_“El eco de una vida de mentiras se apaga bajo el rugido de una furia que no conoce el perdón.”_
Acepté el casco morado como quien firma un pacto con su propio verdugo. Rowan me ayudó a ajustarlo, sus dedos rozaron mi barbilla con una lentitud tortuosa, una caricia accidental que me hizo cerrar los ojos y contener el aliento. Cuando terminó, palmeó el asiento de cuero de la Triumph.
—Sujétate fuerte, Winslow. No tengo intención de ir despacio.
Me subí a la “monstruosidad” con una torpeza que él corrigió tomándome de la cintura para acomodarme, sus manos firmes marcando mi piel a través de la tela crema del traje. Al principio, mantuve una distancia prudencial, pero en cuanto el motor soltó un rugido gutural y la moto saltó hacia adelante, la inercia me obligó a estamparme contra su espalda. Mis brazos rodearon su torso por instinto, mis manos se entrelazaron sobre el cuero de su chaqueta y mis muslos se apretaron contra los suyos, buscando un anclaje en mitad del caos.
El viaje fue un delirio de luces borrosas y viento cortante que silbaba contra el visor. Nueva York se convirtió en un túnel de neón, pero mi mundo se redujo drásticamente al calor que emanaba de Rowan. Sentir la vibración de la máquina entre nosotros era casi indecente; cada vez que él aceleraba, el tirón me obligaba a pegarme más a él, hundiendo mi rostro en el hueco de sus hombros. Podía sentir sus dorsales tensarse bajo mis dedos, la fuerza bruta con la que dominaba la bestia de acero, y por primera vez en días, el terror al acosador fue desplazado por un hambre mucho más peligrosa.
No era solo seguridad lo que sentía. Era una conexión eléctrica, física, que me recordaba que estaba viva. Mientras sorteábamos el tráfico, apreté más mis manos contra su abdomen, deleitándome en la dureza de su cuerpo. Rowan no se quejó; al contrario, sentí cómo soltaba una mano del manubrio por un segundo para presionar mis brazos contra él, asegurándome.
Cuando finalmente llegamos al edificio, Rowan frenó con una precisión quirúrgica que me hizo sacudirme contra él una última vez. El silencio que siguió al apagarse el motor fue ensordecedor, roto solo por el clic-clic del metal enfriándose. Bajé de la moto con las piernas temblando, una debilidad que no sabía si atribuir a la vibración del motor o a la cercanía asfixiante de su cuerpo.
Rowan se quitó el casco, despeinando su cabello oscuro con un gesto distraído, y me miró con una intensidad que me robó el poco oxígeno que me quedaba.
—¿Sigues entera, Winslow? —preguntó con una sonrisa ladeada, aunque sus ojos no se reían; me escaneaban de arriba abajo.
—A duras penas —logré articular, entregándole el casco morado con dedos torpes.
Caminamos hacia el lobby en un silencio cargado de electricidad estática. Al entrar al ascensor, el espacio se volvió súbitamente minúsculo. Las puertas metálicas se cerraron con un siseo, aislándonos del resto de la ciudad. El ligero tirón del ascenso hizo que el perfume de Rowan —ese aroma a bosque, asfalto y una masculinidad arrolladora— llenara el cubículo, nublándome el juicio.
Me miré en el espejo del ascensor y me horroricé. Tenía el cabello revuelto, el traje sastre arrugado y restos de una batalla interna en los ojos. Rowan estaba detrás de mí, observando mi reflejo con una fijeza perturbadora. Su mirada bajó por mis hombros hasta detenerse en mis manos, que apretaban el bolso con una fuerza que blanqueaba mis nudillos.
—Estás temblando —notó él. Su voz resonó en las paredes de metal, profunda y vibrante, golpeándome en el pecho.
—Ha sido un día largo, Rowan. Solo eso —mentí, aunque el temblor no era de agotamiento. Era la expectativa de tenerlo a centímetros y la certeza de que en algún lugar, alguien seguía todos y cada uno de mis pasos.
—Evelyn —pronunció mi nombre como si fuera una sentencia o un secreto prohibido. Se dio la vuelta, quedando frente a mí, obligándome a despegar la espalda de la pared fría—. No es solo el día largo. Me ocultas algo. Lo veo en cómo saltas ante cada ruido, en cómo tus ojos buscan las sombras.
El ascensor marcó nuestro piso con un ding suave, pero el sonido se sintió como un disparo en aquel silencio cargado. Las puertas se deslizaron, invitándonos a salir al pasillo alfombrado, pero el brazo de Rowan se interpuso como una barra de acero, bloqueando mi paso. Su cercanía era un muro de calor y autoridad.
—Y también está lo de tus rodillas —soltó él con el ceño fruncido, su voz vibrando con una aspereza protectora—. ¿Creíste que no lo noté ahí abajo, en el estacionamiento?
Me quedé helada. No creí que entre las sombras y el rugido del motor hubiera sido capaz de ver los pequeños cortes y el roce del cristal en mi piel, pero había menospreciado su instinto. Rowan no solo miraba, él observaba, diseccionaba ycazaba detalles.
—No estaba tratando de ocultarlo —dije, irguiendo el mentón a pesar de que el corazón me iba a mil—. Solo no quería mencionarlo. No ahora.
—¿Y acaso eso no es lo mismo, Evelyn? —Su tono subió una octava, cargado de una frustración que bordeaba la desesperación—. Joder, ¿qué voy a hacer contigo?
Me sostuvo la mirada un segundo eterno, un duelo de voluntades donde el deseo y la rabia chispeaban como cables pelados. Finalmente, retiró el brazo y me dejó pasar, siguiéndome de cerca. Pero al llegar a mi puerta, se desvió hacia la suya con un movimiento fluido.
—Enseguida te alcanzo —dijo, encajando su llave con una precisión violenta—. Cuando te vendé el dedo, noté que tu botiquín era un chiste. Traeré provisiones del mío. Tú adelántate y no cierres con seguro.
Crucé el umbral de mi apartamento y, antes de que pudiera soltar el aire, una punzada de alarma me recorrió la espina dorsal. Había algo profundamente mal en el aire. No era solo el aroma denso y rancio de una salsa quemándose en la cocina, sino el sonido: una balada lenta, melosa y decadente que flotaba en el salón. Yo nunca usaba la radio; el silencio era mi único refugio, y ahora alguien lo había asesinado.
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Editado: 08.03.2026