una esponja y comencé a fregar la encimera con una fuerza innecesaria, intentando borrar no solo las manchas, sino la sensación de su beso y la imagen de la rubia en su puerta.

—¿Quién podría ser? —pregunté en voz alta, y mi voz resonó hueca entre las paredes de azulejos—. ¿Quién demonios se siente amenazada por mí y Graham ahora mismo?




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