_“Ídolos de papel y cenizas de un viejo amor: no hay infierno más dulce que el que estoy dispuesto a incendiar por protegerla.”_
Rowan.
El elevador avanzaba entre los pisos con una lentitud que me resultaba insultante. Cada segundo que pasaba, la presión en mi pecho aumentaba, una mezcla de ansiedad pura y ese instinto de protección que siempre me mantenía al borde del abismo. Era extraño que Ellis no respondiera; ella era la primera en reclamarme si yo olvidaba enviarle un mensaje para confirmar que estaba a salvo. Que ignorara mis llamadas —mis malditas llamadas— era una señal de alarma que me hacía ver sombras donde no las había. Y luego estaba Evelyn, ella tampoco respondía mis mensajes o llamadas.
Sentí que el corazón se me saltaba un latido. ¿Y si alguien había entrado? ¿Y si Jackson había regresado?
—Joder —murmuré, apretando los puños hasta que los nudillos me blanquearon—. No sé cuál de las dos lo logrará primero, pero una de ellas terminará por volverme demente.
Cuando las puertas al fin se deslizaron, salí de esa caja metálica como un león que acaba de encontrar la salida de su jaula. Entré en mi apartamento esperando ruido, un reclamo, algo… pero solo me recibió el silencio sepulcral y la penumbra. El vacío me golpeó como un puñetazo en el estómago.
—Ella dijo que vendría a quedarse esta noche también… —mascullé, barriendo el lugar con la mirada.
Entonces alcancé a ver sobre la mesa junto al sofá, que reposaba el móvil de Ellis. Verlo allí, abandonado, encendió todas mis alarmas. Ellis preferiría perder su mano derecha antes que dejar su teléfono tirado, “Es mi precioso”, solía decir haciendo esa ridícula imitación de Gollum.
—¡Carajo! —rugí entre dientes.
Salí de mi apartamento a tropezones, ignorando cualquier rastro de decoro o educación. No toqué el timbre ni golpeé la puerta de Evelyn; simplemente irrumpí, con la sangre hirviendo y el miedo gritándome en el oído que iba a encontrar una tragedia. Pero de todos los escenarios sangrientos que mi mente había proyectado, ninguno me preparó para la imagen que tenía delante.
Estaban sentadas en la alfombra, rodeadas de cajas de pizza, bañadas por la luz azulada del televisor. Veían esa estúpida serie de vampiros que Ellis adoraba. Me quedé helado en el umbral, con la respiración entrecortada, viendo cómo Ellis congelaba la imagen en un primer plano de ese tipo, Damon Salvatore, sin camiseta. Iba a entrar y soltarles cuatro gritos por el susto que me habían dado, pero las palabras de Ellis me detuvieron.
—Damon Salvatore es, oficialmente, mi tipo de hombre —declaró ella, con una devoción casi religiosa.
—No está mal —respondió Evelyn.
Su voz… su voz sonaba casual, pero la conocía lo suficiente para detectar la nota de distracción. Sentí una punzada de celos, un pinchazo agudo de posesividad que me recorrió la columna.
—¿¡Qué no está mal!? —exclamó Ellis, indignada—. Vamos, Eve. Tienes que estar ciega, o muerta, para no admitir que ese hombre está tallado por los mismos dioses del pecado. Míralo.
Me quedé inmóvil en las sombras del pasillo, observando el perfil de Evelyn. Ella no apartaba la vista de la pantalla. Mis puños se apretaron por pura inercia.
—Estamos tú y yo solas, Evelyn —continuó Ellis con esa voz de cómplice—. Y no sé tú, pero yo no pienso decirle ni una palabra a Rowan. Puedes opinar libremente sin temor a las represalias de un Sinclair celoso.
Demasiado tarde, Ellis, pensé con amargura, sintiendo el calor de la irritación subiendo por mi cuello. Pero entonces, Evelyn se acomodó en la alfombra y habló. Y su respuesta no fue la típica banalidad de una fan enamorada. Fue algo más.
—Bien… esto es lo que pienso —dijo Evelyn, y pude ver cómo una pequeña sonrisa, lenta y peligrosa, se dibujaba en su rostro—. Damon es el tipo de peligro del que tu madre te advierte, pero por el que tu instinto grita “corre hacia él”. Es absurdamente sexy porque no lo intenta. Es esa rebeldía nata, la mandíbula tensa y esa forma de sonreír como si supiera exactamente qué color de ropa interior llevas.
Me quedé sin aliento. Escucharla describir el peligro de esa forma, con esa fascinación latente, me hizo sentir como si me estuviera diseccionando a mí mismo. Su voz se volvió más profunda, más cargada de una emoción que me resultaba inquietante y adictiva a la vez.
—Pero lo que realmente me engancha —continuó ella, y juraría que sus mejillas se encendieron— es que Stefan es una farsa. Se pasa la vida fingiendo un control que no tiene, escondiéndose detrás de una rectitud moral que se desmorona al primer soplido. En cambio, Damon… Damon jamás finge ser lo que no es. Si es un monstruo, te lo dice a la cara. Si te ama, te quema con ello. Es sincero en su oscuridad y en su luz. No hay máscaras, solo una honestidad brutal que resulta mucho más atractiva que cualquier santurrón con complejo de héroe.
Cada palabra que salía de sus labios se sentía como un latigazo. No estaba hablando solo de un personaje de televisión; estaba describiendo la misma esencia que nos conectaba a ella y a mí. Esa “honestidad brutal”, esa “oscuridad sincera”. Evelyn no buscaba un héroe de cuento de hadas; buscaba a alguien que no tuviera miedo de quemarse —y de quemarla— con la verdad.
Me sentí expuesto, deseado y furioso, todo al mismo tiempo. Los celos por el maldito actor de la pantalla se mezclaron con una pasión violenta que me golpeó en el plexo solar al darme cuenta de una verdad aterradora: ella entendía mi mundo mejor de lo que yo mismo me atrevía a admitir. Evelyn no buscaba un héroe de mármol; ella veía la belleza en el monstruo que no fingía. Me veía a mí, incluso cuando yo intentaba esconderme.
Pero entonces, el aire en el salón cambió. La ligereza de los vampiros y las risas se evaporó cuando Ellis, con esa curiosidad afilada que a veces maldecía, desvió la conversación hacia las sombras de nuestra propia sangre.
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Editado: 30.03.2026