Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 22.

_“Un corazón que arde por deseo es el blanco más fácil para el odio.”_

Evelyn.

La alarma sonó por tercera vez, un martilleo implacable que parecía perforar mi cráneo. Enterré el rostro en la almohada, deseando que el tiempo se detuviera. Esa mañana el calendario gritaba una cita que me revolvía el estómago: la reunión final con Madison y los hermanos Sinclair. Ver a Graham sería irritante, pero ver a Rowan… ver a Rowan después de lo que pasó en mi cocina, se sentía como caminar voluntariamente hacia un campo de minas. No tenía energía, no tenía valor, pero no podía fallarle a Madison, y Velvet Vows no se mantenía en la cima con ausencias injustificadas.

Me arrastré fuera de las sábanas de seda con la pesadez de quien lleva el mundo a cuestas. En el baño, el reflejo en el espejo me devolvió a una mujer que apenas reconocía: ojos ligeramente hinchados y labios que todavía parecían guardar el calor de un error prohibido. Entré en la ducha y dejé que el agua casi hirviendo golpeara mi espalda, intentando que el vapor se llevara el recuerdo de la rubia en la puerta de al lado y el sabor metálico del miedo que me dejó la nota carmesí.

Salí del baño y me puse lo primero que logré encontrar decente: un traje sastre de dos piezas en color crema, tacones de aguja que me hacían sentir un poco más alta que mis inseguridades y un labial rojo tan intenso que servía como advertencia. Me vendé el dedo con cuidado, ocultando la herida física bajo la tela, aunque la emocional seguía abierta y palpitante.

Al llegar al ascensor, el hábito me hizo buscar las llaves en el bolso, hasta que la realidad me golpeó: mi auto estaba en el taller tras el “accidente” de las llantas. Anoche, entre sollozos y café frío, logré gestionar la grúa, y me habían prometido que estaría listo al final del día. Pulsé el botón del lobby con una punzada de frustración; odiaba depender de otros para moverme.

—Un taxi, por favor —le pedí al conserje en cuanto las puertas se abrieron.

Minutos después, estaba sentada en la parte trasera de un sedán amarillo que olía a pino barato y café recalentado. Apoyé la frente contra el cristal frío, observando cómo Nueva York despertaba en su caos habitual. Los rascacielos pasaban como gigantes indiferentes a mi drama personal. Cada semáforo en rojo era un recordatorio de que me acercaba al epicentro del desastre.

El trayecto fue una tortura silenciosa, mi mente no dejaba de barajar posibilidades como si fueran cartas marcadas: ¿Quién me envió esa nota? ¿Quién fue lo suficientemente retorcido para usar a Max como cebo? Para cuando el taxi frenó frente a la fachada de cristal de Velvet Vows, sentía que una migraña del tamaño de Manhattan se instalaba detrás de mis ojos, pulsando con cada latido.

Pagué al taxista con dedos torpes y bajé del auto, entornando los ojos ante la hiriente luz de la mañana. Al entrar en el local, el cambio de temperatura y el aroma a flores frescas me marearon un poco. Maya estaba allí, organizando unas carpetas sobre la mesa de entre los sofás. Se veía impecable, descansada, un contraste doloroso con cómo me sentía yo.

—Maya —solté, y mi voz sonó mucho más quebrada y aliviada de lo que pretendía —Ya regresaste.

—¡Evelyn! —exclamó ella, girándose con una sonrisa brillante que se apagó un poco al ver mi rostro—. Sí, regresamos anoche. Mandé a Jordán a casa; el pobre condujo todo el camino y parecía un zombi.

—Hiciste bien, se merece el descanso —respondí distraída, recorriendo el salón con la mirada, temiendo y deseando encontrarme con unos ojos verde agua.

—Si buscas a la comitiva real… —Maya arqueó una ceja perfectamente depilada—, les dije que tú jamás llegas tarde y que, si no estabas aquí, era por una crisis de fuerza mayor. Madison hizo un pequeño puchero, pero logré reprogramarlos para mañana temprano.

—Gracias, de verdad —suspiré, dejando caer los hombros. Era un respiro que no sabía cuánto necesitaba.

Pero Maya me conocía demasiado bien. Dejó las carpetas en la mesa y se acercó a mí, entrecerrando los ojos con esa mirada analítica que parecía perforar mi maquillaje de alta cobertura.

—¿Y a ti qué te pasa? —soltó sin preámbulos—. Te ves fatal.

—Estoy bien, solo fue una noche larga —mentí, mirando hacia la sala de juntas, temiendo que alguno de los hermanos entrara.

—A mí no me parece que estés bien —Maya me estudió con una preocupación genuina, nada de juegos.

No respondí. Me limité a apretar la correa de mi bolso, pero mi silencio fue una confesión a gritos.

—Es un hombre —sentenció ella, cruzándose de brazos con una chispa de triunfo y preocupación—. ¿Tiene que ver con Rowan Sinclair?

La miré de golpe, sintiendo que el pulso se me aceleraba. ¿Tenía una bola de cristal? O simplemente yo era demasiado fácil de leer.

—¿Por qué dices eso? —pregunté, intentando mantener la voz neutral.

—No sé, quizá porque hoy parecía un león enjaulado —comentó Maya, bajando un poco la voz—. Estaba extrañamente tenso, preocupado porque no aparecías. Y cuando Graham, con esa voz de idiota que tiene, preguntó si yo sabía dónde te habías metido… juraría que su hermano mayor estuvo a un segundo de estamparle el puño en la cara. La tensión entre esos dos se podía cortar con un cuchillo de cocina.

Sentí un escalofrío. ¿Rowan casi golpea a Graham por preguntar por mí? ¿Era por el beso, por la culpa, o por la mujer que lo esperaba en su cama? El corazón me dio un vuelco doloroso.

—Maya, ven conmigo —le hice un gesto con la cabeza hacia mi oficina privada.

Una vez dentro, con la puerta cerrada y el mundo exterior en pausa, me derrumbé en mi silla. Necesitaba soltarlo. Necesitaba que alguien me recordara que no estaba loca. Le conté todo: sobre Rowan cocinando en mi casa, el roce de sus manos, la explosión de ese beso que me hizo olvidar quién era… y el frío ártico de su rechazo cuando mencionó a su hermano. Omití lo del acosador, el auto, la nota y el veneno de Max; ese horror era un peso que todavía no estaba lista para compartir, una sombra que quería mantener lejos de mi mejor amiga.




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