_“Hay ojos que nos vigilan desde el abismo, pero esta noche, solo los de Rowan tienen el poder de consumirme por completo.”_
Evelyn.
Rowan nos alternaba la mirada con una expresión que bailaba peligrosamente entre la indignación de un general traicionado y el escepticismo de alguien que acaba de ver un unicornio en su sala. Su cara era un poema: una mezcla de “no sé si me están tomando el pelo con una sofisticación asombrosa o si realmente debo aceptar que mi cordura acaba de ser derrotada por un utensilio de cocina”.
—¿Me estás diciendo —empezó, arrastrando las palabras con una lentitud que me erizó los vellos de la nuca— que esa marca en su rostro la provocaste tú?
—Sí, Rowan —respondí, intentando que mi voz no temblara bajo el peso de su escrutinio.
—¿Y con una estúpida espátula de silicona rosa? —Inquirió, arqueando una ceja con tal incredulidad que casi me hizo sentir culpable por no haber usado algo más… profesional.
—Exactamente. Eso fue lo que ocurrió.
Me guardé el resto de mis pensamientos. Ver su furia ciega al descubrir la mejilla de Ellis me había revelado a un Rowan que no conocía: uno que no solo protegía, sino que estaba dispuesto a arrasar con todo si alguien tocaba a los suyos. Me moría de ganas de preguntarle a quién se refería cuando soltó aquel “¿ha vuelto él?” con voz de ultratumba, pero me mordí la lengua. Si Ellis quería que yo entrara en su santuario de secretos, lo haría por su propio pie.
—¿Cuánto tiempo estuviste ahí fuera, acechando en la oscuridad? —soltó Ellis de repente, entornando los ojos con una sospecha que me heló la sangre.
Hasta ese instante, no se me había ocurrido que Rowan pudiera haber sido el espectador invisible de nuestras confesiones. Sentí cómo el calor de la vergüenza me trepaba por el cuello, incendiándome las mejillas. Si nos había escuchado… si había oído lo que dije sobre la “honestidad brutal” de Damon, sobre mis planes de boda con Graham, o lo que era peor, sobre lo que él mismo me hacía sentir… yo estaba acabada.
—El suficiente —respondió Rowan, inclinando la cabeza de lado con esa arrogancia magnética que me ponía enferma de deseo—. ¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? —Ellis se puso en pie, herida en su orgullo—. ¿Nadie te enseñó que espiar las charlas íntimas de dos mujeres es el nivel más bajo de la escala social, incluso para un Sinclair?
—¿Llamas “charla íntima” a babear colectivamente por un personaje de ficción que tiene la profundidad emocional de un charco? —replicó él, con los ojos brillando de una diversión cruel.
—¡Sabes perfectamente que no me refiero solo a eso! —rebatió ella. Yo, por mi parte, sellé mis labios. Mi estabilidad mental pendía de un hilo y no pensaba darle el gusto de verme flaquear.
—Por cierto —Ellis cambió el tono, mirando de Rowan a mí con una seriedad que cortaba el aire—. Creo que Eve está un poco perdida. Ya sabes, debido a que perdiste la cabeza y entraste aquí como un comando preguntando si él había regresado. —Ellis lo miró con una mezcla de reproche y simpatía—. Le debemos una explicación.
—Oh, no… —me apresuré a decir, agitando las manos—. No es necesario, de verdad. No quiero invadir su privacidad.
—Está bien —dijo ella, encogiéndose de hombros. Pero el gesto era una mentira; sus hombros estaban tensos y su mirada, fija en algún punto del pasado—. Después de todo, Rowan conoce hasta el último detalle de tu vida, Evelyn. No es justo que tú permanezcas en las sombras respecto a la mía.
—Ellis… —la voz de Rowan bajó a un registro suave, casi una advertencia—. ¿Estás segura de esto?
Ella sostuvo la mirada de Rowan durante un segundo eterno. Parecía estar pesando el alma de Rowan, o quizás la mía. Finalmente, enderezó la espalda, ganando una altura y una dignidad que me recordaron por qué era la confidente de Rowan.
—Sí, estoy segura —declaró con una firmeza inquebrantable—. Creo que ha llegado la hora de compartir mi oscuridad con alguien más. —Me miró directamente a los ojos, y su frase cayó como una sentencia sobre Rowan—. Quién sabe, Rowan… quizás ella sea la única con la fuerza suficiente para traer algo de luz a un lugar donde por años solo a habitado la oscuridad.
Ellis sonaba tan condenadamente segura que cualquier rastro de oposición que Rowan estuviera dispuesto a dar murió antes de nacer. Él se limitó a tensar la mandíbula, hundiéndose en el sofá con una capitulación silenciosa que me dejó claro que, en ese santuario, la palabra de Ellis era ley.
—Eve —dijo ella, buscándome con una mirada que ya no esquivaba nada—, verás... Rowan y yo nos conocimos hace unos nueve años en Montreuil, Francia.
—¿En Francia? —solté, y la palabra sonó exótica, casi irreal en mitad de mi salón en Nueva York.
—Sí —asintió ella, y una chispa de melancolía dorada iluminó sus ojos—. En Francia. El país del amor... o eso dicen los folletos.
—¿Y qué hacías en París? —Mi curiosidad, como siempre, fue más rápida que mi tacto.
—La típica historia, supongo —dijo con una sinceridad desnuda, sin un ápice de esa petulancia que su belleza podría justificar—. La historia de una chica de diecinueve años a la que todo el mundo, desde la vecina hasta el cartero, le ha repetido que es demasiado hermosa para quedarse en casa. Me convencieron de que el mundo me debía una pasarela, y así terminé en París.
—¿Eras modelo? —pregunté, aunque la respuesta era obvia—. Pero qué pregunta más estúpida... ¡Solo mírate! ¿Quién en su sano juicio no te contrataría?
Al parecer, solté una verdad tan obvia que resultó cómica. Rowan y Ellis soltaron una risa queda, casi sincronizada, pero era un sonido roto, cargado de una tristeza que me encogió el corazón.
—Ojalá todos hubieran tenido tus ojos, Eve —suspiró Ellis, y su voz se volvió más fina, más frágil—. La realidad es que, como cientos de aspirantes en París... fracasé. No quería volver a Nueva York. No tenía una familia esperándome con los brazos abiertos y mi prometido de aquel entonces decidió que una "fracasada" no encajaba en su árbol genealógico. Me dejó antes de que pudiera deshacer las maletas.
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Editado: 30.03.2026