Organizando la boda de mi ex, y un caos Gourmet.

Capitulo 29.

_“No hay infierno más dulce que el que Rowan está dispuesto a incendiar por protegerte.”_

Para cuando los créditos del quinto capítulo empezaron a rodar, Ellis y yo ya no éramos dos desconocidas unidas por un apagón y una espátula. Éramos aliadas. Habíamos descubierto que compartíamos un cinismo similar ante la vida y que, definitivamente, ella y Maya se llevarían de maravilla; juntas serían un peligro para la salud mental de cualquier hombre en Nueva York.

Estábamos sentadas en la alfombra, rodeadas de cajas de pizza —Ellis había hecho un segundo pedido táctico a mitad del segundo episodio porque, según ella, “el drama quema calorías”—. Justo cuando la imagen se congeló en un primer plano de Damon Salvatore sin camiseta, Ellis soltó el aire que parecía estar reteniendo.

—Damon Salvatore es, oficialmente, mi tipo de hombre —declaró, con los ojos fijos en la pantalla, ignorando por completo la aceituna que estaba a punto de caer de su porción de pizza.

—No está mal —respondí, intentando sonar casual mientras mordisqueaba el borde de mi masa, aunque mi pulso decía otra cosa.

—¿¡Qué no está mal!? —Ellis se giró hacia mí con una expresión de horror genuino, como si acabara de confesar que no me gusta el café—. Vamos, Eve. Tienes que estar ciega, o muerta, para no admitir que ese hombre está tallado por los mismos dioses del pecado. Míralo.

No podía dejar de mirarlo. Y ella lo sabía.

—Mhm —murmuré de forma distraída, tratando de mantener mi máscara de indiferencia.

—Estamos tú y yo solas, Evelyn —insistió ella, adoptando una expresión que era una mezcla diabólica entre una cómplice de crimen y una amiga de toda la vida—. Y no sé tú, pero yo no pienso decirle ni una palabra a Rowan. Puedes opinar libremente sin temor a represalias de un Sinclair celoso.

Me acomodé mejor en la alfombra, dejando la pizza de lado. Si íbamos a hacer esto, lo haríamos bien.

—Bien —dije, dejando que una sonrisa lenta se extendiera por mi rostro mientras volvía a fijar la vista en esos ojos azul hielo de la pantalla—. Esto es lo que pienso: Damon es el tipo de peligro del que tu madre te advierte, pero por el que tu instinto grita “corre hacia él”. Es absurdamente sexy porque no lo intenta. Es esa rebeldía nata, la mandíbula tensa y esa forma de sonreír como si supiera exactamente qué color de ropa interior llevas.

Ellis asintió con fervor, animándome a seguir.

—Pero lo que realmente me engancha —continué, sintiendo un calorcito extraño en las mejillas— es que todos intentan pintarlo como el villano, mientras que Stefan es el “hermano bueno”. Y para mí, Stefan es una farsa. Stefan se pasa la vida fingiendo un control que no tiene, escondiéndose detrás de una rectitud moral que se desmorona al primer soplido. En cambio, Damon… Damon jamás finge ser lo que no es. Si es un monstruo, te lo dice a la cara. Si te ama, te quema con ello. Es sincero en su oscuridad y en su luz. No hay máscaras, solo una honestidad brutal que resulta mucho más atractiva que cualquier santurrón con complejo de héroe.

Me callé de golpe, dándome cuenta de que mi descripción no solo encajaba con el vampiro de la televisión, sino que tenía ecos peligrosos de la intensidad que sentía cuando Rowan me miraba.

Ellis me observó en silencio durante un segundo, con una chispa de inteligencia brillando tras sus gafas.

—Vaya —susurró, dándole un mordisco triunfal a su pizza—. No solo eres una crítica de televisión excelente, Eve. Es que acabas de describir exactamente por qué nos gustan los hombres que no piden permiso para ser quienes son.

Ellis se echó hacia atrás, soltando una carcajada que hizo que sus gafas de lectura resbalaran un poco por el puente de su nariz. Yo la acompañé, aunque mis risas tenían un tinte nervioso, ese cosquilleo en el estómago que aparece cuando sabes que estás tocando una fibra sensible. De repente, su humor se evaporó. Se puso seria, ladeó la cabeza y me clavó una mirada azulada que parecía querer leer los pies de página de mi vida.

—Por cierto —soltó, con una falsa distracción mientras jugueteaba con el borde de su servilleta—, ¿no te recuerda a alguien?

—¿Quién? ¿Damon? —fingí una indiferencia que no sentía. Me hice la desentendida, pero la realidad es que mi mente ya había trazado ese mapa de similitudes mucho antes de que la pizza llegara a la mesa.

—Sí, Damon —Ellis se limpió una mancha de salsa del dedo, deslizándolo entre sus labios con una lentitud pensativa—. Quiero decir... la comparación que hiciste de los hermanos Salvatore...

—Es peligrosamente similar a la dinámica de los Sinclair —terminé la frase por ella, sintiendo cómo el nombre de Graham pesaba de repente en el aire del salón como una corriente de aire frío.

—Supongo, entonces, que estás al tanto de lo que ocurrió realmente con Graham —añadí, buscando su reacción.

—Sí. Rowan se sentía fatal cuando se enteró de la verdad —admitió ella, tirando de un hilo inexistente en sus jeans, evitando mi mirada—. Al principio, él se tragó la versión que Graham le había vendido; esa fábula del hermano sacrificado y la ex novia complicada. Pero luego... luego me contó cómo descubrió la realidad de las cosas. Cómo se le rompió la imagen de su propia sangre.

Me quedé en silencio, procesando el hecho de que Rowan compartiera esa vulnerabilidad con ella. La vida tenía un sentido del humor retorcido: nos ponía frente a una pantalla a analizar vampiros de ficción, solo para darnos cuenta de que los monstruos reales compartían nuestro código postal.

—Excepto que Stefan Salvatore jamás cayó tan bajo como Graham —solté de repente, mirando a Ellis en busca de una confirmación.

—En eso tienes razón —coincidió ella tras una pausa dramática—. Casi sería mejor que Graham hubiera sido un destripador; al menos los monstruos tienen una naturaleza que no pueden evitar. Lo de Graham es una elección consciente de mediocridad y engaño.




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