_“Hay amistades que nacen del afecto, y otras que necesitan un golpe de espátula para romper el hielo.”_
El zumbido del ascensor subiendo hacia mi piso parecía acompasarse con el latido de mi propio corazón. Max estaba inquieto, sus garras tintineaban contra el suelo metálico en un baile de impaciencia que me hacía sonreír a pesar del cansancio que pesaba en mis hombros. Era una mezcla de adrenalina y puro alivio; tenerlo de vuelta era como recuperar un trozo de mi alma que me habían arrancado a la fuerza.
—Ya casi estamos, pequeño gran Max —le susurré, inclinándome para enterrar mis dedos en su pelaje suave. Se sentía tan real, tan vivo.
Él me respondió con un ladrido corto y entusiasta, restregando su cabeza contra mi muslo. No podía dejar de acariciarlo; era una necesidad física, una forma de asegurarme de que el horror de la clínica y las amenazas habían quedado atrás.
Cuando las puertas se deslizaron para abrirse, Max no esperó. Tiró de la correa con una fuerza renovada, llevándome prácticamente a rastras por el pasillo. Mis llaves temblaron en mi mano mientras intentaba embocar la cerradura, impulsada por esa misma urgencia de refugio. En cuanto el pestillo cedió y la puerta se abrió, una mancha de blanco puro salió al encuentro del recién llegado.
Nala no perdió el tiempo. Se lanzó contra las patas delanteras de Max, maullando con una insistencia casi humana, arqueando el lomo y refregándose contra él en un ritual de bienvenida que me humedeció los ojos.
—Nala, ¿tú también lo extrañaste? —solté con una risita quebrada, dejando las llaves en la mesa de la entrada y agachándome para acariciar su lomo erizado—. Sí, yo también, pequeña. El apartamento se sentía demasiado vacío sin sus travesuras.
Me incorporé, sintiendo cómo la tensión de la jornada empezaba a drenar de mi cuerpo al verlos finalmente juntos. La casa olía a Rowan —a ese perfume amaderado y rudo que se había quedado impregnado en mis sábanas y en mi piel—, y ese detalle me hizo suspirar con una mezcla de deseo y nostalgia anticipada. Lo quería aquí. Ahora mismo.
Caminé hacia la cocina, seguida por el rítmico golpeteo de las pezuñas de Max y el andar silencioso de Nala. Llene con agua una jarra de vidrio para renovarles el agua en sus respectivos cuencos y luego miré a mis mascotas que estaban siguiendo cada uno de mis movimientos.
—Muy bien, equipo, sé que tienen hambre. Vamos a ver qué queda en la reserva especial —les dije con una sonrisa mientras me dirigí a la despensa, un pequeño rincón organizado donde guardaba el festín para mis compañeros.
Me puse de puntillas para alcanzar el estante superior, buscando ese saco de comida orgánica que Max tanto amaba. Mis dedos rozaron el borde del envase, el sonido del plástico crujiendo bajo mi tacto era lo único que llenaba el silencio del hogar…
Y entonces, sucedió.
El mundo desapareció en un parpadeo.
El suave ronroneo de la nevera se detuvo en seco, dejando un vacío ensordecedor. La luz cálida de la cocina se extinguió, engullida por una oscuridad absoluta y gélida que pareció caer sobre mis hombros como una losa de piedra. Me quedé inmóvil, con la mano todavía alzada hacia el estante, sintiendo cómo el vello de mi nuca se erizaba al instante.
No fue solo un corte de luz. Fue el silencio. Un silencio sepulcral que me recordó que, aunque Max y Nala estaban conmigo, estábamos solos en la penumbra. El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas, y el recuerdo del mensaje en la oficina, escrito en ese rojo sangre, volvió a mi mente con la fuerza de un impacto.
—¿Max? ¿Nala? —susurré, y mi voz se sintió como una extraña en mi propia garganta, disolviéndose en la oscuridad absoluta de la cocina.
Ese silencio que siguió al apagón era antinatural. No estaba el zumbido de la nevera ni el clic-clic de las uñas de Max sobre el suelo. Mis pulmones se sentían comprimidos, como si la negrura fuera un material denso que intentara asfixiarme. No me atrevía a moverme, temiendo que, si daba un paso, confirmaría que no estaba sola. Pero no podía quedarme allí, paralizada frente a la despensa, esperando a que el miedo me devorara.
Necesitaba luz. Necesitaba mi teléfono, pero mi mente estaba en blanco: ¿lo había dejado en la isla de la cocina? ¿Seguía en mi bolso junto a la puerta?
A tientas, mi mano derecha recorrió la superficie de la encimera hasta que mis dedos se cerraron sobre algo largo y mango firme.
—Genial, Evelyn —murmuré entre dientes, sintiendo cómo el corazón me martilleaba los oídos—. En medio de un apagón no tienes velas a mano, tu móvil está perdido quién sabe dónde y, como única arma de defensa, has elegido una espátula de silicona.
Incluso en mitad del terror, me sentí ridícula. Si el acosador entraba ahora, iba a morir, pero al menos le daría una lección de repostería.
Con la espátula en alto, como si fuera una daga de combate, comencé a avanzar. La sala principal estaba bañada por una luz espectral; la luna llena se filtraba por el gran ventanal, arrojando sombras alargadas que parecían dedos intentando atraparme. Mis pasos eran erráticos. De repente, sentí algo peludo bajo mi pie y un quejido sordo.
—¡Max, cariño! —exclamé en un susurro desesperado, el corazón saltándome a la garganta.
Él se apartó de un salto, sus ojos brillando por un segundo en la penumbra antes de desaparecer de nuevo. Aproveché el impulso para llegar a la meda de la entrada. Mi madre siempre me había obligado a tener una vela y cerillas allí, “por si el mundo se acaba, Evie”. Hoy, el mundo parecía estar dándome la razón.
Pero justo cuando mis dedos rozaron la superficie de madera, un aire frío me golpeó la cara.
Me quedé petrificada. La puerta del apartamento estaba abierta. Un rectángulo de oscuridad todavía más profunda se abría hacia el pasillo del edificio, que también estaba a oscuras. Una sensación gélida, un sexto sentido de alerta roja, me gritó que había alguien ahí fuera. Alguien que no hacía ruido. Alguien que observaba.
#469 en Novela romántica
#187 en Novela contemporánea
enemistolover, romance hermanos discordia secretos, drama amor celos intrigas mentiras
Editado: 30.03.2026