Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 27.

_“Cuando el amor se rompe por un capricho, los fragmentos resultantes suelen ser más afilados que cualquier cuchillo.”_

El mundo a mi alrededor se volvió borroso. Las voces de Rowan y Cora se convirtieron en un eco lejano mientras mis ojos no podían despegarse de esa boca que ahora se movía, maquillada con el color de mi peor pesadilla.

—¿Graham hizo qué? —La voz de Rowan tronó, llena de una incredulidad furiosa—. ¿Cuándo paso?

—Anoche —escupió Cora, y el asco en su voz era casi tangible—. Dice que se dio cuenta de que su corazón pertenece a otro lugar. A otra persona. Rompió con ella así, sin más, sin darle el derecho a defenderse, como quien desecha un vestido viejo.

—Oh, por Dios… —murmuré. El aire en Velvet Vows se volvió pesado, cargado de una ironía cruel. Madison sufría por el abandono de un hombre que, apenas unas horas antes, me había acorralado en mi propia cocina.

Atraje la atención hacia mí, algo que detestaba en este momento de exposición, pero no pude evitarlo. Rowan me miró de reojo, su mandíbula apretándose tanto que temí que se fracturara.

—¿Cómo está ella? ¿Cómo está Madison? —pregunté, mi voz apenas un susurro de culpabilidad indirecta.

Cora me miró a los ojos. Su hostilidad se derrumbó de golpe, reemplazada por una tristeza profunda que le empañó la mirada. Sus dedos comenzaron a retorcerse con un nerviosismo frenético, delatando una ansiedad que me partió el alma.

—La verdad… no está nada bien —dijo, y su voz apenas superó el ruido del tráfico exterior—. Hoy no quiso desayunar. Ni siquiera… ¡ni siquiera realizó su transmisión en vivo! —exclamó con un ímpetu desesperado, como si el silencio digital de Madison fuera la señal definitiva del apocalipsis.

—Joder —masculló Rowan, pasando una mano por su nuca y alborotando aún más su cabello oscuro—. Mi hermano metió la pata hasta el fondo. Esto es un desastre.

—Lo es —asintió Cora, recuperando un poco de firmeza—. Ahora Mady está obsesionada con descubrir quién es “la otra”. Yo le dije que no vale la pena, que ese tipo no merece ni un segundo de su energía. De hecho… —hizo una pausa, mirando a Rowan con timidez—, no quiero ofenderlo, señor Sinclair, pero siempre supe que esto terminaría mal. Le aconsejé que no aceptara la propuesta de Graham desde el primer día.

Rowan arqueó una ceja, genuinamente curioso. Los celos que sentía por la intrusión de su hermano se mezclaron con el interés por la perspectiva de Cora.

—No me ofendes, créeme. Pero, ¿por qué estabas tan segura?

—Es que… su hermano es extraño. Hay algo vacío en su forma de mirar. Nunca me dio la impresión de que realmente amara a Mady, él amaba la imagen que ella proyectaba. Y ahora lo confirmo.

El silencio que siguió fue espeso, de esos que dificultan la respiración. Pero mientras ella hablaba, algo en mi interior cambió. Observé la sinceridad cruda en sus gestos, la lealtad feroz hacia su amiga, y ese grito interno que me decía que ella era mi acosadora se apagó por completo. Cora no era una villana, ella solo era una mujer protegiendo a otra.

—Cora —la llamé, rompiendo el trance. Ella me miró con curiosidad—. ¿Dónde conseguiste ese labial?

Se llevó los dedos a los labios de forma refleja, sin llegar a tocarlos, y una chispa de alegría genuina iluminó su rostro cansado.

—¿Te gusta? Quiero decir… ¿le gusta? —se corrigió de inmediato, volviendo a su timidez habitual.

—No te preocupes, puedes tutearme —le dije con una sonrisa suave para tranquilizarla—. Te queda increíble. Es un color muy potente, te da mucha fuerza. Por eso me preguntaba dónde lo habías comprado.

—Oh, en realidad no sé ni qué marca es —se lamentó, buscando atropelladamente en sus bolsillos hasta sacar un trozo de papel arrugado—. Venía hacia aquí y una vendedora de cosméticos me abordó en la calle. Me ofreció una prueba gratis y me dio este volante.

Tomé el papel. Era publicidad de una nueva marca de gama alta que estaba inundando la ciudad con muestras gratuitas. Mi pulso se normalizó. El “rojo zorra” no era una firma personal, era una epidemia de marketing.

—La verdad es que es un tono muy popular últimamente… —comentó Cora, y de repente, su postura cambió. Se enderezó, y sus ojos brillaron con un conocimiento experto—. Es la tendencia del “Rojo Poder”. Dicen que hay uno para cada mujer. Este es un Carmesí Profundo con subtonos azules, ideal para pieles pálidas como la mía. Si fuera un poco más hacia el Escarlata Alarma, se vería ordinario, ¿entiendes? Y ni hablar del Bermellón; ese tiene demasiada base naranja, es para el verano.

Me quedé fascinada. Cora no estaba solo hablando; estaba dando una cátedra. Su voz se volvió fluida, segura, apasionada.

—Incluso Madison usa el Rojo Rubí para sus eventos de gala porque tiene ese acabado aterciopelado que… —Cora se detuvo en seco, tapándose la boca con la mano. Su rostro pasó de la emoción al rojo más intenso de su paleta de colores—. ¡Ay, lo siento! Me olvidé de con quién estaba hablando… es que he aprendido mucho estando cerca de ella y… perdón.

—No pidas perdón por tener talento, Cora —le dije, y lo decía en serio—. Tienes un ojo clínico para esto. Deberías pensar seriamente en trabajar como maquilladora o consultora de imagen.

—¿De verdad? —susurró, y la esperanza en su voz fue la cosa más hermosa que escuché en toda la mañana.

—Por supuesto. Es más, si te interesa, podrías empezar aquí mismo. Maya necesita a alguien con ese nivel de detalle para que la ayude. Podrías aprender de ella y, honestamente, creo que ella podría aprender un par de cosas de ti.

—Pero… yo no tengo una carrera. Ni siquiera fui a la universidad —dijo, bajando la cabeza.

—Cora, mírame —le pedí, esperando a que sus ojos conectaran con los míos—. Yo no contrato títulos colgados en una pared. Contrato instinto y talento bruto. Y tú tienes de sobra. Piénsalo. Si algún día decides dar el salto, tienes un lugar en Velvet Vows.




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