_“Cariño, carmín y traición: las cenizas de un compromiso perfecto.”_
Los primeros rayos de sol se filtraban por la rendija de la cortina mal cerrada, dibujando líneas de polvo dorado en el aire de la habitación. Me despertaron con una suavidad que contrastaba con la violencia de las horas pasadas, pero decidí que no iba a abrir los ojos. Todavía no.
No cuando el mundo se sentía, por primera vez en años, como un lugar seguro.
Rowan me envolvía en sus brazos, una jaula de calor y músculos firmes que me mantenía anclada a la realidad. Mi espalda estaba presionada contra su pecho desnudo y podía sentir el ritmo constante y pausado de su corazón golpeando contra mis omóplatos. Era una música hipnótica. Me deleité en la sensación de su piel contra la mía, en el peso de su brazo rodeando mi cintura como si temiera que fuera a evaporarme con la luz del día.
Con una lentitud agónica, cuidando de no romper el hechizo de su sueño, comencé a girarme entre las sábanas. Mis movimientos fueron milimétricos, conteniendo el aliento cada vez que él soltaba un suspiro profundo. Finalmente quedé de frente a él.
Me apoyé sobre un codo y me dediqué a lo que mejor sabía hacer: observarlo.
A la luz de la mañana, Rowan Sinclair no parecía el dios de la guerra que había destrozado a su hermano en mi cocina. Sus facciones estaban relajadas; la mandíbula, siempre tensa, ahora cedía a la calma del descanso. Seguí con la mirada la cicatriz de su ceja, el puente recto de su nariz y la curva de sus labios, que aún conservaban el rastro de nuestros besos. Había una nobleza en su rostro que me dolía en el pecho, una vulnerabilidad que solo yo tenía el privilegio de presenciar.
Me perdí tanto en el mapa de su piel que no noté cuando su respiración cambió.
—Si sigues mirándome así, Winslow, voy a tener que denunciarte por acoso… o algo peor —murmuró con una voz ronca, espesa por el sueño, sin siquiera abrir los ojos.
Una risita involuntaria se me escapó, vibrando en el espacio que nos separaba.
—¿Ah, sí? ¿Y qué pruebas tienes, Sinclair? —le susurré, acercándome más.
Rowan entreabrió los ojos, revelando ese verde agua que ahora, bajo el sol, parecía un océano en calma. Una sonrisa perezosa y ladeada estiró sus labios antes de que su mano subiera a mi nuca, atrayéndome hacia él con una urgencia suave. Me dio un beso; no fue como los de la noche anterior, cargados de hambre y desesperación, sino un beso tierno, largo, que sabía a promesa y a café imaginario.
Nos quedamos allí, enredados en las sábanas revueltas, simplemente admirándonos. Sus dedos trazaban patrones invisibles en mi brazo, y yo me perdía en la profundidad de su mirada, dándome cuenta de que el apetito de anoche había mutado en algo mucho más profundo y peligroso para mi cordura.
—Tengo que ducharme —anunció él finalmente, aunque no hizo el menor intento de soltarme.
—Mientes. No quieres moverte de aquí —le desafié con una sonrisa.
—Tienes razón, no quiero —admitió, dándome un último beso rápido en la punta de la nariz antes de incorporarse con una agilidad envidiable.
Se levantó de la cama, mostrándome la perfección de su espalda y el rastro de mis propios arañazos en su piel, un recordatorio silencioso de la pasión que nos había consumido. Se dirigió al baño y escuché el sonido del agua comenzando a caer.
Me quedé un segundo a solas con mis pensamientos, mirando el sitio vacío que acababa de dejar. Pero el frío de la ausencia fue más fuerte que mi pereza. Me envolví en una sábana, caminé hacia la puerta del baño y me apoyé en el marco, observando a través del vapor cómo él se sumergía bajo el chorro de agua.
Rowan se giró, me miró de arriba abajo con una chispa de deseo volviendo a encenderse en sus ojos y apartó la mampara, extendiéndome una mano empapada.
—¿Vienes? —preguntó, y su voz no aceptaba un no por respuesta.
No lo dudé. Dejé caer la sábana y entré con él, dispuesta a que el agua terminara de lavar los restos del pasado para empezar, de una vez por todas, nuestro presente.
Bajo el chorro de agua caliente, el mundo volvió a reducirse a nosotros dos. No hubo preguntas, ni fantasmas, ni deudas del pasado, solo el contacto de sus manos enjabonadas recorriendo mi piel con una devoción que me hacía sentir eléctrica. La ducha fu un refugio de vapor y caricias lentas, donde el agua lavó el cansancio de la batalla y nos dejó con una paz extraña, casi irreal.
Al salir, el frío del aire golpeó mi piel húmeda, pero Rowan estaba allí para envolverme en una toalla antes de rodearme con sus brazos una vez más.
—Ahora —dijo, dándome un beso rápido y húmedo en el hombro—, voy a ver qué puedo hacer por ese “hambre atroz” que mencionaste anoche. Aunque, siendo sinceros, Winslow, dudo que tu nevera sea más generosa que tu botiquín.
Solté una risotada mientras me ponía una bata de seda.
—No me juzgues. Mi vida es una carrera constante; la cocina es solo un lugar por el que paso de camino al café.
Me senté en la isla de la cocina, observándolo con una taza de café humeante entre las manos —lo único que realmente sabía que funcionaba en mi casa—. Rowan, ahora vestido solo con sus pantalones de ayer y el torso desnudo, comenzó a saquear mis estantes con la eficiencia de un explorador.
—Veamos… —murmuró, abriendo la nevera y quedándose pensativo frente al vacío casi absoluto—. Medio cartón de huevos, un trozo de queso que parece tener más años que yo, y… ¿es eso media cebolla morada?
—¡Oye! Hay un paquete de pan artesano al fondo —me defendí, divertida por su expresión de horror gastronómico.
—Pan artesano que probablemente se use como arma de defensa personal —bromeó él, sacándolo y golpeándolo ligeramente contra la encimera. Suspiró, pero sus ojos brillaban con ese hoyuelo que me embobaba —. Está bien. Un Sinclair nunca retrocede ante un desafío. Siéntate y admira al maestro.
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Editado: 30.03.2026